La última estación

Publicado por admin el May 24th, 2009 bajo la Categoria Opinion General. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

cementerio_nevado1En esta vida, quizá lo único seguro y permanente es la muerte. Será por eso que los hombres le dan tanta importancia a la última morada…

Desde el Mausoleo de Halicarnaso hasta el Loco Fierro enterrado en la cancha de Gimnasia de La Plata, los distintos pueblos y culturas se han tomado en serio el lugar donde descansarán sus seres queridos.

 

Durante el siglo IV antes de Cristo, Halicarnaso era una importante ciudad del Asia Menor. En el año 353 a.C. murió el rey Mausolo, y su esposa Artemisa se dio a la tarea de ofrecerle una tumba que lo hiciera inolvidable. No reparó en gastos, y al cabo de dos años estaba terminada una obra majestuosa. Sobre una superficie de 33 por 39 metros, la tumba se levantaba en mármol unos 50 metros de altura con 117 columnas jónicas. A pesar de que sólo 16 años después fue destruido por el invasor Alejandro Magno, el sepulcro de Mausolo quedó en la historia como una de las siete maravillas del mundo y hasta hoy se conoce como mausoleo a este tipo de construcciones mortuorias.

 

En 2001 murió en manos de la policía rosarina el Loco Fierro, jefe de la barra de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Era un personaje siempre al filo de la ilegalidad, y tenía desde chico en consideración la posibilidad de la muerte. Por ese motivo ya había dejado dicho que si le llegaba la hora, quería que lo cremaran y esparcieran sus cenizas en la cancha del Lobo. Así se hizo en 60 y 118, corazón del bosque platense.

 

Los dos ejemplos hablan de la intención de los seres queridos del difunto de regalarle un lugar que le permita seguir viviendo en el recuerdo permanente.

Teóricamente, las personas más espirituales o religiosas creen que hay vida después de la muerte, y que el alma del ser humano se desprende del cuerpo para ir a otra dimensión. Los escépticos, agnósticos o ateos, en cambio, consideran que todo se termina con la muerte.

En principio, ni uno ni otro deberían darle demasiada importancia a ese cuerpo que pocos días después de la muerte empieza a descomponerse hasta volver a ser polvo. Entonces, ¿ por qué tanta importancia al lugar donde ese cuerpo “descansará”?

Hay ahí algo que no cierra, ¿o será que tanto los creyentes como los escépticos, tenemos un componente macabro y algunos conceptos irresueltos con la muerte? ¿Será que trasladando a ellos nuestras aspiraciones, buscamos que no se desprendan del todo de este mundo y que sigan vinculados a los que seguimos caminando bajo el sol?

 

Por eso mucha gente tiene como una de sus prioridades de los domingos, ir a darse una vuelta por el cementerio. En algunos países de América Latina, el 1° de noviembre, día de los difuntos, se celebra con alborozo. Sobre todo en pueblos donde el sincretismo religioso es muy fuerte, como México, Centroamérica, Perú o Bolivia, ese día los lugareños se reúnen alrededor de la tumba en cuestión para comer, beber, tocar la guitarra y hasta bailar.

 

Pero esto de seguir en contacto con los que ya no están no es exclusivo de América Latina. Uno de los últimos avances en esto de seguir “comunicados” con el deudo proviene de Alemania, como no podía ser de otra manera. Es el Ángel Móvil, un teléfono celular que permite hablarle a un difunto a distancia. Según explicó Jurgen Brother, el inventor, el Angel Móvil fue desarrollado para aquellos que no se acostumbran a la pérdida de un ser querido, y de esta manera, pueden seguir en contacto. “Las personas que están enfermas, las que no tienen tiempo para visitar a sus difuntos o los que viven lejos pueden, de esta manera, comunicarse con el muerto”, explicó Brother, quién desarrolló el invento luego de la pérdida de su madre.

El teléfono en realidad es igual que cualquier otro, sólo que la batería dura un año y cuando suena dentro del sarcófago, no necesita ser atendido sino que se activa automáticamente. En total, Brother vendió tres celulares, a un precio de 1.500 euros.

 

Entre la avenida Du Maine y el Boulevard Raspail, muy cerca del Barrio Latino, se encuentra el cementerio de Montparnasse, en una de las zonas más coquetas de París.

El visitante, atraído por ese canto fascinante que a veces tiene la muerte, sobre todo en una bucólica París de octubre, cree que será el único “raro” al que se le ocurre perder una tarde allí. Sin embargo, cuando llega se encuentra con un mundo de vivos caminando entre un mundo de muertos. Es más, muy amablemente el guardia le entrega un planito donde están ordenados por profesión los habitantes famosos del lugar. Con un número y bien ubicados en el mapa del camposanto, se puede armar un itinerario a medida de los intereses de cada uno.

Allí están enterrados, entre otros, Charles Boudelaire (poeta), Susan Sontang, Jim Morrison (músico), Emile Cioran (filósofo rumano), Julio Cortázar (escritor argentino), Porfirio Díaz (dictador mejicano), Ossip Zadkine, Samuel Beckett (escritor irlandés), Guy de Maupassant (escritor), Jean-Paul Sastre (escritor, filósofo existencialista), Simone de Beauvoir (precursora del feminismo), César Franck (músico), Piérre Proudhom (político, padre del anarquismo), Tristan Tzara (fundador del Dadaísmo), André Gustave Citroën (fundador de la automotriz), Alfred Dreyfuss (víctima del antisemitismo francés), Pierre Larousse (escritor), Emile Durkheim (filósofo y sociólogo).

