Durante los “festejos” del 12 de octubre pasado, el cónsul español en Córdoba, Pablo Sánchez Terán, dijo: “Mucho peor estaríais, o estaríamos, bajo las civilizaciones incaicas, aztecas, sioux, apaches o mapuches, que han sido idealizadas por algunos historiadores y antropólogos, cuando es bien conocido su división de castas y su carácter imperialista y sanguinario”.
La afrenta discriminatoria demuestra que el espíritu imperialista y colonizador sigue tan vigente como en el siglo XVI, pero también demuestra una ignorancia total de parte del diplomático, mezclando culturas tan distintas como la maya con la inca y la mapuche.
Si bien es cierto que la sociedad incaica estaba dividida en clases sociales, esta división era infinitamente menor que la imperante en Europa en ese mismo tiempo, donde las hambrunas y pestes hacían estragos permanentemente en las muchedumbres pauperizadas. En el Tahuantisuyo, que abarcaba desde el sur de Colombia hasta Mendoza y el centro de Chile, y donde vivían 13 millones de habitantes, cada niño que nacía tenía garantizado un pedazo de tierra para trabajar y el sustento estaba asegurado. Por eso, las máximas cristianas y españolas de no mentir, no robar y no ser perezoso no llegaban a ser comprendidas por gente que no tenía ninguna necesidad de robar ni de mentir y a la que no se le cruzaba por la cabeza la posibilidad de no trabajar. Si hasta tenían la costumbre de hacer trabajos extras a favor de la comunidad, como abrir caminos o acueductos, al estilo de los trabajos comunitarios de los brigadistas cubanos.
Víctor Heredia dice en su disco Taqui Ongoy: “Ya nos quitaron la tierra y el sol, nuestra riqueza y la identidad. Sólo les falta prohibirnos llorar, para arrancarnos hasta el corazón”. Y parece que en eso está incurso el imperialismo de siempre, en prohibir hasta la queja y la protesta, llegando al extremo de que muchos se hacen los ofendidos porque alguien osa criticar el genocidio de la conquista.
Hasta hoy, en algunos pueblos del Altiplano peruano y boliviano, se sigue representando el mito de El Inca y el Capitán, que enfrenta al rico y al pobre del pueblo en una mezcla de sincretismo religioso y fiesta pagana.
En medio de anticuchos y mucha chicha, la puesta en escena representa la conquista y puede terminar de dos maneras: o con un abrazo, en cuyo caso se produce la reconciliación de las dos culturas, o con una pelea y el sacrificio de animales, cuando no hay reconciliación posible. Se han dado casos extremos, como en 1984 en el pueblo de Chiquián, provincia de Bolognesi, que la representación terminó trágicamente con la decapitación del campesino que hacía de Inca.
Hoy, los quechuas y aymaras siguen soñando con el regreso del Inca que les devuelva la dignidad, la libertad y el bienestar, una figura mítica que mezcla de Pachacútec (el gobernante del máximo esplendor), Atahualpa (el descuartizado en la plaza de El Cuzco), Túpac Amaru (el último inca).
Es la continuidad hasta el presente del mito del Inkarri, que surgió con el movimiento revolucionario del siglo XVI Taqui Ongoy poco después de la conquista, y buscaba explicar el vuelco dado por el mundo indígena, culpa del abandono de los antiguos dioses preincas. El Inkarri se volvió un personaje majestuoso que representaba el espíritu de los incas. En una muestra de la influencia española, el mito dice que el Inkarri fue vencido por Jesucristo, que al ser todopoderoso en el cielo, relegó a éste bajo tierra, llevándose consigo el orden, así como el oro y la plata. Una de sus formas era una serpiente, justamente el demonio cristiano que figura en el Génesis, para llevarle la contra a los españoles.
Según el mito del Inkarri, la cabeza del inca Atahualpa desapareció después de ser cortada por Pizarro. Pero cuando la cabeza acabe de hacer crecer su cuerpo bajo la tierra, Inkarri volverá a gobernar el Tahantisuyo, o sea todo el territorio histórico del Imperio Inca.
Mientras ese día llega, la bronca contra todo lo español aumenta sin parar. En muchos lugares del Altiplano, los jinetes, a toda carrera, intentan arrancarle el cuello a unos patos que cuelgan cabeza abajo. En el valle del río Mantaro, departamento de Junín, los quechuas se burlan de esta forma de la cultura occidental, ya que los patos fueron introducidos durante la época de la colonia por los españoles.
En tanto, en los departamentos de Apurímac y Ayacucho, el choque entre la cultura andina y la blanca es representada en corridas en las que se ata un cóndor por sus patas al cuello de un toro para aumentar su furia y también su agonía.
