Naciones Secuestradas

naciones-secuestradasPALABRAS PRELIMINARES
«Hemos vivido por la alegría, por la alegría hemos ido al combate y por la alegría morimos. Que la tristeza no sea unida nunca a nuestros nombres», escribió el partisano checo Julius Fucik desde las mazmorras nazis. En esos días, la lucha de los patriotas checos tenía un doble sesgo: por la liberación social pero también por la liberación de un ejército extranjero de ocupación.

El «Che» Guevara también decía que «hay que endurecerse pero sin perder la ternura jamás». El nombre completo del «Che» era Ernesto Guevara Lynch de la Serna. Esto es, un apellido irlandés entre dos vascos. Y son justamente los vascos y los irlandeses quienes más se han endurecido a través de la historia sin perder la ternura. Se han endurecido por el imperio de siglos de oprobiosa opresión que han sufrido. Se han endurecido porque en muchas ocasiones no les quedó otra opción digna que no fuera la lucha. No les dejaron otra opción digna. La lucha en sus más distintas variantes. Y se han enternecido cada vez que han recibido a un compañero saliendo de las cárceles inglesas o españolas, cada vez que han visto morir a alguien en sus brazos, cada vez que han llorado luego de una victoria, aunque la victoria final todavía esté por llegar.

Los quebequenses no se han quedado atrás. También a su modo se han endurecido y enternecido, en busca de su lugar bajo el sol. No se han dejado enceguecer por los brillos de las lentejuelas, no han resignado su dignidad de nación por los sobornos de confort o las amenazas abiertas de los dos colosos que los tienen rodeados: Canadá y Estados Unidos.

La dictadura mundial

Después del 11 de setiembre, la hegemonía política absoluta que ya ostentaba Estados Unidos desde la caída del Muro de Berlín, se convirtió en una dictadura mundial, a través de la cual se acallan las voces disonantes por vía de la represión armada. El discurso único es indiscutible. Más aún si se tiene en cuenta que nunca en la historia de la humanidad, un imperio fue tan poderoso y absoluto como éste. Ni los romanos, ni Carlomagno, ni el propio Carlos I de España y Carlos V de Alemania, el Rey Sol, pudieron dominar todo el mundo conocido. Estados Unidos, hoy sí.

En Para leer al Pato Donald, Ariel Dorfman y Armand Mattelart explicaban el funcionamiento del colonialismo cultural que siempre llevó adelante Estados Unidos con fines políticos. Durante todo el siglo XX, una de las dos superpotencias se esmeró en seducir con su gran sueño americano, con su estilo de «libertad» y «democracia», con los jeans, la Coca Cola y las rubias de Las Vegas. La Guerra Fría fue una lucha a fondo por hacer prevalecer la ideología respecto al enemigo comunista, porque existía una cierta paridad de fuerzas amenazantes.

Sin embargo, a principios de los ’90 el ex asesor presidencial Francis Fukuyama anunció el fin de la historia y la muerte de las ideologías.
Y después de todo no estaba tan errado desde la psicología del Imperio, la prueba está en que la ideología, la propaganda y la seducción cada vez ocupan un lugar más relegado en la política exterior de los Estados Unidos. Esa es la gran diferencia que hubo entre la primera Guerra del Golfo que llevó a cabo su padre, y la que encarnó Georges W. Bush. En la de 1991, Estados Unidos se preocupó por armar una gran alianza en contra de Saddam Hussein, y en crear una opinión pública favorable a nivel planetario. En 2003, en cambio, la situación era totalmente diferente, y los asesores de Bush Junior ni siquiera se esforzaron por buscarle una justificación ideológica a la guerra. «El sheriff de Texas» lo dijo abiertamente: «O están con nosotros o están en contra nuestro». Es más, el mensaje es cada vez más contundente: «Hay que demostrar quién manda aquí, quién ejerce la hegemonía en el sistema unipolar». Y… políticamente es lógico, porque el poder se consigue y se ejerce de acuerdo a las facultades de cada uno y a las ventajas comparativas.

Y hoy por hoy, la mayor ventaja que tiene Estados Unidos frente a los demás está en el plano militar, incluso más que en el económico.
Quién impone el terror Otros imperios como el Reino Unido o España actuaron históricamente de la misma manera: por imperio de la fuerza, y muchas veces del terror, un terror que cuando viene del Estado se llama terrorismo de Estado. Entonces, ¿cómo enfrentarse a fuerzas tan ampliamente superiores? Más allá de las razones de cada uno, ¿cómo pueden enfrentarse los iraquíes a los Estados Unidos, los vascos a España o los irlandeses al Reino Unido? Evidentemente no con tácticas y fuerzas convencionales.

