Embanderados

embanderadosPrologo

Tenemos en “embanderados” de Mariano Saravia un trabajo intelectual de notoria singularidad, por la temática que aborda –la identidad profunda de las naciones sudamericanas, a través de un símbolo mayor, la bandera, como instrumento del saber social, desalienante, aún en su momento de esencialidad mítica–, y la manera en que lo realiza: se trata de un historiador cotidianizando la historia, pero hay también un periodista comprometido con una ética de responsabilidad liberadora, que hace del hoy un cruce histórico, por ende material, entre lo vivido y el devenir, buscando que no haya arqueología de la memoria sino conciencia viva en la rememoración.

Tal propuesta por momentos asombra, y hasta emociona, pero a la par irrita, cuestiona, desestructura en tanto embiste contra categorías del pensamiento contemplativo y paradigmas de las verdades oficiales.
Si se permite decir, hay aquí epistemas de furia en un tiempo marítimo de calmas y mansedumbres, sean cómplices o a los palos.

O sea: Saravia divide de un tajo las aguas y nos lleva –lo alerto, es mi caso…– a embanderarnos, sin falsas ni relamidas neutralidades, avivando la sospecha histórica que detrás del pensamiento único –fin de la historia, ocasos por inútiles de los grandes relatos– están las manchas del crimen.

Campea en el libro un rigor analítico y documental, sin ser pretenciosamente “académico”, que se fusiona, en un todo coherente, con la pasión del investigador por rastrear lo verdadero histórico, aun en
zonas –o capas– del entramado social, petrificado por años de consumada oscuridad.

Esta oscuridad no es azar, omnipotencia divina ni fatalidad de la naturaleza, debe leerse como ocultamiento doloso, manipulación culposa, agria censura ejercida por el poder. Más que en un espacio metafísico, la oscuridad de nuestra historia –ese deber ser, primigenio y fundante – se instala, activamente, en la cruel realidad de todos los días, con sus millones de sufrientes, seres concretos de carne y huesos, habitantes de estas tierras sudamericanas vistas como el paraíso y que siguen sin ser suyas, porque el crimen de la pobreza todo lo destruye, todo lo mata, también el deseo y hasta la dignidad de los sueños puestos en una bandera.
Este libro puede leerse como parte de una caja de herramientas –pensemos en una de las tantas, diversas y necesarias llaves sociales–, para abrir con paciencia, que no quita un obstinado rigor, el cofre de nuestra identidad y destino.

También en estos tiempos el poder de los dioses nos enfrenta con la sumisión y el sacrificio. Queda en nosotros ser como Prometeo, y robar el fuego, y ser como Pandora, y resguardar la esperanza…
Vicente Zito Lema

CAPÍTULO UNO

ARGENTINA

Panorama europeo

Es mentira que las revoluciones americanas hayan sido un cuento de hadas en el cual los patriotas se enfrentaron a los realistas por sus ansias de independencia. Pero también es mentira que haya sido solamente una cuestión comercial, como quiso reflejarlo el liberalismo que sobrevino luego con alguna corriente de la Generación del ’37 y sobre todo, con la Generación del ’80.

No fue sólo una cuestión económica pero sí existió un componente económico. Es que España, aunque no era una nación industrializada, mantenía por ley el monopolio del comercio con sus colonias, por lo cual las manufacturas que llegaban a América eran francesas o inglesas, de modo que se encarecían por haber pasado antes por las manos españolas. Esto favorecía a unos pocos comerciantes “monopolistas”, mientras por otro lado crecía el contrabando y los sentimientos “libremercadistas” de quienes pedían negociar con Inglaterra directamente.

Ante tanta presión, en 1809 se dictó el Reglamento de Libre Comercio que puso fin al monopolio español, pero era tarde. Ya se habían instalado sentimientos autonomistas que venían madurando en Sudamérica por influjo de la Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa, y que encontraron el momento propicio para estallar a principios del siglo XIX. Esto, debido a la crisis que vivía el Imperio español que, debilitado militar y económicamente, no podía controlar en el orden político a sus extensas colonias americanas.

Luego de la Revolución Francesa, la Francia republicana debió hacer frente a distintas coaliciones siempre lideradas por Inglaterra, que querían poner límites a la expansión de las ideas revolucionarias. Con el correr de los años, la Revolución Francesa derivó en el Imperio napoleónico y la pelea de fondo entre Francia y Gran Bretaña fue por los mercados para sus manufacturas, en pleno auge de la Revolución Industrial.

Para asfixiar a sus enemigos insulares, Napoleón decretó un bloqueo naval a Inglaterra por el cual ninguna nave inglesa debía ser recIbída en Europa continental. Pero Portugal, de hecho un protectorado inglés, no acató esa determinación. Al no poder atacar por mar, Napoleón consiguió fácilmente la autorización de los monarcas españoles para atravesar la península en busca de los lusitanos desobedientes. Pero sacando a la luz su habilidad política y militar, Napoleón consiguió instalarse directamente en la península.

Cuando Carlos IV abdicó a favor de José Bonaparte, el pueblo español repudió a su soberano y lo sustituyó de inmediato en su sentimiento por su hijo Fernando VII, que cayó preso del emperador francés. Indignado, el pueblo español se alzó en armas y constituyó juntas que gobernarían en ausencia de Fernando, desde ese momento “el Deseado”.

El 21 de agosto de 1808 fue jurado en Buenos Aires el ausente Fernando VII y al día siguiente, el Cabildo emitió una proclama con tono amenazador: “No se escuchará entre nosotros otra voz que la del monarca que habéis jurado; no se reconocerán relaciones distintas de las que nos unen a su persona”; era una advertencia al virrey Santiago de Liniers, un ex héroe de la Reconquista en las Invasiones inglesas y leal a España, aunque por su condición de francés era sospechoso de simpatizar con Napoleón. Según Vicente Sierra, ese texto había sido escrito por Mariano Moreno, quien en la Revolución de Mayo tuvo un bajo perfil pero fue agigantando su figura rápidamente.

La más importante de las juntas españolas de resistencia a la invasión francesa, fue la Junta Central de Sevilla. Sólo Andalucía se mantuvo libre del influjo napoleónico. Esa Junta Central resistió durante más de dos años y debió refugiarse en Cádiz, hasta que cayó en manos de los franceses a principios de 1810, siendo reemplazada por el Consejo de Regencia. Pero esta noticia llegó a Buenos Aires recién el 13 de mayo de ese año, dando lugar al movimiento de mayo que desembocó en el primer gobierno autónomo del Río de la Plata. Mientras tanto, el fenómeno “juntista” se había esparcido por todo el mundo hispano.

El razonamiento era el siguiente: los virreyes eran los representantes del rey, pero en ese momento no había rey, o por lo menos el pueblo español no lo reconocía en la persona de José Bonaparte (Pepe Botella), por lo cual el poder se revertía y volvía al pueblo. Era la esencia del concepto político de soberanía popular. En el fondo de todo esto, había un choque de ideologías: el absolutismo (que no aceptaba discutir la legitimidad de un rey) y el constitucionalismo (que estaba surgiendo, venía de Inglaterra e inspiró la Constitución de Cádiz de 1812). Así fue que copiando el ejemplo español, surgieron las juntas de Buenos Aires, Santiago, Chuquisaca, Quito, La Paz y Caracas, entre otras.

Estas juntas en un principio se conformaron con obtener la autonomía político administrativa, pero no rompieron con la corona encarnada en Fernando VII, que seguía preso.

La reacción de las autoridades españolas, la represión, la misma evolución de estos movimientos emancipadores y sobre todo, la prolongación en el tiempo de la dominación francesa en España, hicieron que estos primeros gobiernos autónomos empezaran a pensar en la independencia total de la metrópoli.

Fernando VII volvió al trono de España en 1814, y reinstauró el más férreo absolutismo monárquico. Claro que para esa época la lucha había derivado ya en una guerra de independencia de las colonias americanas.

La bandera argentina es el más claro ejemplo de este pensamiento de supuesta fidelidad a la casa Borbón. Sin embargo, el celeste y el blanco no fueron los primeros colores de nuestros patriotas.

