Luego de los golpes fracasados en Venezuela (2002), Bolivia (2006) y los intentos permanentes de desestabilizar al gobierno de Ecuador, el golpe militar del 28 de junio en Honduras no fue sólo contra el país centroamericano sino contra el Alba (Alianza Bolivariana de nuestra América). Ese domingo 28 de junio debía realizarse una consulta popular para auscultar al pueblo en relación a una eventual cuarta urna para las elecciones programadas para el 29 de noviembre. ¿Por qué una cuarta urna? La primera sería para la elección presidencial, la segunda para elegir diputados al Congreso unicameral, la tercera para alcaldes y la cuarta, para preguntarle a la ciudadanía sobre una eventual reforma constitucional que asegurara una democracia más participativa y que terminara con algunas estructuras de poder anquilosadas, como el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, donde se refugian la corrupción y la explotación del pueblo. Ante la posibilidad de la consulta popular, la clase política y empresaria puso el grito en el cielo. Era una traición más de uno de los suyos, a quien ellos mismos habían depositado en el gobierno para que cuidara sus intereses.
De hecho, José Manuel “Mel” Zelaya es un acaudalado empresario agrícola y ganadero del departamento de Olancho, y un político de trayectoria dentro del Partido Liberal, una de las dos fuerzas tradicionales de Honduras (la otra es el conservador Partido Nacional). Zelaya siguió toda la carrera política que debe hacer quien aspira a ser presidente de la nación: fue desde consejero comunal hasta diputado nacional y ministro. Pero una vez en la presidencia, comenzó a desviarse de la senda preestablecida. Empezó por pedirles la renuncia a algunos ministros corruptos. Siguió por suspender algunos beneficios a los dueños de los grandes medios de comunicación y les cobró impuestos a las multinacionales. Luego, aumentó el salario mínimo de los trabajadores y terminó cometiendo un pecado mortal: unirse al Alba, lo que se tradujo en beneficios concretos para el pueblo hondureño, sobre todo en materias de salud y educación. Pero para los de su misma clase social, Zelaya era un traidor o se había vuelto loco, juntándose con “comunistas y narcotraficantes”, como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Por eso, consultar al pueblo en cuanto a la cuarta urna fue la gota que colmó el vaso.
Recapitulación de los hechos
La semana previa a la consulta se sucedieron las reuniones. El propio embajador de Estados Unidos en Honduras, Hugo Llorens, convocó a varios encuentros en su residencia a los principales actores políticos hondureños (ver entrevista a Xiomara Castro, primera dama). Allí, todos (el representante del imperio, los de las clases dominantes locales en el candidato del Partido Liberal, Elvin Santos y del Partido Nacional, Porfirio “Pepe” Lobo y el jefe de las Fuerzas Armadas, general Romeo Vázquez Velázquez) intentaron hacer “entrar en razones” a Zelaya de que “no le convenía” insistir con la consulta por la cuarta urna. Otra vez la eternal combinación: imperialismo más oligarquías locales. Pero él siguió adelante con ese proyecto, que ya había sido lanzado y no podía detenerse. El comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Romeo Vázquez Velázquez, dijo que sus soldados no colaborarían en la logística para la consulta por lo que el jueves 25 de junio, Zelaya lo destituyó.
En ese momento empezó el golpe propiamente dicho con la desobediencia y el desacato de Vázquez Velázquez y la crisis institucional que se desató. Y que tuvo su punto culminante cuando el domingo 28 de junio a las 5.30 de la madrugada, unos 200 soldados entraron en la residencia presidencial y a punta de pistola y metralleta, secuestraron al Presidente, lo subieron a un avión y lo llevaron a San José de Costa Rica. Ahí empezó otra historia, la del golpe de Estado con todas las letras que, como tal, se complementó con una repression brutal a la resistencia popular que ya lleva más de un mes y que no da signos de declinar. A eso se suma una condena internacional unánime, que tiene a Honduras aislada políticamente y asfixiada económicamente.
Sin embargo, conviene distinguir las actitudes asumidas por los distintos países: mientras los miembros del Alba pusieron el cuerpo y estuvieron contundentemente con Honduras desde el inicio, ha habido posiciones intermedias como la de Costa Rica que propició la negociación con los golpistas, o abiertamente permisibles con ellos como las de Colombia y Panamá. Ni hablar de Estados Unidos, cuya participación en el golpe es clara, aunque también allí hay diferentes actitudes al menos en el discur so. La CIA y el Pentágono son los más involucrados, mientras que el presidente Barack Hussein Obama y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, han condenado el golpe, aunque sea de palabra. En los últimos días se incrementó la presión mediática con el retiro de las visas y el anuncio de congelamiento de las cuentas bancarias de varios funcionarios del régimen de facto. Sin embargo, falta ver todavía si esos anuncios se convierten en realidad. El ultimo gesto fue la reunión del jueves 30 de julio del propio embajador Hugo Llorens con Zelaya en Managua.