Son sólo dos simbolismos de una rebeldía acumulada durante 500 años de oprobios, y que en los últimos años, parece volver a querer encausarse en las distintas formas de organización política de los movimientos indigenistas.
“La sangre del Inkarri está viva en el fondo de la Pachamama, pero llegará el día en que su cabeza, su sangre y su cuerpo se junten. Ese día amanecerá en las sombras, y los reptiles volarán”, dice creencia popular.
Pero la cultura popular también da cuenta de la sangre de los miles y miles de indígenas asesinados. Solamente en Perú había unos 9 millones de habitantes a la llegada de Pizarro en 1535, y en 1620 quedaban solamente 600 mil. “A las gentes las llevaron a las minas y su sangre la convirtieron en oro y plata que se llevaron de vuelta a Europa”. Este pensamiento de Abimael Guzmán, fundador de Sendero Luminoso, es una combinación del análisis marxista de la plusvalía con el mito de los pishtacos. Este mito da cuenta de que el hombre blanco se alimenta y regocija con la sangre y la grasa de los indígenas.
Siguiendo con el sincretismo cultural y religioso trasladado a la acción política, el 27 de diciembre de 1980 hizo su aparición pública Sendero Luminoso con una puesta en escena espeluznante. Toda Lima amaneció ese día con perros negros colgados de los postes de la luz. En la campaña electoral de 1989, luego de ajusticiar a 60 candidatos a alcaldes, volvieron a aparecer los perros ahorcados con carteles que decían: “Así morirán esos perros que votan”. La matanza de perros es parte de un rito funerario indígena, aunque también era una característica de la cultura china y de la cruzada de 1976 de la Banda de los Cuatro, seguidores de Mao Tse Tung y críticos del revisionismo de Teng Hsiaoping.
En la la misma dirección, hizo su aparición en 1991 un grupo armado boliviano llamado Ejército Guerrillero Tupaj Katari. El 23 de junio de ese año, en un helado amanecer en la ciudad de El Alto, cerca de La Paz, aparecieron en el centro tres gallos rojos colgados. Así como Sendero en Perú rompió los moldes de los movimientos guerrilleros latinoamericanos de los ’60 y ’70, este grupo armado boliviano fue el primero de origen indio y sin ninguna vinculación con la izquierda tradicional. Su proclama decía: “Por un lado están las villas miseria y por otro lado las zonas residenciales. Unos somos los trabajadores y otros son los patrones, y sobre todo está la Bolivia colonial por un lado, y el Qullasuyo por otro lado, original que se mantiene firme con sus varias naciones autóctonas. Por eso es que por un lado flamea la bandera boliviana de tres colores, aire de paz, riqueza, felicidad para los ricos, y para los pobres flamea la wiphala roja de los ayllus y la de siete colores como una esperanza de paz y libertad. No podemos tolerar por más tiempo, ya es hora de expulsar de nuestras tierras sus ideas, principios y leyes, códigos y ciencia, su filosofía, su religión, su jerarquización de clases, su crudo racismo contra el indio, su embriaguez de complejo de superioridad. Debemos destruir sus autoridades y quemar sus escudos y banderas tricolores, su moral corrupta y prostituída, dejar de cantar su himno nacional impuesto por los q’aras criollos, dejar de hacer sus fiestas religiosas, no dejarnos catequizar ni evangelizar con la religión asesina y foránea, dejar de imitar como monos sus culturas occidentales… ¿Cómo hacerlo? Sólo empuñando nuestro fusil indio campesino y obrero”.
Si esto asusta a algún lector, mucho más asustados están las clases gobernantes de Perú y Bolivia, y también de Ecuador, Argentina y Chile. Pero sobre todo, la subsecretaría de Estado para Latinoamérica del Gobierno de los Estados Unidos. Es que ven ya no una amenaza marxista a la que se habían acostumbrado, sino la amenaza de naciones enteras que empiezan a desperezarse después de cinco siglos de pesadillas. Y ya no plantean un cambio en las condiciones sociales ni en la propiedad de los medios de producción, lo que están planteando es barrer con la forma de gobierno y hasta de organización social de los países sudamericanos, para volver a las fuentes, a los ayllus, a las sociedades comunitarias que tanto estupor provocan en pleno siglo XXI a Pablo Sánchez Terán, cónsul de España en Córdoba.



Lo que me parece muy mal es la tortura que se hace con inocentes animales, con los patos, los condores y los toros. Hay otras formas de protestar.
El “Inkarri” es verdad por que Yo soy el “Emperador” aun soy muy joven para Gobernar ..!! todo asu tiempo … x q hay tiempo para reir, tiempo para llorar y tiempo para recuperar el tiempo Perdido…!!
Nota: El Imperio Inka… volvera pero ahora kmo “EL GRAN IMPERIO PERUANO”
Atte
Carlos I