La “máscara monárquica”

Volviendo al Virreinato del Río de la Plata, los días de mayo de 1810 en el Cabildo de Buenos Aires fueron fundamentales. Entre el 22 y el 25 de mayo quedaron bien definidas las distintas posiciones políticas: por un lado estaban los que querían continuar con la dependencia de España; por otro lado, los que buscaban una autonomía pero sin romper del todo; y también, los que anhelaban la independencia total.

Quizá el 22 de mayo haya sido en realidad más importante que el propio 25, porque ese día se decidió lo que iba a hacerse. En lo más suculento y apasionado del debate, el obispo Lué, en representación de los leales a España dijo: “Mientras haya un español en América, los americanos le deben obediencia y es inconcebible que el colonizado se levante contra el colonizador”. Desde el bando de los que querían la independencia total, Juan José Castelli le respondió: “Entonces cómo justifica usted que las juntas españolas se levanten contra los franceses. Si no hay rey en España, han caducado las autoridades que de él dependen, por lo cual la soberanía debe volver al pueblo, y es el pueblo el que debe votar para formar juntas de gobierno, como están haciendo en España”. Desde la posición intermedia –los que buscaban la autonomía sin romper del todo con España– Cornelio Saavedra dijo que coincidía con Castelli pero: “Debemos ser los cabildantes y no el pueblo quien designe la junta de gobierno, pues va a ser más simple”.

Entre los partidarios de la independencia total había un grupo conocido como “La Legión Infernal”, también llamados despectivamente “los chisperos”. Era como en la Argentina de la actualidad decir “los loquitos”, “los piqueteros”, “los punteros”, y en ese grupo militaban Domingo French y Antonio Beruti, quienes se encargaron, entre otras cosas, de asegurarse que muchos cabildantes de los leales a España no pudieran llegar al Cabildo. De hecho, se habían repartido –según las distintas versiones– entre 450 y 600 invitaciones para ese Cabildo Abierto, pero estuvieron presentes sólo 251 vecinos, que terminaron votando la postura intermedia que de ahí en más se llamó “la máscara monárquica”.

La Primera Junta que surgió de esa votación, estaba presidida por Saavedra. Sus secretarios fueron Mariano Moreno y Juan José Paso, y sus vocales Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Domingo Matheu, Juan Larrea, Manuel de Azcuénaga y Manuel Alberti. Aunque esta junta tenía mayoría de independentistas, gobernó autónomamente del Consejo de Regencia y de cualquier junta española, pero en nombre de Fernando VII. Luego, los hombres más preparados serían desplazados de esa Primera Junta: Belgrano enviado en misión militar al Paraguay y Castelli al Alto Perú.

En las afueras del Cabildo y a modo de propaganda política, ese 25 de mayo los chisperos repartieron cintas entre los adherentes a la liberación. Para la historia oficial, ellos repartían escarapelas celestes y blancas, pero aunque no está comprobado por ningún autor, lo más probable es que esas cintas fueran azules, blancas y rojas, por la influencia de la Revolución Francesa en su pensamiento.

Es más, Daniel Prando asegura que las escarapelas que repartían los chisperos eran rojas y blancas, y hasta arriesga la hipótesis de que existiera una bandera secreta roja y blanca (1).

Este autor continúa con sus hipótesis y refiere que en agosto de 1810, José Moldes fue nombrado por la Junta como gobernador de Cuyo. Este cuyano, partidario de la ruptura total con España, creó dos compañías de abanderados y les puso una escarapela azul-celeste con el centro blanco, simbolizando a las Provincias Unidas y a la esclavitud española, respectivamente. Prando también vincula el azul-celeste con los liberales y masones ingleses con los que Moldes habría estado vinculado, al igual que una gran cantidad de patriotas sudamericanos.

Esa es una versión de cómo se llegó a la escarapela azul-celeste y blanco, pero hay otras: una es que Belgrano empezó a usarla porque suprimió el rojo para no confundirse con los realistas que también usaban ese color como distintivo. Otra es que ya en 1807, durante la resistencia a las Invasiones inglesas, los Húsares de Pueyrredón usaron escarapelas con esos colores. Y la más firme es la que refiere a los colores de la Orden de Carlos III de Borbón.

Celeste y blanco

De chiquitos, a todos los argentinos nos enseñaron en la escuela que el general Manuel Belgrano miró el cielo y se inspiró en él para crear la bandera. Sin embargo, la historia es un poco más compleja e interesante.

Hay que remontarse a 1760, cuando el rey de España, Carlos III, obtuvo de las cortes que declararan a la Virgen María, en su advocación de la Inmaculada Concepción, como patrona del reino. A tal punto llegó su fanatismo católico y su despotismo, que ordenó a las universidades que solamente expidieran grados a los estudiantes que juraran defender el bello misterio de la concepción purísima, y en 1761 firmó un decreto nombrando a la inmaculada como abogada de España y sus colonias. Todas estas muestras de piedad lo hicieron muy popular entre sus súbditos, a pesar de que muchos sectores estuvieron disconformes con una serie de reformas dentro del Antiguo Régimen. Incluso estalló un motín el domingo de ramos de 1766, y al año siguiente, Carlos III aprovechó para expulsar de todos sus dominios a los jesuitas, a quienes acusaba de ser prácticamente una secta dentro de la Iglesia Católica. Fue el mismo año en el que los jesuitas tuvieron que abandonar sus obras en el campo social y laboral en las misiones guaraníes, y también en el campo educacional, en centros universitarios como el de Córdoba.

En 1771 murió Francisco Javier de Borbón, el menor de los 13 hijos que Carlos III tuvo con María Amalia de Sajonia. El rey entró en una profunda tristeza de la cual sólo lo rescató el nacimiento de su primer nieto, el infante Carlos, hijo de su primogénito, y con el cual se aseguraba la continuación de la dinastía. En octubre, anunció en la Gaceta de Madrid que era tanto su gozo, que había decidido instituir una corporación de caballeros con el nombre de “Real y Distinguida orden de Carlos III”.

Además de una cuestión personal, la creación de una orden real estaba destinada a competir con las cuatro órdenes nobiliarias que existían, que eran autónomas de la corona y que poseían grandes tierras y riquezas: la de Santiago, la de Calatrava, la de Alcántara y la de Montesa. En 1773, Carlos III declaró que “cuando vacaren las encomiendas de Santigo, Calatrava, Alcántara y Montesa, fueren pasando a la nueva orden y entregadas a sus caballeros”. De esta manera fue dejando sin bienes a las cuatro órdenes históricas que de ahí en adelante comenzaron su declive hasta transformarse en entidades meramente nobiliarias sin ninguna influencia económica ni política.

El emblema de la Orden de Carlos III era un óvalo bañado en oro con la imagen de la Inmaculada Concepción, con su túnica blanca y su manto celeste. En el estatuto de creación de la orden, estaba establecido especialmente en el artículo 16, que era obligación para el rey, sus hijos y hermanos usar los distintivos celestes y blancos de la orden.

El 2 de junio de 1804, Carlos IV reglamentó el uso de uniformes, condecoraciones, insignias, juramentos y ceremonial de la orden. Para esa época, muchos caballeros españoles y americanos, usaban la escarapela celeste y blanca de la Orden de Carlos III.

Por eso, cuando en 1812 Manuel Belgrano se dio cuenta de que necesitaba un distintivo que diferenciara a sus fuerzas de las del enemigo, pensó en los colores celeste y blanco, que graficaban bien esa postura ambigua de fidelidad al rey pero de autonomía respecto al Estado español en manos de Napoleón; esto fue dado en llamar “la máscara de la monarquía”.

Alta en el cielo

Hasta ese momento, las tropas patriotas habían luchado bajo la bandera española, y por eso Belgrano ya venía reclamando al Triunvirato la creación de una escarapela nacional.

A principios de 1812, el entonces coronel Belgrano estaba apostado en las barrancas del Río Paraná, cerca de la aldea de Rosario, para defender esas costas de las incursiones de las tropas realistas llegadas de la Banda Oriental. Al frente del Regimiento de Patricios, y luego de una larga travesía durante el tórrido enero, el 7 de febrero llegó Belgrano a la Capilla del Rosario para construir unas baterías que frenaran el avance realista hacia la ciudad de Santa Fe.