Luego de un rato en cuclillas, dos chicas de aspecto latinoamericano y unos 20 años, se paran y empiezan a caminar. En la tumba de Cortazar han dejado un papel que dice: “Gracias Julio, por hacernos ver la vida de otro color”.  Ellas sí se han comunicado íntimamente con quien admiran, sin necesidad de celulares caros.

 

 

Un lugarcito en el cielo

 

 

David Alleno desde chico empezó a frecuentar el cementerio de La Recoleta porque sus hermanos mayores trabajaban allí como serenos. Después de un tiempo, cuando pasó a los pantalones largos, consiguió su sueño de empezar a trabajar en tareas de mantenimiento y al tiempo quedó empleado. Esa era su vida, estar en contacto con la muerte, y no le importaba no haber formado familia ni que el sueldo nunca le permitiera pensar en un techo propio, se conformaba con alquilar una pieza en uno de esos típicos conventillos porteños de principios del siglo 20. Vivía enamorado de las hermosas esculturas que adornaban las bóvedas y empezó a tener otro sueño: el de una bóveda propia. Pero para él era algo inalcanzable.

Hasta que un día le cambió la suerte. Su hermano mayor ganó la lotería y repartió el dinero entre todos los integrantes de la familia. Daniel se encontró de golpe con una pequeña fortuna en su poder, y casi sin pensarlo, sacó un pasaje en un vapor con destino a Génova. Una vez allá, buscó a un renombrado escultor y le pidió que en base a una foto suya en la que aparecía con el plumero y los demás enceres de trabajo, le hiciera una estatua de tamaño natural. Cumplida esa misión se volvió con la estatua en el mismo vapor.

Una vez de vuelta en la Recoleta, gastó sus últimos pesos de lo que le había tocado en comprar el terrenito y hacerse su propia bóveda. Finalmente, un día de 1910 se encontró con que la bóveda estaba lista, con su estatua y una frase en la base: “Fue cuidador del cementerio desde 1881 hasta 1910”. Lo único que faltaba era quien habitara esa pequeña pero hermosa sepultura y al verla terminada y leer esa frase, no quiso contrariarla, por lo cual se suicidó para estrenarla. Tenía 40 años.

“Es realmente una historia que muestra cómo un hombre luchó por concretar su sueño (un sueño eterno) y cómo dicho sueño eternizó por siempre a David como uno de los personajes más queridos del cementerio”, dice Susana Espósito, encargada de guiar a la cada vez mayor cantidad de visitantes del cementerio.

Susana cuenta que “cada vez más gente se interesa en visitar el cementerio, y es gente muy variada, joven, adulta, extranjeros y del interior del país”. Los precios rondan los cinco pesos por una visita de dos horas.

“¿Qué otra historia atrayente hay? –piensa–  La de un matrimonio que se llevaba muy mal, se peleaban siempre. Cuando murió el marido, su esposa lo enterró en el mausoleo de la familia y le hizo hacer una estatua. Con el tiempo, la mujer enfermó muy gravemente. Presintiendo que su hora se aproximaba, pidió que su estatua en el mausoleo estuviera de espaldas a la de su marido, porque después de muerta seguiría enojada con él”. Y así están para la eternidad, los dos dándose la espalda.

El otro lugar de especial interés en La Recoleta, es el cenotafio de los tres amigos, uno de los monumentos más bellos arquitectónicamente hablando. Consta de una base, una pirámide y un ángel alado en su cenit. En cada lado de la pirámide hay un medallón de bronce con la cara de los tres amigos: Benigno Baldomero Lugones, Adolfo Mitre y Alberto Navarro Viola.

Los tres amigos, jóvenes de la alta sociedad porteña del siglo XIX, quisieron dejar constancia de esa unión para la posteridad y mandaron construir el monumento, que habían pensado emplazar en algún lugar de la pujante ciudad de Buenos Aires. Pero las autoridades municipales no lo permitieron, por lo que la única solución que encontraron los tres amigos fue emplazarlo en el cementerio. Pero un monumento en un cementerio y fuera de una tumba, se llama cenotafio.

Lo más curioso del caso fue que durante ese año de 1885 murieron los tres, por causas sorpresivas.

 

Los códigos del arte necrológico

 

El huso y las tijeras: simboliza el hilo de la vida que se puede cortar en cualquier momento.

La cruz y la letra P: la paz de Cristo en los cementerios

La corona: voto de recuerdo permanente

La esfera y alas: el proceso de la vida y de la muerte que gira incesantemente como la esfera.

Cruz y corona: muerte y recuerdo.

Abeja: símbolo de laboriosidad.

La Serpiente mordiéndose la cola: el principio y el fin

Manto sobre una urna: abandono y muerte

Antorchas con llamas hacia abajo: la muerte

Antorchas con llamas apagadas: la vida que se extingue.

Búho: vigila atentamente y según algunas creencias, anuncia la muerte.

Reloj de agua o Clepsidra: el transcurrir del tiempo, el paso de la vida.

Alfa y omega: el principio y el fin.

Los ángeles son los intermediarios entre lo terrenal y lo celestial.

Espada con el filo hacia abajo: una espada que ya no luchará.

La palma: el martirio

El olivo: la paz

El roble: el valor militar.

Los laureles: la gloria. 

 

 

2 Respuestas para “La última estación”

  1. María Ester dice:

    Hemos tenido el placer de conocer al escritor,quien nos habló de las curiosidades que rodean el tema de la muerte,Fué ameno, un intercanbio de confidencias entre el historiador y los testigos de duelos y recuerdos de los que ya cruzaron el umbral ineludible

  2. Martin Fogolini dice:

    el Loco Fierro murio en el `91. otra cosa no era jefe sino lider de la hinchada de Gimnasia. muy bueno encontrar que lo hayas nombrado por aca. saludos

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Mariano Saravia