Abraham Kapitza – Tikutin
Acababa yo de cumplir 13 años y convertirme en “Bar-Mitzva” cuando comenzó la Guerra. Tal como el resto de los miembros de Ia Kehila que no podían imaginar lo que el destino les deparaba, así tampoco mi padre, que acababa de introducirme en el cumplimiento de las mitzvot —preceptos- y con mucha emoción me había bendecido.
No podía ni tan remotamente prever que un terrible castigo y una desgracia tremenda, diferente a todo lo conocido, caería sobre él y el resto de sus hermanos miembros de la comunidad de Tikutin.
Al final del mes de Junio de 1941, llegaron a Tikutin un grupo pequeño de Soldados Alemanes que se establecieron en el edificio municipal. Nosotros estábamos aterrados, pero la vida continuaba normalmente, aunque sólo en apariencias, ni siquiera fuimos obligados a usar la estrella amarilla. La incertidumbre y las dudas respecto del porvenir, se apoderaron del corazón de cada judío.
Aquellos que estaban allegados a los rusos huyeron. Yan Pibok, el intendente antisemita de Tikutin, envió listas a los alemanes, con los nombres de los judíos colaboradores de los soviéticos.
El hijo del carnicero Vietek Katchinsky hizo correr el rumor de que todos los judíos fueron colaboradores de los soviéticos. El ambiente de la aldea cambió y el antisemitismo pasivo se convirtió en activo.
En la calle nos gritaban: « Ustedes se lo merecen »
Toda oportunidad era buena para humillar a los judíos. Nuestros bienes se convirtieron en bienes públicos, nuestros negocios fueron asaltados, nuestras casas saqueadas, y las deudas nunca fueron saldadas.
Se prohibió toda relación entre judíos y no judíos, e incluso suministrar medicinas a niños judíos estaba prohibido. La maldad levantó su horrible cabeza.
Hubo un caso particular que causó sensación y temor en nuestros corazones: La familia Osopovich fue asesinada en una noche, hombres, mujeres, ancianos y niños. 20 miembros de la familia fueron degollados en una noche, por parte de gentiles (no judíos) que tenían una deuda económica con la familia y rehusaron pagar.
Los alemanes no intervinieron y de ese modo nuestra sangre quedó a la gracia de los pobladores de la aldea. La sangre de los judíos de Tikutin fue licenciada.
Yo recuerdo el entierro de la familia Osopovich, como si fuese ayer. Tenía yo cerca de 13 años.
Lunes 25 de Agosto de 1941
Al amanecer del día lunes 25 de Agosto, a las seis de la mañana, poco antes de la hora señalada comenzaron a converger de todas las calles y callejuelas y se reunieron en la plaza del mercado. La plaza estaba abarrotada de gente. Todos estaban agrupados en familias. La sensación en el ambiente era de una tragedia próxima a venir. La gente estaba desesperada y aterrada
Muchos vestían sus mejores ropas de invierno y llevaban consigo pequeñas viandas, porque en el interín comenzó a correr el rumor de que iban a transportar a todos los judíos al ghetto de una ciudad próxima.
Muchos comenzaron a agruparse y cada uno daba su opinión sobre lo que acontecería. El corazón auguraba malos presagios…
Corrían rumores sobre ciertas fosas que estaban siendo cavadas en el bosque de Lupojova, pero según decían eran parte de objetivos estratégicos militares de los alemanes. Esta explicación sirvió para calmar los ánimos y fue aceptada por la mayoría.
Pasaban los minutos, un cuarto de hora, media hora y los alemanes (que su puntualidad es conocida) no llegaban.
Estábamos parados en la plaza esperando la llegada de los alemanes, cuando mi padre me ordenó volver a casa para cuidar nuestros bienes de los vecinos.
No sé qué impulsó a mi padre a enviarme a la casa. Probablemente el temor de que nuestra casa sea saqueada por los gentiles.
Al principio rehusé. No quise dejar a la familia. El ambiente de pánico influyó en mí.
Papá insistió: « Abraham » me ordenó, « Tenés que volver a la casa y a cuidarla, para que tengamos adónde volver ».
Por qué a mí? Por qué no le pidió a mi hermano mayor Israel? hasta el día de hoy no tengo respuesta.
Yo insistí en mi negación de volver solo a casa, pero dado que mi amigo Moshe Kafka, de mi misma edad, intervino en la conversación: “vamos Abraham, vamos los dos juntos”. El retorno a mi casa con un amigo, me parecía menos amenazante y menos peligroso. Esta sería la primera vez que un amigo me sirve de ancla de salvación.