El 13 de febrero, Belgrano le volvió a escribir al Triunvirato –compuesto por Manuel de Sarratea, Feliciano Chiclana y Juan José Paso– pidiéndole urgentemente una escarapela que distinguiera a sus tropas de las realistas. El Triunvirato le hizo caso y emitió un decreto creando la escarapela argentina: “Sea la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de color blanco y azul-celeste…”. Y le contestó a Belgrano: “En acuerdo de hoy se ha resuelto que desde esta fecha en adelante, se haga, reconozca y use la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de los colores blanco y azul-celeste, y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían” (2).

Pero eso era lo máximo que estaba dispuesto a hacer el Triunvirato, no estaba dispuesto ni siquiera a analizar la posibilidad de una bandera propia, ya que tenía que mantener aquella política ambivalente de la “máscara de la monarquía”.

Entusiasmado, Belgrano vuelve a escribir al Triunvirato a fines del mismo mes: “… Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado, pero ya que V.E. ha determinado la Escarapela Nacional con que nos distinguimos de ellos, y de todas las naciones, me atrevo a decir a V.E. que también se distinguieran aquellas, y que en estas baterías, no se viese tremolar sino las que V.E. designe. Abajo, Señor Excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud” (3).

El 27 de febrero, durante un atardecer apacible y resplandeciente, Belgrano inauguraba las baterías Libertad e Independencia, la primera en la margen occidental del río Paraná, y la segunda en una isla situada a unos 1.000 metros de allí.

“A su frente se extendían las islas floridas del Paraná que limitaban el horizonte: a sus pies se deslizaban las corrientes del inmenso río, sobre cuya superficie se reflejaban las nubes blancas en el fondo azul de un cielo de verano, y el sol que se inclinaba al ocaso iluminaba con sus rayos aquel paisaje lleno de grandiosa majestad” (4).

En esas cirsunstancias, entusiasmado por la creación de la escarapela, a las seis y media de la tarde del 27 de febrero de 1812, Belgrano enarboló la bandera celeste y blanca por primera vez en la batería Libertad. Y montado en su caballo, levantando su sable, arengó a su tropa diciendo: “Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno; en aquel (la batería Independencia) nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores y la América del Sur será el templo de la independencia y la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la patria!”.

Antes de partir hacia Jujuy para relevar a Juan Martín de Pueyrredón al mando del Ejército del Norte, que venía totalmente desmoralizado por la derrota de Huaqui (ver capítulo de Bolivia), envió una comunicación al Gobierno de Buenos Aires contándole lo sucedido. Allí decía: “A las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia, y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición. He dispuesto para entusiasmar a las tropas, y estos habitantes, que se formen todas aquellas, y hablé en los términos de la copia que acompaño. Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V. E.” (5).

Dice la leyenda rosarina que quien confeccionó esa primera bandera fue María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de José Vicente Anastasio de Echeverría, uno de los compañeros de Belgrano en su expedición al Paraguay, y que fue izada por primera vez por otro vecino de esa villa de Rosario: Cosme Maciel.

Enterado el Triunvirato, le envió una carta recomendándole que hiciera pasar el episodio como una muestra pasajera de entusiasmo y ocultara con disimulo la bandera, reemplazándola por la que se usaba en el fuerte de Buenos Aires, que era roja y amarilla.

La necesaria desobediencia

La preocupación del Triunvirato se debía a que la creación de una bandera propia aceleraba definiciones y posturas en la lucha de independencia e iba en contra de la política oficial de actuar como si fuera en defensa de los derechos del rey preso de los franceses. No se temía sólo quedar mal con España, sino principalmente con Inglaterra, que en ese momento era aliada de España en contra de Francia.

Sin embargo, Belgrano nunca recibió la carta con esa orden del Gobierno, porque ya se había puesto en marcha para hacerse cargo del Ejército del Norte, otro de los frentes realistas más fuertes, junto con la Banda Oriental.

Una vez en San Salvador de Jujuy, para el segundo aniversario de la Revolución de Mayo se celebró un Te Deum en la catedral y se volvió a enarbolar la bandera celeste y blanca. Ese 25 de mayo, frente al Cabildo, el obispo de Jujuy, Juan Ignacio Gorriti, bendijo la bandera y el pueblo la vivó con entusiasmo.

Por eso, en una nueva comunicación, Belgrano le decía al Triunvirato: “… El pueblo se complace de la señal que ya nos distingue de las demás naciones…”.

Al enterarse, el Triunvirato tomó esta circunstancia como una desobediencia a sus recomendaciones de dar marcha atrás con lo de la bandera, y le ordenó regresar y hacer lo necesario para “la reparación de tamaño desorden”.

Belgrano, herido en su amor propio, obedeció pero escribió un mes más tarde: “Debo hablar a V.E. con la ingenuidad propia de mi carácter, y decirle, con todo respeto, que me ha sido sensible la reprensión que me da en su oficio de 27 del pasado, y el asomo que hace de poner en ejecución su autoridad contra mí, si no cumplo con lo que me manda relativo a la Bandera Nacional, acusándome de haber faltado a la prevención de 3 de marzo, por otro tanto que hice en el Rosario. Para hacer ver mi inocencia, nada tengo que traer más a la consideración de V.E., que en 3 de marzo referido no me hallaba en el Rosario, pues conforme a sus órdenes del 27 de febrero, me puse en marcha el 1º, o 2, del insinuado marzo, y nunca llegó a mis manos la comunicación de V.E. que ahora recibo inserta, pues a haberla tenido, no habría sido yo el que hubiese vuelto a enarbolar la bandera como interesado siempre en dar ejemplo de respeto y obediencia a V.E., conociendo que de otro modo no existiría el orden, y toda nuestra causa iría por tierra… no había bandera, y juzgué que sería la blanca y celeste la que nos distinguiese como la escarapela, y esto, con mi deseo de que en estas provincias se cuenten como una de las naciones del globo, me estimuló a ponerla. Vengo a estos puntos, ignoro como he dicho, aquella determinación, los encuentro fríos, indiferentes, y tal vez, enemigos, tengo la ocasión del 25 de mayo, y dispongo la Bandera para acalorarlos y entusiasmarlos, ¿y habré, por esto, cometido un delito…? La Bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni memoria de ella… pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el Ejército, y como éste está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente…”(6).

Pero lejos de ser olvidada, la bandera argentina se izó por primera vez en Buenos Aires el 23 de agosto de 1812 en la iglesia San Nicolás de Bari, donde hoy está el Obelisco, símbolo de la ciudad. El motivo fue una misa de acción de gracias por el fracaso de una conspiración realista que debía estallar el 5 de julio pero que fue descubierta, y de la cual era líder Martín de Álzaga, posteriormente fusilado. Según algunos autores, esa bandera que se izó fugazmente en Buenos Aires habría sido de tres franjas: celeste, blanca y celeste, pero la blanca del medio, del doble de ancho que las celestes, siguiendo la línea de la bandera española.

¿Guerra civil?

Una vez instalado en Yatasto, al frente del Ejército del Norte, Belgrano le escribe al jefe realista Pío Tristán en marzo de 1812:

“Mi querido Pío: ¡Cuán distante estaba yo de venir a escribirte en estos lugares! La enfermedad de Pueyrredón me ha conducido hasta aquí, desde las orillas del Paraná, en donde me hallaba con mi regimiento poniendo una puerta impenetrable para todos los enemigos de la Patria. Fui el pacificador de la gran provincia de Paraguay. ¿No me será posible lograr otra tan dulce satisfacción en estas provincias? Una esperanza muy lisonjera me asiste de conseguir un fin tan justo, cuando veo a tu primo (el general realista José Manuel de Goyeneche) y a ti, de principales jefes. Créeme siempre tu amigo” (7). En abril: “… Sé cuánto han trabajado los Tristanes por la felicidad de la Patria… les seré eternamente reconocido y a ti, mucho más, si aprovechándote de la confianza que tienes con tu general, consigues que se acabe esta maldita guerra civil con que nos destruimos y vamos a quedar para presa del primero que nos quiera subyugar” (8).

