La sombra azul

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Treinta años, ¿es poco o mucho tiempo?

Para un chico de 20, seguramente es muchísimo. Si tiene suerte, quizás esté ingresando a la universidad o tenga un trabajo. Ese chico nació y creció en democracia, con todas las ventajas y las contras de esta democracia tranquila, amansada y fatua, tan lejana de las luchas de los años ’70.

Sin embargo, si el tiempo se mide en generaciones, 30 años es muy poco tiempo. En realidad, estamos hablando de media generación, si se considera que una persona puede vivir por lo menos 60 años.

Por eso, si se mide el tiempo con una vara demográfica generacional, gran parte de los argentinos de hoy vivieron aquella época. Este libro es para ellos, los que la vivieron. Para los que la vivieron y la asumieron concientes de la tragedia de que eran testigos, y para los que la vivieron y prefirieron esconder la cabeza; y hasta para los que siguen limpiando sus conciencias con el famoso “algo habrán hecho”.
Pero este libro también es para los de 20, para que se enteren de lo que sucedió en su país, en su ciudad, en plena plaza San Martín de Córdoba, hace apenas media generación.

Así como las víctimas de aquella época tienen nombres propios y son más que un simple número, también los victimarios tienen que tener nombre propio. Como dicen los Hijos, “para romper con la cultura de la impunidad que ampara a los genocidas hay que ponerle nombre y apellido al terrorismo de Estado”. Hay que saber quién hizo qué cosas aquí, desde qué lugar y en qué forma. Y también qué siguen haciendo.

Porque la pesadilla no terminó a fines del ’83 con la recuperación formal de la democracia. En Córdoba, los policías que habían cometidos las peores violaciones a los derechos humanos fueron mantenidos y ascendidos por los gobiernos radicales de Eduardo César Angeloz y Ramón Mestre. Y el actual gobernador José Manuel de la Sota, en la puerta del D2 y a 28 años del golpe militar, embistió contra las Madres de Plaza de Mayo porque “tienen que pensar si realmente cuidaron como correspondía” a los chicos desaparecidos.

Mientras con estas actitudes se sigue abonando la teoría de los dos demonios, muchos de los ex policías del D2 ahora están reciclados en sus roles de siempre: investigadores y matones al servicio del mejor postor. Están insertos en distintas agencias de seguridad privada que deberían ser controladas por el Estado provincial. No sólo siguen paseando por la plaza San Martín y cobrando sus jugosas jubilaciones en el Banco de Córdoba, sino que muchos de ellos están a cargo de la seguridad de shoppings, hipermercados y barrios cerrados.

El hilo conductor de lo que pasó y lo que sigue pasando en la provincia de Córdoba es la historia de Luis Urquiza, tan perversa y trágica como fascinante. Es la historia de un muchacho común, con alguna sensibilidad política pero alejado de la militancia dura. Llegó a la Policía como salida laboral y terminó preso y torturado por sus propios compañeros. Deambuló por varios centros clandestinos de detención, tortura y muerte hasta que pudo exiliarse en 1979. Vivió en Dinamarca y allí volvió a formar una familia, hasta que decidió volver a la Argentina en 1994.

Pero en esos años descubrió que sus torturadores ocupaban la plana mayor de la Policía de Córdoba en plenos gobiernos “democráticos”, denunció la situación y volvieron los fantasmas. Las amenazas telefónicas y las intimidaciones en su casa de Villa Allende, más la incapacidad -o complicidad- del gobierno radical, hicieron que en 1997 volviera a subir a un avión con su esposa y sus dos hijas, constituyendo el único caso admitido oficialmente como exilio político desde 1983 hasta 2005.

Mariano Saravia