En el gol de cabeza de Gabriel Heinze, el grito sonó hueco en Vilnius, esta ciudad báltica donde oscurece a las 11 de la noche y amanece a las tres de la mañana. Ver el primer partido de la selección en el mundial 2010 en Lituania, es una experiencia interesante, con un grupo de argentinos, un grupito mejor dicho, tres para ser más exactos, más un uruguayo y un lituano que habla castellano.
En el centro histórico de esta coqueta ciudad nórdica, un viejo castillo convertido en restobar nos alberga y en el patio han instalado una pantalla gigante para la ocasión.
Termina el partido y Federico, uno de los argentinos, empieza a cantar tangos y boleros. Pero inmediatamente, un grupo de unos 20 jubilados suizos pide a la moza que no quieren música. Y que pagarán más si es necesario para que no haya música, a pesar de que Federico y el guitarrista lituano han sido contratados por el local y otros parroquianos han ido también para escucharlo.
Entonces, el lituano que habla castellano se queja a la moza y comenta que en Lituania, antes de la Segunda Guerra Mundial, más de un tercio de la población era judía. De hecho, a Vilnius la llamaban la Jerusalén del Báltico. Y los nazis, durante la ocupación, entre 1941 y 1944, la exterminaron totalmente, al punto que hoy ya no existe más. Pero además, les robaron a los judíos los elementos de valor, sobre todo las pertenencias de oro. Y adonde fueron a parar? A los bancos de Suiza. Ese país que tan buena prensa tiene, que aún conserva la fama de país neutral pero que vivió y vive del dinero mal habido de todos los que alrededor del mundo hacen las barbaridades que un suizo sería incapaz de hacer.
A otra escala, lo mismo que sucede con el Uruguay, que también mantiene el secreto bancario y acepta la plata de los argentinos, “todos choros, del primero al último”, al decir del ex presidente oriental Jorge Batlle. Hoy, Uruguay se asocia con otro país supuestamente pulcro y de buena prensa: Finlandia, a través de la papelera Botnia, y hacen en estas latitudes australes lo que no harían en las boreales.
En el mundo hay muchos dobles discursos y muchas máscaras, que a veces se caen y otras veces hay que hacer caer. Los lituanos, que tienen una historia plagada de atropellos, lo saben mejor que ninguno.
Cuando no tenían que defenderse de la prepotencia de los suecos, tenía que ser de la crueldad de los alemanes, o del paternalismo de los polacos, o del avasallamiento de los rusos.
Su relación con los rusos, esa es otra historia. Ellos hablan directamente de un genocidio, y me preguntan cómo hemos trabajado en Argentina lo del terrorismo de Estado de los años 70, porque aquí están recién empezando a desempolvar la historia.
En setiembre de 1939, el acuerdo secreto soviético-alemán firmado entre los respectivos ministros de Relaciones Exteriores Molotov-Ribentrop, dejó a Lituania dentro de la esfera de influencia de la URSS, al igual que Letonia, Estonia y Finlandia, mientras que se dividían Polonia y el Tercer Reich se quedaba con Checoslovaquia y Austria. En octubre de 1940 el Ejército soviético ocupó Lituania; e inmediatamente varios líderes políticos locales fueron detenidos y deportados, mientras otros huyeron hacia Europa occidental. Entonces Lituania fue incorporada a la Unión Soviética como Republica Socialista Soviética de Lituania.
Pero después de que Hitler rompió el pacto con la URSS, en 1941 Alemania reagrupó a los estados bálticos y Belarrusia en la provincia de Ostland.
Entre 1941 y 1944, 190 mil judíos fueron enviados a campos de concentración. Cien mil residentes de Vilna fueron asesinados y se perdió uno de los centros hebraicos más importantes del mundo.
Luego Vilna fue reconquistada por el Ejército Rojo en 1944 y Lituania volvió a quedar bajo ocupación soviética. Con lo justo, unos 20 mil lituanos llegaron a refugiarse en Europa occidental y se inició un período de sovietización y deportaciones en masa hacia Siberia.
Pero en total, los lituanos hablan de 100 mil personas depuradas por el régimen soviético, más 60 mil estonios y 30 mil letones.
Recorrer las cárceles y campos de concentración de la KGB es terrible, y si bien nada se puede asemejar a Auschwitz o Treblinka, tampoco hay explicación posible a las transpolaciones de sociedades enteras (incluidos niños, mujeres y ancianos) a lugares tan alejados como Siberia, o las torturas o los fusilamientos en masa.
Si se trabaja en derechos humanos, hay que tener conciencia de la universalidad de los derechos humanos, que concierne a todos los hombres, y que no importa el signo político bajo el cual se violen.
De hecho, cuando en diciembre de 1948, Rafael Lemkin consiguió que se votara la Convención para la Sanción y Prevención del Delito de Genocidio, tuvo que resignarse a que, por presiones de la Unión Soviética, fueran especialmente excluidos los motivos políticos, ya que temían que se incluyeran las purgas stalinistas, entre ellas las de lituanos.
Un país tan chico (65 mil kilómetros cuadrados, más chico que la provincia de San Luis, y tres millones y medio de habitantes) con tantos dramas y dos genocidios encima (el de los judíos y el de los partisanos antistanilistas), y lo peor de todo, desconocidos.
Inevitable relacionar con los casos olvidados, escondidos o ninguneados de la Argentina. Los que quedan todavía por resolver en cuanto a memoria, verdad y justicia: el de los negros, el de los mapuches, el de los tobas y mocovies en el Impenetrable chaqueño, la Semana Trágica, la Patagonia Trágica, la Forestal, Napalpi (en los gobiernos de Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear) el de los pilagas en Rincón Bomba (1947), y el del bombardeo de la Plaza de Mayo (1955).
Cuando me preguntan los lituanos sobre cómo se está trabajando en Argentina con respecto a los sitios de memoria del terrorismo de Estado de la última dictadura militar, les cuento lo bueno que se ha hecho en los últimos años. Pero no puedo dejar de pensar en la lección que me llevo de que no se pueden ocultar los delitos de lesa humanidad, ni por intereses políticos ni de otro tipo.
La mentira es frecuentemente el segundo asesinato de las víctimas. Este domingo 20 se realizan elecciones en Polonia porque el pasado 10 de abril murió el presidente Lech Kaczynski en un accidente de aviación, cuando iba a Katyn, un bosque de Rusia, adonde por primera vez rendiría homenaje a los casi 25 mil soldados polacos fusilados por el Ejército Rojo. Durante años, la URSS mintió al respecto, echándole la culpa a los nazis.
Aunque se esconda la verdad, vuelve a flote como un corcho que se intenta hundir. Y pienso entonces que llegara el día en que no tengamos más calles, ni plazas, ni pueblos que se llamen Julio A. Roca. En honor a Osvaldo Bayer.