Pío Tristán había nacido en Arequipa, entonces Virreinato del Perú, y era un militar al servicio de la corona española, lo que desvirtúa otra de las ideas lineales y simplificadoras que forman parte de la historia que nos enseñan: aquella de que era una guerra de españoles contra patriotas americanos. En realidad, había españoles que apoyaban los movimientos emancipatorios y también había americanos al servicio de la corona, como Pío Tristán. Esto abona el pensamiento de Belgrano de que esa guerra se parecía mucho a un guerra civil, y en la cual a veces se enfrentaban amigos y hasta parientes.

Paradójicamente, el 23 de agosto de 1812, el mismo día que se izaba por primera vez en Buenos Aires su bandera, Belgrano emprendía el Éxodo Jujeño, ya que con 1.300 soldados no podía defender esa plaza frente al ejército realista –al mando de su amigo Pío Tristán– con más del doble de efectivos.

Las órdenes del Triunvirato eran de replegarse hasta Córdoba, pero la obediencia de Belgrano no fue total. El intelectual devenido en militar se dio cuenta de que no podía seguir huyendo con todo un pueblo a cuestas, y que tampoco podría dejar a los civiles solos, librados a su suerte y a expensas de las represiones realistas. Entonces decidió desobedecer al Triunvirato y presentó batalla venciendo a los realistas en Tucumán el 24 de setiembre de 1812, aunque con su bandera guardada por ahora.

“El triunfo de Belgrano en Tucumán, tuvo su repercusión inmediata en Buenos Aires. Hacía tiempo que venía preparándose en la capital una revolución pacífica, que el progreso de las ideas y las exigencias crecientes del espíritu democrático hacían inevitable. El Triunvirato, que hasta entonces había presidido el movimiento revolucionario, ya no respondía a esas exigencias (…) La opinión quería una asamblea suprema que fijase la Constitución del poder, generalizara la revolución y la hiciese más popular. El Gobierno temía encontrar en ella un obstáculo en vez de un auxiliar” (9).

“Fue fundamental para el curso de la Revolución, ya que movilizó las ansias de independencia, hasta ese momento demoradas por la hostilidad cada vez mayor de las potencias europeas (…) El 5 de octubre llegó a Buenos Aires la noticia de la victoria, y en el mismo fuerte se izó un gallardete con los colores celeste y blanco por encima de la bandera española, amarilla y roja, que todavía flameaba” (10).

En resumen, Belgrano no sólo creó la bandera argentina, sino que con su triunfo en Tucumán hizo que prendiera en la gente el celeste y blanco al principio combatido. La única diferencia pareciera ser que mientras Belgrano usaba en el norte una bandera con dos franjas blancas y una celeste en el medio, en Buenos Aires enarbolaron una de los mismos colores pero con las franjas invertidas.

Este dato surge del epistolario del gobernador de la sitiada Montevideo, Gaspar Vigodet, quien nunca se había terminado de creer el argumento de la fidelidad a Fernando VII, y que escribió al ministro de Estado español: “Los rebeldes de Buenos Aires han enarbolado un pabellón con dos listas azul-celeste a las orillas y una blanca en el medio (…) Se han quitado de una vez la máscara con que cubrieron su bastardía desde el principio de la insurrección” (11).

“… Debido a las contramarchas en las revoluciones en toda la América hispana, sólo quedaba en pie el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero entonces los colores de la Revolución hicieron escuela. Cintas, gallardetes, escarapelas y banderas celestes y blancas fueron profusamente utilizadas para celebrar la patria nueva en cuanta ocasión se presentara. Había banderas bicolores de dos franjas verticales; otras de tres franjas horizontales celestes y blancas, todo dependía de la cantidad de tela del color del cielo que podía conseguirse, como afanosamente descubrieron las damas mendocinas, que supieron reemplazar la seda azul por simple sarga celeste, como le gustaba a San Martín (…) Ya a mediados del siglo XIX, se afirmó una visión laica de la vida en la que todos los próceres abrevaron. En aquella fuente surgente se conjugaron, de diverso modo, las ideas liberales, el socialismo utópico, la masonería y también la fe cristiana, pero practicada por fuera de la estructura eclesiástica. En ese clima de ideas antidogmático, ¿qué mejor que sostener que Belgrano se había inspirado en los colores del cielo para crear la bandera? ¿Acaso el héroe había manifestado lo contrario? En rigor, pese a ser un hombre religioso, no había dejado nada escrito acerca de los motivos de su inspiración que, por ciento no tenía origen definido. Y, aun cuando celeste y blanco eran tanto los colores de la Orden de Carlos III como los del manto de la Virgen, a nadie interesaba bucear en el posible arraigo colonial o religioso de la enseña” (12).

Luego del triunfo de Tucumán, Belgrano se entusiasmó y sacó a relucir su bandera celeste y blanca para marchar hacia Salta, con la intención de fortalecer su posición.

La oportunidad perdida

El 31 de enero 1813, se reunió en Buenos Aires una Asamblea Constituyente con la intención de dotar de institucionalidad y constitucionalidad al nuevo Estado emergente, pero se quedó a mitad de camino y no se animó a declarar la independencia, como pretendían entre otros, Belgrano y San Martín. Por eso, los diputados consintieron el uso de la bandera celeste y blanca, pero no la avalaron por escrito. En realidad, en la Asamblea del año 1813 no se declaró la independencia que hubiera dado un vuelco definitivo a la guerra, sino que sirvió solamente para las ambiciones personales de su presidente, Carlos María de Alvear, quien luego de dos triunviratos, impuso una forma de gobierno fuerte y personalista: el Directorio.

El 13 de febrero de 1813, Belgrano hizo jurar a sus tropas fidelidad a la Asamblea bajo la bandera argentina a orillas del río Pasaje (luego río Juramento), que en Salta constituye los primeros tramos del río Salado. Y siete días más tarde, la enseña celeste y blanca tuvo su bautismo de fuego en la batalla de Salta, donde Belgrano venció nuevamente a su amigo, el comandante realista Pío Tristán gracias a la ayuda de batallones de gauchos, tanto en la tarea previa de espionaje cuanto en el combate mismo.

A partir de esa victoria, Belgrano se instaló en Potosí –entonces Alto Perú, perteneciente al que fuera Virreinato del Río de la Plata– y se dedicó a reorganizar la administración pública. Pero militarmente no le fue bien porque fue vencido ese mismo año por los realistas en Vilcapugio y en Ayohuma. Luego de esos fracasos en los que se perdieron muchos hombres y bienes, Belgrano tuvo que replegarse hasta Jujuy nuevamente. Pero antes de retirarse, fue hasta la capilla de Titiri, en el curato de Macha, y escondió su bandera detrás de un cuadro. Muchos años después de terminada la guerra de la independencia, en 1883 el párroco del lugar se puso a arreglar su iglesia y encontró aquella bandera de Belgrano. La enseña fue enviada al Museo Histórico de la Casa de la Libertad de la Sociedad de Geografía e Historia de Sucre, donde está actualmente exhIbída. Lo sorprendente es que esa bandera de Belgrano no es como la que hoy tiene Argentina, sino aquella de tres franjas horizontales blanca, celeste en el medio y blanca.

Según el historiador Armando Piñeiro, es la misma bandera que enarboló Belgrano en las orillas del río Paraná aquel 27 de febrero de 1812. En cambio, Félix Chaparro sostiene que la bandera de Rosario era de dos franjas verticales, una blanca al asta y la otra celeste. Una tercera versión muestra la bandera de dos franjas horizontales, blanca arriba y celeste abajo.

San Martín y Artigas, sucesores de Belgrano

Al poco tiempo de haber vuelto a Jujuy, Belgrano entregó el mando del Ejército del Norte a José de San Martín, uno de los pocos que supo valorar a este abogado que fuera esencialmente un intelectual y un estadista, pero que sin embargo, se entregó cuando la patria necesitó que se pusiera el traje de general. Pero tal como había ocurrido luego de sus derrotas de 1811 en Paraguarí y Tacuarí, el gobierno de Buenos Aires enjuició a Belgrano luego de sus fracasos en Vilcapugio y Ayohuma.

