Hay actitudes comunes a todos los genocidios y a todos los planes sistemáticos de violación de los derechos humanos. La primera es la de identificar a las víctimas con un potencial enemigo o con alguien inferior que “se merece” el castigo. En el caso del Genocidio Armenio los turcos identificaron a los armenios como potenciales aliados de los rusos durante la Primera Guerra Mundial.
Del mismo modo, en la Campaña del Desierto nuestros ejércitos llevaron la “civilización” exterminando a los pueblos que para ellos representaban a la “barbarie”. Más acá en el tiempo, durante la década del ’70 se instaló en toda América Latina la llamada Teoría de la Seguridad Nacional, fogoneada por los Estados Unidos y que consideraba que “el enemigo comunista” ya no vendría en una invasión rusa sino que estaba adentro de las mismas fronteras nacionales. El resultado en todos los casos es el mismo, un Estado terrorista que se vuelve en contra de sus propios ciudadanos.
El siguiente paso es hacer aparecer esta aberración no sólo humana sino también jurídica y política, como una guerra entre dos bandos. En la Argentina se sigue escuchando el argumento de que “hubo excesos de los dos lados”, es decir, la ya conocida y superada Teoría de los dos demonios.
Luego de concretada la masacre en cuestión, el próximo paso del genocida es negar todo lo actuado, con la complicidad de la sociedad que en cierta forma, le permitió hacer lo que hizo. Así por ejemplo, el Estado de Turquía lleva 90 años negando que existió un Genocidio Armenio. Y los Estados de Chile y Argentina llevan 125 años negando que existió un Genocidio del pueblo mapuche, con el desinterés de la sociedad, que lamentablemente, en materia de derechos humanos, sólo reacciona cuando ve el peligro de cerca.
Si la táctica del negacionismo no tiene éxito, por último siempre resta la del menosprecio, llevando la tragedia a un plano contable. Así, los voceros de la historia oficial llegan a decir que los revisionistas exageran y que “no fueron tantos los indios que murieron, simplemente porque no había tantos para matar”. Los turcos también dicen que los armenios masacrados fueron “a lo sumo” 300 mil y no 1.500.000 entre 1915 y 1923, y en relación a la última dictadura, algunos siguen diciendo: “Es mentira eso de los 30 mil desaparecidos, como máximo pueden haber sido unos 10 mil”. Es decir, todo es cuestión de números, no de humanos con derechos.
Pero la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas por resolución 260 del 9 de diciembre de 1948, es muy clara: “Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) matanza de miembros del grupo; b) lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”.
En todos los ejemplos que venimos mencionando está bien claro que existió genocidio porque existió la intención de eliminar a un grupo humano, más allá de que afortunadamente los armenios, así como los otros grupos mencionados, están más vivos que nunca como pueblo.
Una afrenta interminable
La sola idea de exterminar a un pueblo parece no cabernos en la cabeza, y por eso nos asusta tanto, quizá porque en un momento de profunda reflexión llegamos a preguntarnos si nosotros seríamos capaces de torturar, asesinar, deportar, violar y hacer desaparecer a nuestros semejantes. Al fin y al cabo, así como la víctima es un ser humano, el victimario también lo es, y tal vez eso sea lo que más nos duele, comprobar que la Humanidad pueda albergar este tipo de comportamientos.
Y cuando a la distancia los dueños de la historia niegan estos hechos, ese negacionismo se transforma en una nueva afrenta, es como si volvieran a violar a nuestras mujeres, a matar a nuestros muertos, a robar nuestros bebés. Es como si el delito se reprodujera.
De ahí también la falacia de la reconciliación, de que los pueblos necesitan dar vuelta la página y olvidar, cuando lo único que necesitan los pueblos para lograr realmente dar vuelta la página de la historia, es verdad y justicia.
En todos los lugares del mundo donde han existido comisiones de la verdad o de la reconciliación (Sudáfrica es el paradigma luego de la caída del régimen racista del Apartheid), primero se les exigió a los responsables que reconocieran sus barbaries y luego que pidieran perdón por ellas. Pero si ese comportamiento no existe, ¿cómo se pretende que haya perdón donde no existe un pedido de perdón?
Por consiguiente, lo único que queda es seguir luchando, como lo hace el pueblo armenio en su patria ancestral y en la diáspora, primero por correr el velo a la verdad, y luego por la consecución de una verdadera justicia, que castigue a los culpables y que compense a las víctimas.
En el caso de los responsables del régimen genocida de Los Jóvenes Turcos, ni eso será posible porque todos ellos están ya muertos. Por eso es interesante el planteo de Eugenio Zaffaroni, vocal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, quien asegura que el Derecho Penal no alcanza a cubrir las expectativas, justamente porque muchas veces no hay a quien meter preso, por los años que han pasado. Entonces, dice Zaffaroni, es el tiempo del Derecho Civil. Para evitar la impunidad que inevitablemente dé paso a nuevos genocidios, es necesario empezar a debatir sin tabúes la necesidad de resarcimientos económicos para las víctimas o sus descendientes. En el caso concreto del Genocidio Armenio, todos los caminos conducen entonces a la devolución de los territorios mal habidos.
Será la única forma de evitar que la tragedia se vuelva a repetir, como viene ocurriendo tan a menudo en la historia de la Humanidad.
En 1939, cuando Adolf Hitler estaba a punto de invadir Polonia, arengó a sus oficiales diciéndoles: “No se preocupen por lo que pueda ocurrir, total, ¿quién se acuerda hoy del Genocidio Armenio?”.
La impunidad le dio la razón, la tragedia se repitió, y luego del Holocausto vino una larga sucesión de genocidios durante todo el siglo XX, con el de Ruanda como broche final. El siglo XXI empezó con otro genocidio en África, el que está perpetrándose en Sudán este mismo momento que usted lee este artículo. Pero no importa, son negros y África está muy lejos, así como los otros eran armenios, judíos, mapuches…