Surgen así las nuevas tácticas y estrategias, como la guerrilla urbana o los ataques sorpresa. Lo hicieron las fuerzas de Michael Collins después del Levantamiento de Pascua de 1916 y hasta echar a los ingleses de Irlanda y lo hicieron los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, ¿cuál es el límite en la lucha con nuevas tácticas contra un enemigo infinitamente superior en materia militar? Creo que el límite debería ser siempre el dejar afuera de toda confrontación a la población civil. Si no, la lucha callejera, la resistencia civil o la guerrilla urbana se convierten en terrorismo. Y eso también ha ocurrido durante los últimos 30 años en el País Vasco, en Irlanda del Norte y, menos, en Quebec.

Sin embargo, en esta dictadura mundial que ha instalado Estados Unidos, y de la cual el Reino Unido y España son sus vergonzantes lugartenientes, el nuevo rótulo que justifica cualquier abuso es éste, el de terrorista. Hoy, para acallar a los disidentes, el mejor justificativo es catalogarlos de terroristas. Esto lo ha entendido muy bien sobre todo José María Aznar, que para no discutir políticamente un problema que es eminentemente político, llama terrorista a todo nacionalista vasco que ande por ahí. Quizás, entre otras cosas, porque el menos interesado en resolver el problema sea él, ya que sigue lucrando electoralmente con la violencia política.

Pero por otro lado, nada se dice del terrorismo de Estado que, además de ser igualmente aberrante que el otro, es más condenable justamente por provenir del Estado, que supuestamente es el garante de la legalidad. Nada se dice de los presos irlandeses de Maze ni de los prisioneros vascos que son torturados a miles de kilómetros de sus hogares. Y todo esto en el seno de la Unión Europea. Y en este silencio tienen mucho que ver los medios de comunicación, tan prestos a condenar acciones armadas de los grupos independentistas, pero tan reacios a decir lo que realmente hacen los Estados de ocupación. Esa también es una forma de violencia: la de mentir por acción o por omisión, aunque las dictaduras siempre se han valido de la prensa, y hoy más que nunca. La mayor forma de violencia mediática es la mentira, y la mayor mentira es la de aparecer frente a la gente bajo una piel de objetividad, algo imposible por tratarse siempre de cuestiones sociales, cargadas de subjetivismos.

Es mucho más sincero que quien se sienta frente a una pantalla en blanco se muestre tal cual es, con su carga ideológica a flor de piel, y darle la total libertad al lector de tomarlo o dejarlo. Eso sí, siempre bajo la premisa de decir la verdad. Eso es lo que intento hacer en este prólogo, avisar desde qué punto de vista está escrita la historia de tres naciones que han sido despojadas por políticas imperiales de su derecho a tener un Estado.

Tan lejos, tan cerca Más de 4.000 muertos en Irlanda del Norte, casi 1.000 en el País Vasco. Muy pocos en Quebec. Es la guerra, con todo su horror en cifras, con sus diferencias de matices.
¿Son el Ejército Republicano de Irlandés (Irish Republican Army, IRA) y Euskadi ta Askatasuna (ETA, Tierra Vasca y Libertad) grupos terroristas? ¿O son grupos armados de guerrilla urbana? ¿Cuáles métodos
son lícitos y cuáles no cuando se debe enfrentar a un Estado bien armado y dispuesto a usar todas las estrategias, incluso el secuestro, la tortura y las desapariciones de personas? ¿Qué sucede cuando la fuerza prevalece sobre la razón, o peor aún, cuando el terrorismo gana la batalla contra la lucha lícita, y se enfrentan entonces dos terrorismos, uno subversivo y otro de Estado? ¿Qué es ser nacionalista? ¿Es imposible ser nacionalista y al mismo tiempo internacionalista?

Creo que no sólo es posible, sino también indispensable, porque la verdadera hermandad se construye desde las individualidades solidarias, desde el respeto a cada diferencia y a cada independencia.

Este libro pretende solamente acercar estos tres problemas políticos al público latinoamericano, que tan lejanos los siente, que tan poco los conoce y que tan poco hace por conocerlos. Más bien se queda con la propaganda de los respectivos gobierno y medios de comunicación que en pos del mantenimiento del status quo, deforman la realidad y demonizan estas luchas. Seguramente que en las tres historias hay más diferencias que similitudes, pero el rasgo distintivo es ése: la vejación y la privación ilegítima de la libertad.

Son naciones secuestradas. Son pueblos rehenes a los que se les niega el reconocimiento de su propia identidad. Si una persona tiene derecho a tener un nombre y a ser respetado en su individualidad, mucho más un pueblo, y ése es el derecho a la libertad y a la independencia. Pero también debo decir que estos pueblos serán liberados solamente si esa liberación nacional llega acompañada de una liberación social. Si no es así, simplemente se estará cambiando un tipo de dominación por otra, ya que el Imperio es astuto y tiene mil disfraces.

Mariano Saravia
Córdoba, agosto de 2003

Mariano Saravia