El encuentro entre los dos patriotas se produjo el 30 de enero en algún lugar en el camino entre Tucumán y Salta. Tuvieron tiempo de conversar sobre el estado de la revolución, sobre la inoperancia e incomprensión del gobierno central y de la soledad que no dejaba de acompañarlos. San Martín traía instrucciones reservadas del Directorio que le ordenaban remitir a Belgrano para ser juzgado por las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, pero estaba completamente en desacuerdo con la absurda disposición y se negó a entregar a su compañero, del que dirá años más tarde: Belgrano es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un (Napoleón) Bonaparte en cuanto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en América del Sur” (13).

San Martín estaba convencido de que la guerra convencional en esa frontera norte no aportaría gran cosa, y que para terminar con el foco realista de Lima sería mejor cruzar a Chile y luego atacar por mar.

Por eso, a mitad de ese 1814, San Martín se retiró a Córdoba donde el clima era más benigno para su enfermedad y luego consiguió que el Directorio lo nombrara como gobernador de Cuyo. Al frente de la defensa de la frontera norte dejó al caudillo Juan Martín de Güemes y sus milicias gauchas, mientras que él se dedicó a administrar con ecuanimidad la provincia de Cuyo mientras empezaba a organizar la expedición de los Andes.

Además del Alto Perú, el otro gran frente de las Provincias Unidas contra los realistas era el de la Banda Oriental; fue el 23 de junio de 1814 que se rindió finalmente Montevideo, arriándose la bandera española y reemplazánse por la argentina. Sin embargo, la Fortaleza de Buenos Aires demoró casi un año en adoptarla como propia. Es decir que la bandera argentina flameó antes en Montevideo que en Buenos Aires.

En el Congreso de la Liga Federal, el 29 de junio de 1815 José Gervasio de Artigas reunió a los delegados de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, la Banda Oriental, Santa Fe y Córdoba. En Arroyo de la China –actualmente Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos– discutieron los mandatos que llevarían al Congreso de Tucumán convocado para un año más tarde, y juraron fidelidad a la bandera tricolor: la misma de Belgrano con una franja roja en representación del federalismo. Esa fue la bandera artiguista, que sigue siendo la bandera de Entre Ríos y uno de los símbolos actuales del Uruguay.

Para ese entonces, ya se había generalizado el uso oficial de la bandera tal como es en la actualidad: celeste, blanca y celeste. Esto queda confirmado por el hecho de que el 21 de setiembre de 1815, la Secretaría de Guerra y Marina otorgó la patente de corso al francés Hipólito Bouchard bajo la enseña celeste y blanca. Ese decreto ordenaba al capitán de la corbeta Halcón: “Si se trabara algún combate se tremolará el pabellón de las Provincias Unidas, a saber, blanco en su centro y celeste en sus extremos, al largo”.

Corsarios argentinos

Esas patentes de corsarios eran entregadas por las autoridades de los gobiernos para que actuaran en los mares hostigando a los enemigos y enventualmente repartiendo el botín obtenido entre ellos y el Estado concedente de la patente. Eran una especie de piratas legalizados y que mezclaban los saqueos con ataques políticos.

En el caso de la guerra de independencia sudamericana, la acción de los corsarios tomó una gran importancia atacando al comercio español y contribuyendo a la definitiva decadencia del poder marítimo español.

Entre los países que mejor usaron este recurso estuvo la Argentina, que entregó unas sesenta licencias a corsarios que actuaron principalmente en el Atlántico Sur, en el Pacífico Sur y en el Caribe. Pero también llegaron hasta el Mediterráneo, el Índico y el Pacífico Norte.

Las principales campañas corsarias argentinas estuvieron a cargo de dos marinos extranjeros que a la vez fueron los creadores de la Armada Argentina: el irlandés Guillermo Brown y el francés Hipólito Bouchard.

Brown hostigó a los realistas durante 1816 en la costa del Pacífico, entre Valparaíso y Lima, preparando las condiciones para la campaña libertadora de José de San Martín de un año más tarde (ver capítulo de Perú).

“… tenían que considerar a Lima, las provincias de su dependencia y las del Reino de Chile en estado de bloqueo; adquirir información en sus costas y cruzar sobre los puertos de Valparaíso, Coquimbo, Guasco, Atacama, Arica, Arequipa, Pisco y El Callao. En caso de que a su paso por las islas de San Félix y Juan Fernández hallasen presos patriotas, debían remitirlos libres a Buenos Aires. Las instrucciones ponían límite a las operaciones, fijándolo en la latitud de 11ª norte, ya que su objetivo era estorbar la navegación e impedir las comunicaciones entre Chile y Lima” (14).

Pero Bouchard no temía ni aguantaba que le pusieran límites a su espíritu de marinero aventurero y, además de secundar a Brown en esas incursiones que llegaron hasta Guayaquil, tuvo su actuación más sobresaliente entre 1817 y 1819. Entre esos años, dio la vuelta al mundo al mando de la fragata La Argentina, una nave que había sido aprehendida a los españoles y que antes se llamaba Consecuencia.

“El 9 de julio de 1817, zarpó la fragata La Argentina al mando del Capitán Bouchard, desde la ensenada de Barragán para cumplir un crucero de corso, que había de durar dos años. Navegando por aguas del Atlántico Sur, llegó a Madagascar y frustró el embarque de esclavos que estaban por concretar tres buques ingleses y uno francés. La Argentina siguió navegando rumbo a las Filipinas para perjudicar el tráfico comercial de los buques españoles y rechazó el ataque de cinco buques piratas malayos” (15).

“Luego de abandonar las aguas donde habían protagonizado momentos de indómita bravura pero también sufrido crueles privaciones y muertes, La Argentina marchaba airosa rumbo a las islas Sándwich, como había denominado al archipiélago de Hawai el ilustre marino y descubridor James Cooke (…) (Bouchard) pensó en torcer el rumbo y enfilar hacia el Atlántico, con el fin de acercarse a las costas de África y rescatar en la apartada isla donde se encontraba su admirado (Napoleón) Bonaparte, quien moría lentamente en soledad, luego de su derrota final en Waterloo (…) Bouchard debió desistir ante la peligrosa insistencia de sus subordinados de dirigirse a las Sándwich (…) La proximidad de las Sándwich trajo nuevos bríos a los tripulantes de la fragata (…) Montañas, bosques, doradas playas, alimentación abundante, constituían verdaderos atractivos para los hombres de mar” (16).

Hawai, primero en reconocer la independencia

En Hawai, que era un país independiente por ese entonces, se encontraba la corbeta Chacabuco, que había tenido un pasado español con el nombre de Santa Rosa.

“… La tripulación se había amotinado frente a las costas de Chile y luego de desembarcar a los oficiales había tomado rumbo a Hawai. Allí, había ofrecido la nave a Kamehameha, quien, animado por el deseo de contar con algún buque de guerra, no se había preocupado por averiguar de dónde venía ni quién era su legítimo propietario. Luego, los marineros se habían dispersado por las siete islas para gozar del ocio que éstas le ofrecían (…) El encuentro entre Kamehameha y Bouchard debió ser impactante. Es posible que cada uno quisiera impresionar al otro. El rey, secundado por sus consejeros e intérpretes, escuchó con cordial degnidad al corsario, que vestía su uniforme de teniente coronel de las Provincias Unidas del Río de la Plata, atrayente por su botonadura y sus charreteras de hilo de oro. Éste expresó su demanda de devolución de la Santa Rosa (Chacabuco), y como el monarca era un hábil negociante, debió hacer gala de una condición parecida. Kamehameha argumentó que había entregado por el buque 600 quintales de madera de sándalo y además gastado para mantener a los desertores, por lo que pedía una compensación justa. Bouchard no insistió demasiado: necesitaba víveres y agua, y el rey había ordenado que no se le diese nada hasta que la negociación llegara a buen término…” (17).

