Embanderados
Prologo
Tenemos en “embanderados” de Mariano Saravia un trabajo intelectual de notoria singularidad, por la temática que aborda –la identidad profunda de las naciones sudamericanas, a través de un símbolo mayor, la bandera, como instrumento del saber social, desalienante, aún en su momento de esencialidad mítica–, y la manera en que lo realiza: se trata de un historiador cotidianizando la historia, pero hay también un periodista comprometido con una ética de responsabilidad liberadora, que hace del hoy un cruce histórico, por ende material, entre lo vivido y el devenir, buscando que no haya arqueología de la memoria sino conciencia viva en la rememoración.
Tal propuesta por momentos asombra, y hasta emociona, pero a la par irrita, cuestiona, desestructura en tanto embiste contra categorías del pensamiento contemplativo y paradigmas de las verdades oficiales.
Si se permite decir, hay aquí epistemas de furia en un tiempo marítimo de calmas y mansedumbres, sean cómplices o a los palos.
O sea: Saravia divide de un tajo las aguas y nos lleva –lo alerto, es mi caso…– a embanderarnos, sin falsas ni relamidas neutralidades, avivando la sospecha histórica que detrás del pensamiento único –fin de la historia, ocasos por inútiles de los grandes relatos– están las manchas del crimen.
Campea en el libro un rigor analítico y documental, sin ser pretenciosamente “académico”, que se fusiona, en un todo coherente, con la pasión del investigador por rastrear lo verdadero histórico, aun en
zonas –o capas– del entramado social, petrificado por años de consumada oscuridad.
Esta oscuridad no es azar, omnipotencia divina ni fatalidad de la naturaleza, debe leerse como ocultamiento doloso, manipulación culposa, agria censura ejercida por el poder. Más que en un espacio metafísico, la oscuridad de nuestra historia –ese deber ser, primigenio y fundante – se instala, activamente, en la cruel realidad de todos los días, con sus millones de sufrientes, seres concretos de carne y huesos, habitantes de estas tierras sudamericanas vistas como el paraíso y que siguen sin ser suyas, porque el crimen de la pobreza todo lo destruye, todo lo mata, también el deseo y hasta la dignidad de los sueños puestos en una bandera.
Este libro puede leerse como parte de una caja de herramientas –pensemos en una de las tantas, diversas y necesarias llaves sociales–, para abrir con paciencia, que no quita un obstinado rigor, el cofre de nuestra identidad y destino.
También en estos tiempos el poder de los dioses nos enfrenta con la sumisión y el sacrificio. Queda en nosotros ser como Prometeo, y robar el fuego, y ser como Pandora, y resguardar la esperanza…
Vicente Zito Lema