Moshe y yo comenzamos a caminar a nuestra casa. No pasaron más de 100 metros cuando oímos ruidos de camiones. La visión fue escalofriante, decenas de carros y camiones y decenas de soldados armados rodeaban la plaza del mercado. Sólo la vista en contraposición de los soldados armados frente a los miles de judíos con sus ancianos y bebés desarmados, nos dieron a entender que una desgracia se acercaba.
Nos escondimos detrás de unos arbustos. Nuestros corazones latían con rapidez, comprendimos que todo nuestro mundo estaba en peligro, queríamos estar con nuestras familias, pero el instinto de sobrevivencia era mayor.
Un gran grupo de gente caminando hacia la salida de la aldea, un rumor que se alejaba y una melodía que se fue apagando. Fue esa nuestra despedida de nuestros seres queridos, nunca más los volvimos a ver.
Quedamos escondidos hasta el anochecer. Un grupo de gendarmes polacos vinieron a nuestra casa a llevarse el ganado. Un vecino se llevó el caballo. La otra vecina que trabajaba en los servicios domésticos de la casa, estaba ordeñando a nuestra vaca, la mire fijo a los ojos, y ella me respondió alzando los hombros, como queriendo decir: « Así es la vida ».
La última visión de la comunidad judía de Tikutin
« A la cabeza fueron los músicos y los Kleizmers, Daniel el sastre, Shmuel Sokolovich y el padre de mi amigo Moshe Kafka. Los hombres iban adelante muy bien custodiados, camino a Zavad (la aldea cercana) al sonido de la música del Hatikva. Las mujeres y los niños fueron conducidos en camiones a Zavad, distante 7 Kms. De Tikutin».
Al anochecer descubrimos que no fuimos los únicos en desacatar las ordenes de los alemanes. Nos reunimos en una casa pero estábamos desconsolados y sin saber qué hacer, incluso Shmuel el matarife, que es considerado en la aldea muy inteligente, no sabía qué responder.
Sólo hablamos de nuestra desilusión de nuestros vecinos polacos
Me quedé muy triste pensando en mi familia. Cambié los pensamientos y me puse a soñar con nuestros animales – las vacas y el caballo. Comprendí que el robo de los animales no sería el peor golpe, y que los judíos de Tikutin no volverían.
Sin embargo la ilusión era necesaria para sobrevivir. Me acerqué a un gendarme polaco y le pregunté qué pasaría con nosotros? Él me contestó: « Recogerán a los judíos y los enviarán al Ghetto de Sokola, te conviene reunirte con los demás en la mañana en la plaza del mercado, a la tarde te unirás con tu familia ».
A la noche no pude dormir. Encontré a Brenda, la hija de otro vecino judío, era la hija de Ichek. Ella me susurró: «no voy a entregarme a los alemanes; es conveniente escapar de la aldea, de repente nos da buena suerte ».
Desperté a mi amigo Moshe y le avisé que decidí irme con Brenda, él apoyó la decisión de inmediato y se unió, ahora éramos ya tres.
Nos escapamos en dirección al bosque de Lupojova, al cual conocíamos muy bien, puesto que solíamos ir a recoger frutas silvestres.
Nos sorprendió encontrar a otros jóvenes como nosotros en el bosque. Encontramos un escondite en el bosque. Estábamos aturdidos y hambrientos. De repente irrumpió el silencio del mediodía una ráfaga de disparos y unos gritos horribles. Los ruidos se calmaban y volvía a empezar cada 10 minutos.
Estábamos a una distancia de un kilometro aproximadamente de los ruidos de disparos. Nosotros estábamos escondidos mientras « El ángel de la muerte » estaba ocupado levantando su cosecha, compuesto de nuestros amigos y familiares.
Sin previo aviso, de repente, comprendimos lo que sucedía.
Otro joven se pasó el cinturón por el cuello e intentó suicidarse: «Yo no quiero vivir, quién quiere vivir así? mamá, papá, los han matado ».
Moshe también estaba en shock. A mí me cayeron fuerzas, como del cielo. « Vámonos » anuncié, « no nos podemos quedar ni un minuto más ».
Estábamos aturdidos y hambrientos y el frío nocturno nos acosaba, por lo que volvimos a la aldea.