El capitán José María Piris, en sus memorias escribió al respecto: “Con la licencia para sacar el buque, con la entrega de sesenta y tantos piratas que allí se hallaban y con algunos de sus naturales, que nos dio para que lo tripulásemos, celebramos un tratado de unión para paz, guerra y comercio, quedando obligado el rey con esto a remitir a disposición de nuestro supremo gobierno todos los buques que arribaran a aquellas costas, como la Chacabuco, y a darnos hombres, auxilios cuantos se le pidieran a nuestro socorro, reconociendo desde entonces nuestra independencia. El señor comandante lo congratuló, dándole una rica espada, sus mismas charreteras, su sombrero y un uniforme a nombre de nuestro supremo gobierno y también un título de teniente coronel de los ejércitos de las Provincias Unidas del Río de la Plata” (18).

De esta manera, Hawai fue el primer estado en reconocer la independencia argentina, ya que Portugal lo hizo en 1821, Brasil y los Estados Unidos en 1822 y Gran Bretaña en 1825.

California celeste y blanca

Desde Hawai, la fragata La Argentina y la corbeta Chacabuco pusieron proa hacia las costas de California, llegando a su capital Monterrey en julio de 1818.

“(Bouchard) esperaba dar allí certeros golpes que conmovieran a las autoridades españolas de Nueva España y descalabraran su comercio. Lo animaban no sólo el propósito de cumplir las órdenes de su gobierno y obtener nuevas riquezas, sino vengar las derrotas de los patriotas mexicanos, que a partir del fusilamiento por la espalda del cura Morelos, en diciembre de 1815, con la infamante nota de traidor, no lograban éxitos. Sólo se mantenían en el sur unas guerrillas al mando de Vicente Guerrero” (19).

California, por esa época, era una zona relativamente deshabitada, con tres pueblos principales: Monterrey como capital, San Francisco y Los Ángeles, escenario de las aventuras de El Zorro, aquel personaje justiciero que se escondía detrás de la piel del aburrido aristócrata Diego de la Vega. También había en California cuatro fuertes y unas 20 misiones franciscanas. Pero estaba aislada del resto del Virreinato de Nueva España por el desierto y su única comunicación era por el mar hacia Acapulco.

“El 20 de noviembre de 1818, el vigía de Punta de Pinos, ubicada en uno de los extremos de la bahía, avistó a La Argentina, seguida por la Santa Rosa (Chacabuco). Ambos veleros mostraban sus ágiles siluetas y enarbolaban un pabellón desconocido para muchos. Evidentemente se trataba de los temidos corsarios” (20).

El 22 se produjo el acercamiento al puerto, tomando la delantera la corbeta Chacabuco, donde el capitán Peter Corney izó una gran bandera argentina. Pero se acercó tanto a la costa que fue rechazada por la artillería del fuerte, cuya única esperanza era no permitir el desembarco de los corsarios.

Durante la madrugada del 24 de noviembre, mientras los realistas festejaban la victoria contra los corsarios, se acercó al puerto La Argentina y desembarcaron unos 200 infantes y marineros corsarios, que prácticamente no obtuvieron resistencia en el fuerte.

“Una hora más tarde, enarbolada la bandera celeste y blanca donde había estado la roja y gualda (amarilla) de gran tamaño que se utilizaba en los buques y fortificaciones, Bouchard quedó en poder de la ciudad durante seis días, hasta que adoptó la decisión de abandonarla. Desde el 24 al 29 de noviembre, los corsarios procedieron a apropiarse del ganado y mataron las reses que no podían consumir a bordo; incendiaron el fuerte, el cuartel de astilleros, la residencia del gobernador, las casas de los españoles, sus huertas y jardines. En cambio respetaron los templos y las propiedades de los americanos. En su afán de aplicar un completo y ejemplar castigo, Bouchard mandó que se hicieran estallar todos los cañones, con excepción de dos que necesitaba la Santa Rosa (Chacabuco). Todo esto mientras el gobernador (Pablo Vicente Solá), a cinco leguas de Monterrey, con un cañoncito, las municiones, archivos y dineros de la Real Hacienda, esperaba el arribo de refuerzos de San Francisco y San José. Pero cuando éstos llegaron, nada hizo para intentar la recuperación de la plaza o por lo menos hostilizar al enemigo” (21).

Es decir, España recuperó California porque los corsarios argentinos la abandonaron. Ellos no tenían la visión estratégica que podían tener militares formados como San Martín o Belgrano, y su misión se limitaba al saqueo y al hostigamiento. Fue así que luego de haber arrasado con Monterrey, levaron anclas nuevamente y se dirigieron hacia el sur, saqueando sucesivamente Santa Bárbara, San Juan de Capistrano y San Blas.

El sol y las estrellas

Recién en el Congreso de Tucumán la bandera argentina fue reconocida oficialmente. El 9 de julio de 1816 se declaró la independencia y el 18 del mismo mes, el diputado por Buenos Aires Juan José Paso pidió que se fijase y jurase la bandera nacional. Dos días más tarde, el 20 de julio, se trató la moción de Paso y, por iniciativa del diputado Esteban Gascón, se adoptó la bandera belgraniana.

En un decreto redactado y presentado por el diputado José Serrano –representante de Charcas, hoy Bolivia–, el Congreso de Tucumán declaró: “Elevadas las Provincias Unidas de Sudamérica al rango de una nación, después de la declaración solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente, y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los ejércitos, buques y fortalezas, en clase de bandera menor, interín, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la bandera nacional mayor”.

Y el mismo Congreso, trasladado desde Tucumán a Buenos Aires, el 25 de febrero de 1818 le agregó el sol en la franja blanca. En un principio, ese agregado era distintivo de las banderas militares, pero luego se generalizó. Es amarillo y tiene el mismo diseño que las primeras monedas acuñadas en el país, la de oro de ocho escudos y la de plata de ocho reales: 16 rayos flamígeros que giran en sentido horario intercalados con 16 rayos rectos. Este agregado se atribuye al “Inca” Rivero, un descendiente de una ñusta (princesa) incaica, y representa al Inti o “sol inca”, un símbolo de aquella civilización. Pero el sol también era un símbolo masónico…

El 7 de marzo de ese mismo año, por orden del director supremo Juan Martín de Pueyrredón y de su ministro de Marina, Matías de Irigoyen, a la bandera con el sol se le agrega una orla de 18 estrellas de cinco puntas doradas alrededor del sol. Esas 18 estrellas representaban a las 18 provincias que dominaba o reclamaba el gobierno bonaerense: Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santiago del Estero, Tucumán, La Rioja, Mendoza, San Luis, San Juan, Catamarca, Salta, Jujuy, Paraguay, Banda Oriental (actual Uruguay) y Alto Perú (actual Bolivia).

En los círculos de vexilología (el estudio científico de las banderas) se conoce esta bandera como “la bandera de Pueyrredón”, y aunque la orden existió, no hay pruebas de que haya sido obedecida. Es decir, no hay registros de que esta bandera haya sido efectivamente confeccionada y mucho menos, usada.

Jirones de bandera

Ya en el Congreso de Tucumán se habían comenzado a ver las divisiones que marcarían la política argentina durante las próximas décadas. Estaban los partidarios de un poder central fuerte, sobre todo los diputados por Buenos Aires, Cuyo y Jujuy; los localistas, encabezados por los representantes de Córdoba; y los altoperuanos, que querían un poder centralizado, pero no en Buenos Aires.

Además, estaba el tema de la forma de gobierno. Belgrano abogaba por una monarquía incaica, apoyado desde lejos por San Martín, contra otros que defendían la forma republicana. Finalmente este punto no se resolvió y el mismo Congreso Constituyente de 1819 tuvo como misión dotar al país de un régimen constitucional que sirviera tanto para una república como para una monarquía.

Finalmente se sostuvo el Directorio, con un Consejo de Estado que le debería poner un límite, y un poder legislativo bicameral, pero este precario orden duró poco porque 1820 fue el año del caos y la anarquía.

“Las Provincias Unidas aparecían divididas en tres campos: el de Buenos Aires, identificado con el gobierno directorial; el del Litoral, su rival, que pujaba por dominar el territorio; y el resto del país, en el tercero de los campos” (22).

Juan Bautista Bustos se hizo elegir gobernador de Córdoba y esa provincia, que hasta poco antes había estado bajo la influencia de José Gervasio de Artigas, se transformó en un centro de poder alternativo al de Buenos Aires y al del Litoral.

