Cuando Pablo Picasso vivía exiliado en París, se produjo la ocupación nazi. Entonces llegaron unos oficiales alemanes a su atelier y al ver el Guernica, le preguntaron con gesto adusto: “¿Usted hizo esto?”, a lo que él respondió más secamente: “No, ustedes lo hicieron”.
Ese cuadro, considerado como la obra maestra del cubismo, mostraba con una realidad brutal lo inhumano de lo que fue el primer bombardeo contra una población civil. Ese 26 de abril de 1937 era lunes de mercado y eso también estaba detalladamente premeditado. A eso de las 16.30 comenzó un infierno que se extendió hasta las 19.45. Durante esas tres horas y cuarto, 43 aviones alemanes de la Legión Cóndor se dedicaron a borrar del mapa a Guernica.
Los bombarderos destruyeron completamente el pueblo con bombas incendiarias y cuando las personas intentaban escapar hacia los alrededores eran alcanzadas por las ametralladoras de los cazas. La intención clara y concreta era lograr la mayor destrucción posible y el resultado fue aterrador: unos 1.600 civiles asesinados, en un total de cinco mil habitantes.
En 1937 estaba en su peor momento la Guerra Civil Española, y los vascos ya habían dado sobradas muestras de su alineamiento con la República. Por eso, el general subversivo Francisco Franco se ensañó tanto con los vascos, y en esta oportunidad buscó el apoyo de Adolfo Hitler. Éste usó Guernica para probar parte de su arsenal aéreo, ya que se estaba preparando para la Segunda Guerra Mundial.
El País Vasco tiene una capital administrativa que es Vitoria, una capital económica y financiera que es Bilbao, una capital cultural y turística que es San Sebastián, y una capital espiritual que es Guernica. Por eso fue elegida por Franco y Hitler. Había que darles un escarmiento a esos vascos díscolos que, además de republicanos, eran separatistas.
Históricamente en Guernica se reunían todos los señores vascos para elegir a su rey y para jurar sus fueros, que eran sus propias leyes y representaban un cierto grado de independencia. Por eso, atacar Guernica era atacar el corazón del pueblo vasco. Destruir Guernica, era ni más ni menos que destruir al pueblo vasco.
Dos pintores del horror
Para la Exposición Universal de París de 1937, el gobierno de la República le había pedido a Picasso un cuadro para el stand de España. Luego del bombardeo de Guernica, Picasso no dudó y el 1° de mayo se entregó a tiempo completo a la tarea de reflejar con su arte lo más cruel de la condición humana. Trabajó sin descanso durante 35 días y el 4 de junio estuvo listo su enorme cuadro de 349 por 777 centímetros. Sus formas humanas y animales son desgarradoras y la dominación total de negro grises y blanco exacerba la tragedia. En cierta manera, más que una obra de arte cumple la función de un reportaje de fotoperiodismo.
Después del triunfo del franquismo el Guernica estuvo en el MOMA de Nueva York, por decisión de Picasso que pidió expresamente que no volviera a España hasta que no hubiera democracia. Eso ocurrió recién en 1981 pero paradójicamente en vez de ir a algún museo del País Vasco se quedó en el Reina Sofía de Madrid. La excusa difícil de creer fue que un viaje de 700 kilómetros era peligroso, aunque no lo había sido el traslado desde Nueva York hasta Madrid.
A 70 años de distancia de aquella fecha, otro artista intenta pintar lo que fue esa locura: es Fernando Quintana, pintor vasco radicado en la ciudad cordobesa de Villa María. 
Quintana nació en Guernica en 1923, y cuando se produjo el bombardeo tenía 14 años. Convocado por la revista Rumbos para recordar aquel día, todavía le duele la memoria a flor de piel: “Nos salvamos porque mi padre trabajaba en el Banco Guipuzcoano y tenía que ir de pueblo en pueblo, fundando sucursales, en ese momento estábamos en Azkoitia”.
A los dos días su padre le dijo: “Mira, vamos a ver si podemos llegar a Guernica para ver la casa en donde hemos vivido”, y allá fueron. Pero no pudieron llegar porque como los alemanes habían usado napalm en sus bombas, no se podía entrar al pueblo por temor de que hubieran todavía gases tóxicos.
“Desde las afueras del pueblo pudimos ver toda la destrucción, no quedó ni rastro, estaba todo destruido y había árboles que todavía humeaban, luego de dos días”, recuerda con la voz entrecortada.
Mira para abajo y agrega: “Los muros eran fuertes pero los techos eran a dos aguas, de madera se caían como si fueran de papel. Fue una venganza contra el pueblo vasco por ser tan indómito. Recuerdo que la gente huyó a los montes cercanos y vio como se quemaba todo el pueblo. Quedó todo calcinado”.
Quintana es un acuarelista reconocido en la provincia de Córdoba, hace dos años tuvo la satisfacción de exponer en Azkoitia y su mayor orgullo es el museo y exposición permanente que ha creado en el Centro Vasco de Villa María. Sus temáticas son siempre paisagísticas, nunca pudo pintar todo el dolor que lleva adentro. “El hombre nunca podrá imitar la belleza de la creación divina, por eso siempre es más bello un paisaje que un motivo urbano; es más, el hombre es tan cruel que puede ocasionar destrucción y muerte, como con Guernica”, reflexiona. Dice que cuando vio por primera vez el lienzo de Picasso se quedó estupefacto. “Es que fue algo espantoso –continúa–, toda esa destrucción y las ruinas de Guernica me quedaron grabadas y nunca pude borrarlas; la guerra es lo más terrible, es el pecado del mundo, no sólo por la destrucción directa que produce, sino por las consecuencia indirectas de miseria, violaciones, violencia y tantas otras humillaciones”.