Represión y resistencia
Desde el domingo 28 de junio, el pueblo hondureño estuvo todos los días en la calle, resistiendo al golpe de Estado y exigiendo la restitución del orden constitucional y de su presidente legítimo, Manuel Zelaya. Uno de los primeros episodios trágicos de esta larga resistencia se produjo el domingo siguiente al golpe, el 5 de julio, cuando el presidente Zelaya intentó volver a su país a bordo de un avión facilitado solidariamente por la República Bolivariana de Venezuela, y a bordo del cual también iba el presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Miguel d’Escoto. Ese día se reunieron en el aeropuerto de Toncontín más de 300 mil personas y la represión fue brutal: Isis Obed Murillo, un muchacho de 19 años fue asesinado por el Ejército hondureño. “Yo estaba a dos metros del muchacho, estoy seguro de que esa bala era para mí”, relató a el golpe de Estado. Mientras tanto, Manuel Zelaya fue a Washington, luego a San José de Costa Rica, donde aceptó discutir el Acuerdo de San José por el que Oscar Arias golpistas. Después de deambular por distintos foros internacionales, el presidente hondureño anunció que volvería a intentar entrar a su país, pero esta vez por tierra, desde la frontera con Nicaragua. El viernes 24 de julio, intentó el regreso pero fue frustrado por la gran presencia de policías y militares en el paso fronterizo de Las Manos y la amenaza de que lo detendrían ni bien traspasara el límite entre su país y Nicaragua.
Para poder pisar su tierra, Zelaya hubiera necesitado el acompañamiento de varios miles de compatriotas que le garantizaran no ser apresado por los esbirros de la dictadura. Pero la represión desatada en Honduras y los innumerables retenes policiales y militares, ubicados desde Tegucigalpa hasta la frontera, impidieron la llegada masiva del pueblo al límite fronterizo. El epicentro de las protestas fue la localidad de El Paraíso, una pequeña población a 10 kilómetros de la frontera, donde ese viernes se congregaron cientos de personas. Uno de ellos, Pedro Magdiel Muñoz Salvador, era un muchacho de 23 años, albañil de un barrio pobre de Tegucigalpa. Pedro estaba en primera línea, frente a frente con los soldados y policías apostados y armados hasta los dientes. Dicen algunos testigos que hizo una fogata y les tiraba el humo a los militares, hasta que lo detuvieron, cerca de las siete de la noche de ese viernes. Ala mañana siguiente, apareció su cuerpo, en el mismo lugar, con 36 puñaladas en la espalda y signos de haber sido torturado. En tanto, los campesinos y obreros seguían pasando por las selváticas montañas, evitando los retenes. Eran grupos de 10 o 15: casi todos dejaron a sus familias y se aventuraron con lo puesto. Caminaron entre seis y ocho horas por las montañas, harapientos, con hambre y sed y con los pies deshechos; muchos de ellos sufrieron enfermedades dermatológicas o respiratorias. Con un grupo de militantes sandinistas, este cronista se metió en la selvática montaña a buscar a un grupo de campesinos perdidos. El piso es arcilloso y cubierto en gran parte por hojas y gramilla, con una tupida vegetación que en muchos lugares dificulta el paso. Pero lo que más entorpece el camino es la falta de luna, que hace que la noche sea cerrada, y no se puede abusar de las linternas porque sería peligroso ante la cercanía de la línea fronteriza y la posibilidad de que haya patrullas hondureñas por la zona. Después de una hora de dificultosa caminata encontramos a un grupo “enmontañado”; la alegría contenida se reflejó en comentarios en voz baja: “Bienvenidos compañeros, están en el territorio libre de Nicaragua, ya no se preocupen”.