“La falta de disciplina y la insubordinación alcanzaron también al Ejército de Cuyo. San Martín había enviado un cuerpo desde Chile que se sublevó y tomó San Juan. La rebelión de un batallón del Ejército de los Andes agregó un elemento más a las tendencias disolventes de la débil organización nacional. San Juan, siguiendo el ejemplo de Córdoba y el anterior de Tucumán, se declaró independiente. Poco después siguieron sus pasos Mendoza y San Luis, crearon ejércitos provinciales, convirtieron sus cabildos en legislaturas y formaron las tres una liga de provincias cuyanas…” (23).

El 1° de febrero de 1820, cerca de San Nicolás, los caudillos

litoraleños Francisco “Pancho” Ramírez y Estanislao López derrotaron en Cepeda a lo que quedaba del ejército nacional al mando del director supremo José Rondeau.

“Los meses siguientes fueron de confusión en Buenos Aires. Durante siete meses se alternaron la paz y la guerra y se sucedieron 10 gobernadores. En febrero de 1820 el Cabildo porteño asumió el papel de gobernador, proclamó la disolución del poder central y renunció en nombre de Buenos Aires a su carácter de capital de las Provincias Unidas. El 16 de febrero se llamó a Cabildo Abierto, del que salió constituida una Junta de Representantes, primer cuerpo legislativo de la provincia, que muy pronto le arrebató el poder político al Cabildo. La nueva Junta nombró gobernador provisional a Manuel de Sarratea” (24).

El Tratado del Pilar fue firmado por Sarratea con los representantes de Entre Ríos, Pancho Ramírez, y Santa Fe, Estanislao López. Los caudillos se comprometieron a retirar sus tropas de Buenos Aires a cambio de la libre navegación de los ríos interiores, pero lo más importante fue el establecimiento del federalismo como idea central sobre la que debería establecerse la futura organización nacional. Sin embargo, esa organización como nación debería esperar seis años.

A partir de ese momento, las provincias pasaron a ser prácticamente Estados independientes, con todos los atributos de la soberanía: Justicia, educación, Fuerzas Armadas y regulación del comercio, tanto interior como exterior. Lo único que seguían dejando en manos de Buenos Aires, era la representación política exterior.

Buenos Aires, en tanto, al haberse librado de su rol de “hermana mayor”, estabilizó su situación interna y tuvo años de progreso. Al no tener que pensar en ejércitos ni misiones diplomáticas para la defensa nacional, dedicó todos sus ingresos a las necesidades locales, sobre todo los que provenían de la Aduana, su principal e inagotable fuente de recursos. En cambio, las provincias empezaron a sufrir crisis económicas y políticas.

Mientras Martín Rodríguez fue gobernador de Buenos Aires –entre 1820 y 1824– Bernardino Rivadavia fue el ministro de Gobierno, ejerciendo el verdadero poder en la provincia y quedando en el recuerdo principalmente por el empréstito de la banca inglesa Baring Brothers, el punto de partida de la ominosa deuda externa argentina.

Ese crédito, si bien fue tomado por la provincia de Buenos Aires, luego pasó a ser de todo el país. Se pidió teóricamente para la construcción del puerto y la instalación de agua corriente en la ciudad de Buenos Aires, pero además de desviarse hacia otros fines (entre ellos la guerra contra el Brasil), de un valor total de un millón de libras esterlinas, llegaron solamente 570.000: el resto quedó en pagos a intermediarios.

El 16 de diciembre de 1824 se reunió nuevamente un congreso nacional con diputados elegidos por cada provincia en proporción a sus habitantes.

Los diputados de Santa Fe fueron a ese congreso con el mandato de su gobernador Estanislao López que decía: “… De acuerdo con los demás miembros del Cuerpo Supremo, la nueva y mejor organización de las provincias elevándolas a Estados soberanos y las constituciones que los deban regir en confederación, bajo la libertad e independencia de cada uno…”

Pero Buenos Aires había recuperado la iniciativa política y las provincias estaban asfixiadas económicamente, sin los ingresos de la aduana del puerto. Por eso, el 6 de febrero de 1826, el congreso dictó la ley de Presidencia y Bernardino Rivadavia fue elegido como primer presidente de la Argentina reunificada. De ahí que el sillón presidencial sea conocido como el “de Rivadavia”.

Durante su gestión, Rivadavia extendió el derecho al voto a todos los hombres mayores de 20 años, organizó el Parlamento y los tribunales, garantizó la libertad de prensa, financió la creación de la Universidad de Buenos Aires y del Archivo Nacional.

Pero una de sus principales obras como presidente fue la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, con lo cual le quitaba a la provincia de Buenos Aires gran parte de sus rentas. Sus más férreos opositores a partir de allí fueron Rosas, Anchorena y Dorrego.

Por otra parte, en el interior, además de Bustos en Córdoba y López en Santa Fe, crecía la figura del mayor caudillo de toda la zona cordillerana: el riojano Facundo Quiroga.

Cuando Rivadavia, a través de su enviado a Río de Janeiro, Manuel García, firmó un tratado entregando la Banda Oriental al Imperio del Brasil al cual se había vencido en la guerra, provocó de nuevo el caos institucional. Las provincias desconocieron su autoridad y la constitución de 1826. Finalmente, el 28 de junio de 1827, Rivadavia renunció y ocupó la presidencia interina Vicente López y Planes.

En agosto, Manuel Dorrego fue elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires, como jefe del partido federal; se disolvió el Congreso, Vicente López y Planes cesó en su cargo y nuevamente quedó vacante la presidencia, volviendo a ser cada provincia un Estado en sí misma y delegando las relaciones exteriores en Buenos Aires.

En efecto, en agosto Dorrego firmó la paz con Brasil aceptando la propuesta del representante británico Lord Ponsomby que establecía al Uruguay como país independiente y garantizaba la libre navegación de los ríos (ver capítulo de Uruguay).

La situación de Dorrego era débil, y el 1° de diciembre de 1828 se produjo lo que podría considerarse el primer golpe militar violento, cuando el general Juan Lavalle ocupó con sus soldados la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). El general golpista unitario obligó a renunciar a Dorrego, lo venció el 9 de diciembre en la batalla de Navarro y el 13 de diciembre lo fusiló.

Sin embargo, Lavalle duró poco en el poder porque fue rápidamente eclipsado y vencido por Juan Manuel de Rosas, una figura que habría de dominar la política argentina en las siguientes décadas.

Azul y blanca del Restaurador

La guerra civil entre unitarios y federales no se terminó con el ascenso de Rosas al poder, sino que se profundizó.

El historiador Carlos Ibarguren recuerda:

“… en ese momento (comienzos del primer gobierno de Rosas) no había una nación propiamente dicha; los Estados provinciales estaban separados y el sentimiento nacional quedaba subordinado al localista. Las provincias eran entidades soberanas o independientes en guerra unas contra otras, o en coaliciones beligerantes recíprocas (…) El 31 de agosto de 1830 los Agentes Diplomáticos de nueve provincias: Mendoza, San Luis, San Juan, Salta, Tucumán, Santiago, Córdoba, Catamarca y La Rioja, celebraron un pacto de unión y alianza y nombraron al General Paz Jefe Supremo, hasta la instalación de la autoridad nacional…” (25).

Era la Liga del Interior, sangrientamente enfrentada con los federales del Litoral.

“Las llamadas provincias argentinas no fueron ni provincias –en el sentido actual del término ni argentinas. Sino que eran o pretendieron ser, estados independientes con voluntad, la mayoría de ellas, de unirse en forma de confederación. Forma confederal que durante mucho tiempo adoptó la denominación de Provincias Unidas del Río de la Plata. Por otra parte, el vocablo argentina era entonces sinónimo de Buenos Aires y sólo muy tardíamente adquirió su actual significación” (26).

