“Yo iba a Pilates, pero la profesora me hartó hablándome a favor del campo y en contra del gobierno, me decía ‘no puedo creer que estés con Cristina’ y atrás de eso los insultos, por eso no fui más”, cuenta Gabriela.
“En el negocio donde yo trabajo, en Alta Gracia, la dueña puso una bandera que decía ‘Estamos con el campo’, me enojé mucho porque no había consultado a los empleados, así que renuncié”, dice Marcela.
Ramiro reconoce que no se junta más los jueves al típico partidito de fútbol seguido de asado y fernet porque al final, con sus amigos siempre terminaban discutiendo sobre este tema.
Es un conflicto que la semana pasada cumplió un año y que ha dividido profundamente a los argentinos, como hace mucho no los dividía ningún tema.
En los últimos 25 años, desde la vuelta de la democracia, los argentinos fueron paulatinamente perdiendo pasión, perdiendo entusiasmo, hasta llegar a niveles de apatía inimaginables a fines de los ’90. Todo era igual, nada motivaba, parecía que habíamos comprado el discurso de Fukuyama sobre el fin de la historia y la muerte de las ideologías. Incluso, el estallido social de fines de 2001 fue un estallido de bronca, de desahogo, una protesta generalizada con el famoso “que se vayan todos”, pero sin plantear ninguna alternativa ni adhesión a ningún proyecto. Es decir, la misma apatía convertida en bronca.
Pasó Eduardo Duhalde que tranquilizó las aguas y luego Néstor Kirchner que puso de nuevo la máquina en movimiento. Venir de tan abajo hizo parecer al salto más alto de lo que verdaderamente fue, pero todos seguimos más o menos tranquilos.
Hasta marzo de 2008, justo hace un año. Ahí estalló todo y ya nada volvió a ser como era entonces. Amigos de años se pelearon, familias enteras se separaron y hasta parejas se rompieron.
La sociedad volvió a estar dividida como quizás no lo estaba desde el primer peronismo, porque ni siquiera las dictaduras más sangrientas, la de Onganía y sobre todo la de Videla, generó tantas discrepancias en el seno de la sociedad. El miedo y “el no te metás”, en esos casos, fue la base del silencio de los cementerios.
¿Y cuál fue la causa de tanto fervor contenido? La resolución 125 que en principio establecía por decreto retenciones móviles a la soja. Luego ese proyecto se envió al Congreso, donde finalmente fue rechazado por la voltereta en el aire del vicepresidente Julio César Cleto Cobos.
¿Y qué tenía de diferente este impuesto de los otros? Quizás lo único diferente es a quién afectaba. A los históricos dueños del país, el sector agroexportador, aquellos que se enorgullecieron de llamar a la Argentina “el granero del mundo”, un concepto tristísimo si se piensa en un granero como lugar estático y depósito de materias primas, en contraposición de la industria, el movimiento, el valor agregado, y ni hablar de la generación de conocimiento y nuevas tecnologías.
Y a ese concepto estático de granero se lo complementaba con la desigual distribución de esa supuesta riqueza nacional, con algunos derrochando y tirando manteca al techo, al punto de que en París a principios del siglo XX se decía “rico como un argentino”, y otros tan miserables como siempre, realidad brillantemente documentada por Juan Bialet Massé en 1904 en su informe sobre el “Estado de las clases obreras argentinas”.
Pueden pasar muchas cosas en este país, pueden haber muchas disputas, mucha política o mejor dicho politiquería, incluso dictaduras y revueltas que parecen fundacionales como la de diciembre de 2001 pero que al poco tiempo terminan en el olvido. Lo que no puede haber es ningún cambio, por menor que sea, en la estructura de poder político y económico del así llamado “campo”. Eso es lo único que no se acepta porque simplemente toca las fibras más íntimas del verdadero núcleo del poder.
Encima, la novedad de este principio de siglo XXI es que se le suma el poder omnipresente sobre los medios de comunicación, mucho más concentrados, monopólicos, penetrantes, poderosos, influyentes y efectivos que hace un siglo.
El resultado fue el fracaso de la intención gubernamental de cobrar más retenciones a los que más ganan produciendo más daño a la tierra y a las personas. Pero después de ese fracaso, las aguas no volvieron a su cauce natural. No, nada de eso, ese triunfo envalentonó a un sector pequeño y poderoso que se puso al mismo nivel que un gobierno, exigiendo negociar de igual a igual ya no las retenciones a la soja o los otros temas que le conciernen, sino todas y cada decisión política o económica. Desde ese momento, este sector bautizado por los medios del establishment como “el campo” pasó a ocupar el verdadero rol de una oposición hasta ahí inexistente que se colgó del vagón de cola para obtener una razón de existir. Y desde ahí fue todo conflicto entonces: la estatización del sistema jubilatorio, la nacionalización de Aerolíneas Argentinas, y ahora el adelantamiento de las elecciones legislativas.
Que la política sea conflicto no es un problema, así debe ser, y sobre todo cuando hay proyectos de país verdaderamente diferentes. Pero el límite del conflicto siempre tiene que ser el respeto a la democracia y a la decisión de las mayorías populares, cosa que pareciera estar traspasándose en estos días en la Argentina.
Cuando por oponerse a decisiones legítimas de un gobierno elegido por el pueblo, se lo cataloga de autoritario, dictatorial, y un montón de cosas peores, se está entrando de lleno en la conspiración desestabilizadora y eso es así aquí, en Venezuela, en Bolivia y en todos lados, con sus diferencias de formas.
De hecho, éste no es un gobierno revolucionario ni mucho menos. Además, nadie tiene derecho a exigírselo porque los K nunca plantearon eso. Pero si ante algunas reformas que apuntan cambiar el modelo de país de los ’90 reacciona así el verdadero poder, ni quiero imaginar qué harían sus lacayos si en este país algún día se plantearan cambios más de fondo, como el límite a la tenencia de la tierra que ha establecido el gobierno de Evo Morales en Bolivia, o la estatización de bancos que decidió Barak Obama en Estados Unidos.
Está claro que en la Argentina nada puede cambiar, todo tiene que quedar inmóvil, hoy como hace 100 años. Tenemos que seguir siendo el granero del mundo, con una mayoría pobre y marginada y una minoría rica riquísima, en base a las estructuras feudales del “campo”. Si hay alguien que quiera simplemente plantear un modelo más productivo, industrial y en alguna manera incluyente, se viene la guerra total, como la que vivimos desde hace un año. Hasta ahora te cortan las rutas y te desestabilizan mediáticamente, porque no pueden otra cosa, pero no te queden dudas de que si pudieran, volverían a bombardear la Plaza de Mayo como el 16 de junio de 1955, o volverían a golpearle la puerta a un Videla como el 24 de marzo de 1976, hace exactamente 33 años.
Hoy no pueden golpear la puerta de los cuarteles pero golpean las puertas de las redacciones, la nueva forma de conspirar mucho más pulcra y efectiva. Con ese poder ilimitado, que se mete en las casas y en las cabezas por los diarios, la radio y la televisión, se logra mucho más. Entre otras cosas, lo que se ha logrado es que Verónica no vaya más a Pilates, que Marcela pierda su trabajo, que Ramiro no coma más asados con sus amigos y que Juan se haya dejado con su novia. Una sociedad fragmentada, dividida desde hace un año y como no se veía desde hace mucho tiempo.