“Fue terrible –dijo César Ham, diputado y candidato del partido de izquierda Unión Democrática para las elecciones de noviembre– no sólo por lo complicado del camino, sino también por el seguimiento del Ejército, éramos un grupo grande, algunos se lesionaron y no habíamos comido en todo el día, pero estamos contentos porque aquí nos están recibiendo compatriotas nicaragüenses. Quiero decirte que no venimos aquí huyendo, ni exiliados, venimos a seguir organizándonos porque la lucha continúa. Vale la pena cualquier calambre, cualquier sacrificio, cualquier dolor, siete horas de caminata, porque aquí no sólo se juega el futuro de Honduras sino el de toda América Latina”. Vitalino Álvares, uno de esos tantos campesinos que llegaron por la montaña y que no saben cómo volverán porque Micheletti ha dicho que son traidores a la patria, es de la zona Norte del país, cerca de San Pedro Sula. En su juventud fue guerrillero del Movimiento Revolucionario Francisco Morazán. Pero en el campamento de refugiados de la localidad nicaragüense de Ocotal, a 22 kilómetros de la frontera, miró a sus compañeros de lucha y dijo: “Nos falta organización, y me da pena ver que los que están rodeando al Presidente son burócratas, sin embargo, sigo creyendo en mi comandante Mel, por ahora”. Vitalino recordó las épocas de lucha armada: “Acá tendrían que estar todos, pero por ejemplo mi comandante de aquella época, ahora se olvidó de todo. Yo sigo luchando por lo que creo, como tantos hondureños que pueden verse aquí”. Es cierto todo lo que dice Vitalino, hay una resistencia heroica de muchos hondureños pero se nota la falta de organización, tanto en Tegucigalpa, como en El Paraíso y también en Ocotal, del lado nicaragüense. Es que en el contexto centroamericano, Honduras ha sido una excepción: no tiene la historia de luchas sociales y políticas que atesoran Nicaragua, El Salvador o Guatemala. Por el contrario, Honduras fue siempre la plataforma del imperialismo estadounidense. Desde allí se gestó la destitución del presidente guatemalteco Jacobo Arbenz en 1954; en Honduras se organizó, en parte, la invasión a la Bahía de los Cochinos en 1961; desde ese país se gestó la contrainsurgencia contra El Salvador y la contrarrevolución en Nicaragua. El pasado tiene su correlato en esta hora histórica, en la que se combinan un terrorismo de Estado bestial, con una resistencia voluntarista, rayana con lo heroico que ya ha dejado más de 11 mártires. Pero el pueblo hondureño ha avanzado más en un mes de martirio que en años, ganando un alto grado de conciencia y unidad.
La lucha continúa
En estas circunstancias, el primer objetivo es la restitución del orden constitucional y del presidente Zelaya al mandato que le confirió el pueblo. Pero la lucha trasciende a Zelaya: el objetivo final del pueblo es la reforma constitucional. Un punto clave es la construcción de una herramienta política que no sólo consolide los avances producidos por Zelaya, sino que signifique un paso más. Hasta el cierre de esta edición, dentro del campo popular, hay dos candidaturas ya lanzadas para el 29 de noviembre: la de César Ham por Unión Democrática y la de Carlos H. Reyes, candidato independiente, sin partido. Todos coinciden en que deberán ir juntos, en el orden que sea, para tener alguna posibilidad contra la partidocracia que dio el golpe y que se podría legitimar en el poder con Elvin Santos (Partido Liberal) o Porfirio “Pepe” Lobo (Partido Nacional). En lo que no hay coincidencia dentro del campo popular es en qué hacer si no vuelve la democracia. Algunos piensan que participar en elecciones sería avalar el proceso golpista. América XXI les hizo la misma pregunta a César Ham y a Carlos H. Reyes: ¿retirarían sus candidaturas si Micheletti es quien convoca a elecciones? Ham dijo que en principio sí la retiraría, aunque debe analizarlo con sus bases. Reyes, a quien le quebraron un brazo en la represión de la marcha del jueves 30, algo más evasivo dijo: “La candidatura no es mía, es de la gente, y la gente en la calle me pide que me presente sea como sea”. Así las cosas, en Honduras está en juego algo más que la vuelta de Zelaya. También el proceso democrático y la posibilidad de profundizar los cambios iniciados hacia una verdadera revolución en paz, que de una vez por todas cambie el estado de situación en un país donde el 80% es pobre y el 30% de su presupuesto debe mendigarse en el exterior mientras que las multinacionales rapiñan sus riquezas forestales, mineras, agrícolas y pesqueras. En la bandera de Honduras hay cinco estrellas que simbolizan a los cinco países de la Federación Centroamericana: Guatamala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El destino de Honduras está fuertemente ligado al Alba y la consolidación del Alba está atada al triunfo del pueblo hondureño.



Muy claro el panorama y las proyecciones que planteas Mariano. Felicitaiones por tu trabajo!
Mariano: muy buena puesta al día para los ignorantes del tema. Un abrazo