Una aldea vacía nos recibió. Ya no había más judíos en Tikutin y sin ellos no había motivo para su existencia.
Encontré a un vecino adulto y le pregunté: «Qué pasó con los judíos?»
«Ustedes no saben? han vuelto del bosque, no?», “Acaso no escuchaste los disparos?” - lo dijo sin ocultarlo, sin ofrecer compasión o ayuda.
“Qué debemos hacer?” pregunté ; aún tratando de confiar en el buen consejo de un adulto. El respondió de inmediato: «Ven a mi casa a cambiarte tu buena ropa, no vale la pena morir con esa ropa, de todas maneras no las vas a necesitar más». Esta conversación quedó grabada para siempre en mi memoria.
Éste fue el momento en que fui expulsado para siempre del paraíso de mi infancia.
Comprendí que debía huir, escaparme y esconderme de quienes nos persiguen y que pasamos a ser víctimas de nuestros cazadores alemanes o polacos.
Cuando las campanas de la iglesia dieron las 12 a medianoche, desperté a mi amigo Moshe y salimos rumbo al puente sobre el río. Dado que el puente estaba custodiado, tomamos una de las barcas y cruzamos hacia la otra orilla. Mi intención era llegar a casa de mi abuela en Kinishin.
Epilogo (en el bosque Lupojova) - El fin de los Judios de Tikutin
En la mañana del 25 de Agosto de 1941, juntaron a los judíos de Tikutin en la plaza del mercado de la aldea. A las ocho de la mañana terminó el proceso de anotar a los asistentes en la plaza. Se formaron 3 grupos: Los dueños de negocios y profesionales, los niños y los ancianos. Todo ocurrió en un ambiente de terror, con gritos, perros y golpes.
Después aparecieron 7 camiones con personal de la Gestapo con máquinas de fuego.
La plaza fue cercada por ellos, los gendarmes polacos y los soldados alemanes.
Separaron a las mujeres, los ancianos y los niños de los hombres.
Los hombres fueron formados en filas de a cuatro. A la cabeza iban los más altos: Jachkel (el alto), Yaacov Joroshova y su suegro Moshe Guer. Detrás de ellos los músicos: Daniel Doitch el sastre y dueño de la trompeta, Shmelek Sokolovich con su tambor, y Eli Kavka el violinista.
Los oficiales de la Gestapo les obligaron a tocar el Hatikva y después los obligaron a tocar una canción alemana que decía: «cuando se derrama sangre judía, es símbolo del triunfo alemán »
La fila se alejó y podía verse desde lejos. De repente se oyó un disparo. El anciano Rabino Shmuel Bavetzki, que iba lento al final de la fila, fue disparado en la cabeza, como una señal para los demás.
Las mujeres y los niños fueron subidos a los camiones.
Los judíos fueron aprisionados en la escuela de la aldea Zaved. Les informaron que serían conducidos al Gheto de Charboni. Cada 10 minutos llegaba un camión que era cargada con judíos y conducida al bosque de Lupojova. Los camiones descargaban a los judíos en el bosque cerca de los dos pozos. Dos pozos de 12 metros de largo, cuatro metros de ancho y cinco metros de profundidad. El tercer pozo era más pequeño.
En estos pozos fueron echados los judíos aun vivos. Los alemanes al margen del pozo, disparaban hasta que no quedase nadie vivo. Cada 10 minutos se repetía el mismo proceso. No había escapatoria.
Al fin del día, cuando el sol se ocultó, fueron acribillados cerca de 1.700 judíos. A la noche los pozos fueron tapados con arena y cal por aldeanos polacos. Los alemanes controlaban el trabajo tratando de no dejar huellas.
Muchas horas después de que los pozos fueron tapados, aun se movía la tierra y de sus entrañas aún se oían gritos desesperados.
Esa noche los polacos de la aldea organizaron un banquete con mucho alcohol para los alemanes. Al otro día, los gendarmes polacos pasaban de puerta en puerta por las casas de los judíos y recogieron a aquellos judíos que quedaban escondidos. Los subieron a camiones y fueron conducidos al bosque Lupojova.
El 26 de Agosto de 1941, a las dos de la tarde terminó la operación. Los tres pozos se llenaron y Tikutin se quedó sin más judíos.
De Tikutin se salvaron cerca de 150 sobrevivientes. La mayoría murió más tarde a manos de los gendarmes polacos y fueron sepultados en el tercero de los pozos en el boque Lupojova.