“En aquellos años, argentino significaba porteño en el mejor de los casos. José María Paz cuenta en sus memorias que una hija del general Ignacio Álvarez Thomas (nacido en Arequipa, Perú, pero director supremo de Buenos Aires independiente) le había dicho a su mucama: ‘Tú, Gertrudis, eres argentina y no debes emplearte en servicio de una familia provinciana, porque eres mejor que ella’. Aunque no nacieron en el puerto de Buenos Aires, los Álvarez Thomas se consideraban ‘argentinos’ por residir en la ciudad, por ososición a los habitantes del resto de las Provincias Unidas, que eran, a lo sumo, españoles americanos (…) Los Estados que emergieron no eran naciones (…) Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta revolucionaria de Buenos Aires, era boliviano; el general Álvarez Thomas, director supremo, peruano de Arequipa; el cordobés deán Gregorio Funes fue el primer embajador de Bolivia en Buenos Aires; el porteño Bartolomé Mitre, fundador del Colegio Militar Boliviano; Domingo Faustino Sarmiento, funcionario chileno (…) De un total de casi 3.000.000 de kilómetros cuadrados que hoy tiene la Argentina, 2.000.000 estaban ocupados por tribus indígenas que no reconocían ninguna autoridad local, ni americana ni española (…) funcionaron como mini estados: Córdoba, por ejemplo, mantuvo contactos diplomáticos independientes con Paraguay, Bolivia, Chile y Gran Bretaña, a través de su propio ministro de Relaciones Exteriores; Santa Fe hizo lo propio con Paraguay y Chile; la Puna de Jujuy realizó gestiones para unirse al territorio de Bolivia (de hecho Tarija lo hizo); Corrientes se alió con las fuerzas uruguayas contra Buenos Aires; Entre Ríos firmó en Paysandú un tratado proponiendo al general uruguayo Rivera como jefe de la campaña militar contra Rosas” (27)

Rosas llegó al extremo de cambiar la bandera porque odiaba el azul- celeste, atribuyéndoselo a los unitarios. En consecuencia, cuando creó la Confederación Argentina a través del Pacto Federal del 4 de enero de 1831, instauró una bandera de tres franjas horizontales pero cambió el azul-celeste por el azul oscuro en las franjas de los costados. Y en 1840 hasta llegó a modificar el sol, pasándolo de amarillo a rojo, el color de los federales.

En 1833, el gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe, presentó un proyecto al Congreso de su provincia para establecer una bandera propia, con los colores artiguistas: tres franjas horizontales, una azul arriba, una blanca en el centro y una roja abajo. El texto del proyecto decía: “… El pabellón azul y blanco que cubría la provincia de Buenos Aires considerado acaso que de hecho debía ser este nacional; pero como ha sucedido todo lo contrario y que cada provincia ha elevado un pabellón distinto a todos los demás de la república, el expresado gobierno es de opinión que la de Entre Ríos debe diferenciar el suyo del de Buenos Aires…”

Sin embargo, Rosas se mantuvo en el poder hasta 1952, cuando fue derrotado en Caseros por Justo José de Urquiza.

“El largo régimen rosista fue creando una integración que antes no tenían las provincias. Pues aunque Rosas hablaba de la Federación y consagraba su lema como federal, en la práctica encabezó un régimen absolutamente centralista. Así, Rosas fue creando un gobierno nacional de hecho (…) había acumulado en la persona del gobernador de Buenos Aires una serie de atribuciones que son prácticamente las mismas que hoy la Constitución le otorga al presidente de la república y que en ciertos casos incluso iban más allá de lo que hoy pueda esperarse del Poder Ejecutivo Nacional” (28).

En la Asamblea Constituyente de 1853 se devolvió a la bandera argentina el tradicional tono azul-celeste de Belgrano.

Recuperar la bandera

Pero así como Rosas llegó a cambiarle el color a la bandera, creyéndola una propiedad personal, más recientemente hubo otros que también se apropiaron de ella, la usurparon. Fueron los militares y civiles que encabezaron la última y más sangrienta dictadura militar, entre 1976 y 1983. Ellos se adueñaron de nuestra bandera, de nuestros colores nacionales, mezclando las marchas, los comunicados y los símbolos con el miedo, con un mundial de fútbol y una guerra paranoica. Y lo hicieron con éxito porque para grandes porciones de la sociedad, esas banderas y esos uniformes pasaron a significar el terror más absoluto, o el desprecio más total. Esas grandes porciones de la sociedad renunciaron, consciente o inconscientemente, a la bandera celeste y blanca, dejándosela a los usurpadores.

En Sudamérica las Fuerzas Armadas se erigieron en garantes de la integración nacional y subordinaron la institucionalidad republicana al supuesto interés de la Nación. En todos nuestros países pasó algo más o menos parecido, basado en la Teoría de la Seguridad Nacional, que buscó y logró transformar un conflicto político interno en uno de agresión exterior. Es decir, los que estaban del otro lado de la frontera ideológica no eran patriotas sino apátridas y, muy frecuentemente, “agentes del comunismo internacional”. Los verdaderos mercenarios al servicio de un poder extranjero eran ellos, los militares entrenados por Estados Unidos en la Escuela de las Américas, y los neoliberales al servicio del gran capital transnacional.

Esos militares hubieran sido la vergüenza del general San Martín, que nos dejó como legado: “La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene… La Patria no es abrigadora de crímenes”. Y cuando Juan Martín de Pueyrredón –quien lo había apoyado en su campaña libertadora a Chile y Perú– le ordenó que volviera para reprimir con su ejército a José Gervasio de Artigas, San Martín le contestó sin medias tintas: “El general San Martín jamás desenvainará su espada para derramar sangre de hermanos”.

Bibliografía

1- Prando, Daniel: (1991) “Las enseñas de los voluntarios de la Unión”, en “Boletín del club del soldado de plomo”, Buenos Aires, 30 de noviembre.

Prando, Daniel: (1992) “Una bandera argentina en 1810”, en Historia de Buenos Aires, Buenos Aires.

2- Wengerg, Gregorio (dir.): (2001) Epistolario Belgraniano, Editorial Taurus, Buenos Aires; pág. 140.

3- Op.cit., pág. 142.

4- Mitre, Bartolomé: (1945) Historia de Belgrano, Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires.

5- Ibíd: Wengerg (2001); pág. 144.

6- Op.cit., pág. 170.

7- Op.cit., pág. 146.

8- Op.cit., pág. 157.

9- Ibíd: Mitre (1945); pág. 92 y 93.

10- Cibotti, Ema: (2004) Sin espejismos, Editorial Aguilar, Buenos Aires; pág. 33.

11- Segreti, Carlos: (1944) La máscara de la monarquía, 1808-1819, Centro de Estudios Históricos, Córdoba; pág. 25.

12- Ibíd: Cibotti (2004); pág. 34.

13- Pigna, Felipe: (2005) Los mitos de la historia argentina.Tomo 2, Editorial Planeta, Buenos Aires; pág. 26 y 27.

14- De Marco, Miguel Ángel: (2005) Corsarios Argentinos, Editorial Emecé, Buenos Aires; pág. 98.

15- Pigna, Felipe, www.elhistoriador.com.ar

16- Ibíd: De Marco: (2005); pág. 163 y 164.

17- Op.cit; pág. 165 y 168.

18- Piris, Jose Maria. Memorias del capitán José María Piris, Biblioteca de Mayo, Guerra de la Independencia, Tomo 17, segunda parte, Senado de la Nación, Buenos Aires, 1963.

19- Ibíd: De Marco: (2005); pág. 176.

20- Op.cit., pág. 178.

21- Op.cit., pág. 180.

22- Zaida Lobato, Mirta y Suriano, Juan: (2004) Nueva Historia Argentina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires; pág. 159.

23- Op.cit., pág. 160.

24- Op.cit., pág. 160.

25- Ibarguren, Carlos, citado por José Carlos Chiaramonte en “Cuando la Nación no tenía mapa”, Revista Ñ, Buenos Aires, 21 de mayo de 2005.

26- Op. cit.

27- Lanata, Jorge: (2004) ADN, mapa genético de los defectos argentinos, Editorial Planeta, Buenos Aires; pág.32 y 33.

28- Luna, Félix: (2005) Breve historia de los argentinos, Editorial Booket, Buenos Aires; pág. 90 y 91.


Mariano Saravia