“Luego de Auschwitz no puede haber poesía”, decía Teodoro Adorno, uno de los exponentes de la Escuela de Frankfurt. Se refería a la imposibilidad de simbolizar tanto horror. Y decía que todos los esfuerzos debían ser destinados a impedir que volviera a ocurrir. Es la base teórica de la expresión “Nunca más”.
Lamentablemente, ese nunca más es sólo una expresión de deseo, porque Auschwitz volvió a ocurrir, entre otros lugares, en Argentina.
Imre Kertesz -el escritor húngaro, víctima del nazismo y Premio Nóbel de Literatura- le respondió a Adorno: “El verdadero problema de Auschwitz es que ocurrió, y es algo que no podemos cambiar ni con la mejor ni con la peor voluntad, y sólo queda la poesía, sólo queda resistir con palabras ciertas”.
En lo que estaban de acuerdo Adorno y Kertesz es en que después de Auschwitz no se puede vivir, trabajar, amar, escribir, hacer periodismo, leer, no se puede hacer nada igual que antes. Es un quiebre en la cultura occidental.
Y como dijo el argentino José Pablo Feinmann, “tenemos nuestro propio Auschwitz, y es la Esma”.
Nosotros los cordobeses podríamos agregar: “Tenemos nuestro propio Auschwitz y nuestra propia Esma, y es La Perla”.
¿Cómo seguir viviendo, trabajando, amando, escribiendo, haciendo periodismo, leyendo, igual que antes de La Perla?
¿Y cómo seguir viviendo normalmente con el principal genocida de Córdoba en su casa?
Luciano Benjamín Menéndez, el más sanguinario de todos los represores que pisaron esta tierra, saldrá de la cárcel de Bower por una decisión de la Cámara de Casación y podrá volver a su casa, a su cama, a su baño, a su cocina, a su mesita de luz…
Hace menos de un año, el 28 de julio de 2008, Menéndez y otros siete represores fueron condenados en el marco de la causa Brandalisis, en la que se investigó la muerte de cuatro militantes políticos que luego de pasar por ese infierno autóctono que fue la Perla fueron asesinados y tirados en Colón (por entonces Avenida Ejército Argentino) y Sagrada Familia. Eso fue el 15 de diciembre de 1977, 21 meses más tarde de que el propio Menéndez anunciara que “la subversión militar está absolutamente aniquilada en todo el ámbito del Tercer Cuerpo de Ejército”. Sin embargo, los medios de comunicación de la época no se cuestionaron nada cuando publicaron la versión oficial de que se había tratado de un enfrentamiento en el que “los terroristas” fueron abatidos.
Esa tarde de julio hubo lágrimas y festejos, no por venganza sino por justicia. Después de 25 años de democracia finalmente Menéndez era condenado a prisión perpetua y cárcel común, luego de que en 1989 fuera salvado por el indulto de Carlos Menem.
Hoy, este asesino, ladrón y genocida, vuelve a su casa, quizás para morir tranquilo en su cama, como Augusto Pinochet. ¿Puede una sociedad civilizada permitir eso, cuando se trata del delito más inconmensurable del que podamos hablar, el de genocidio? Hay una polémica sobre la validez legal del término para el caso de la Argentina, simplemente porque en la Convención de las Naciones Unidas de 1949 no se incluyó la categoría “política” por presión de la ex Unión Soviética, temerosa de que fueran considerados genocidio las purgas stalinistas.
Pero más allá de eso, no cabe dudas que en Argentina hubo un genocidio que ayudó a implementar un plan económico neoliberal, y que en Córdoba fue llevado a la práctica por Menéndez y compañía.
Ellos fueron parte de un engranaje mayor que llevó adelante un plan sistemático y que respondía al verdadero poder, al poder económico. A un poder económico y civil que apeló a un golpe de estado y a un genocidio. Y coincidentemente son los mismos representantes del mismo poder económico que hoy, 33 años después, vuelven a conspirar contra la democracia.
En 1976 José Alfredo Martínez de Hoz, luego ministro de Economía de Videla, era presidente del Consejo Empresario Argentino, motor del lockout que organizó la Sociedad Rural y creó las condiciones para el golpe del 24 de marzo.
La misma Sociedad Rural que hace más de un año, con otros lockout, cortes de rutas y extorsiones varias viene poniendo en vilo a la sociedad y a la democracia argentina.
¿Y la objetividad?
Después de La Perla, no se puede seguir viviendo ni haciendo periodismo como antes. Entre otras cosas, no se puede seguir con el verso de la objetividad. ¿Cómo ser objetivo ante el horror? ¿Cómo ser tan cínico al estilo Mariano Grondona, que sentó a su mesa de un lado al torturador Etchecolatz y del otro lado a su torturado Alfredo Bravo? Es la teoría de las dos campanas que da paso inmediato a la teoría de los dos demonios.
Hoy se caen las caretas de la objetividad y quizá por la decadencia de su vejez, Grondona se muestra más grotesco que nunca y sienta en su programa de Canal 26 al actual presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, para volver a conspirar, ahora más deliberadamente, contra la democracia argentina.
A continuación el diálogo de días atrás para quien no lo conozca:
Grondona- Siempre nos decían, ¿te acordás?…con las inundaciones nos decían, siempre que llovió paró…
Biolcati: -Vos querés decir que el gobierno de Kirchner va a durar para mí dos años más…y dos años más van a ser muy duros…
Grondona:-¿Dos?… ¿te parece?
Biolcati: -¿No son dos…tres?, ¿cuántos son?
Grondona:-Mmm… No sé qué va a pasar después del 28 de junio…
Biolcati: -Eso era lo que te quería escuchar.
Grondona:-Hay un señor que se llama Cobos… ¿no?
Biolcati: -¡Ehh!…sí…sí…radical él ahora, ¿no?
Grondona: -Dicen que es vice… (se ríen).
Todo tiene que ver con todo y lo que nos queda frente al horror es la verdad, ahora que ya ni siquiera tenemos la justicia de saber que un genocida está en la cárcel, su lugar natural.
Hay cosas que no podemos cambiar, sólo queda resistir con palabras ciertas, como dice Kertesz. Para eso, hay que decir por ejemplo que los grupos concentrados de sectores industriales, financieros y agropecuarios siguen siendo tan golpistas como hace 33 años, que un sector del periodismo sigue mirando para otro lado con la falsa objetividad o, como Grondona, conspirando deliberadamente. Y que el máximo genocida de Córdoba está tranquilito en su casa de la calle Ilolay, en barrio Alto Palermo.
Con este grado de impunidad y de continuidad, el “Nunca más” sigue siendo sólo una expresión de deseo.


