Kadish en el tren – Noaj Kliguer

Publicado por admin el Jul 8th, 2010 bajo la Categoria Derechos Humanos. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

Material recopilado y suministrado por Mario Sinay, director del departamento de habla hispana de la Escuela Internacional de Estudios del Museo del Holocausto de Jerusalén.

 

 

En la mañana del cuarto día de nuestra marcha, llegamos a la estación de tren de Glybich. La estación es pequeña y humeante, de una ciudad sucia y fea. La fila de los prisioneros en que fui conducido desde que dejamos Auschwitz fue conducida a uno de los andenes. Pasó una hora y otra, hasta que un tren de carga, con diez vagones descubiertos, entró en la estación.

“Abran las puertas y suban a los vagones” nos gritaban los guardias, “Rápido, más rápido” nos gritaban y golpeaban.

Los vagones se llenaron rápidamente. Aún así, seguían empujando más prisioneros.

“150 por vagón” dictaminó el comandante, y se cumplió la orden. Entraron 150 prisioneros en cada vagón, que según la inscripción, estaba destinado a 8 caballos o 40 pasajeros. Cuando se llenaron todos los vagones, se cerraron las pesadas puertas y el tren comenzó su marcha.

No hay ninguna posibilidad de explicar la sensación de asfixia dentro del vagón.

En poco tiempo, pasó el vagón a ser un lugar de lucha por la subsistencia, en el cual todos luchaban contra todos. Lo importante era no caer, pues aquellos que cayeron, normalmente no lograron volver a ponerse de pie. Eran demasiado débiles para pararse y fueron pisoteados por los demás hasta morir.

Perdimos toda noción del tiempo y lugar. No sé cuánto tiempo paso desde que el tren paró. La parada no era señal del fin de nuestro viaje. Fue solo una parada para quitar los cadáveres del vagón y traspasarlos a otro vagón.

Dos veces más paró el tren en nuestro viaje. Esta vez, el hacinamiento era más leve. Incluso era posible sentarte sin peligro de ser aplastado por los demás. Pero no te sentabas en el piso, sino sobre cadáveres cubiertos con frazadas.

img_0666En algún momento, cuando estábamos sentados descansando, se dirigió a nosotros en Yidish, un prisionero muy joven, de origen Húngaro, y nos imploro: “Hermanos Judíos, juntense a mí para decir Kadish, en recuerdo a mi padre”.

Para convencernos, sacó de entre sus ropas, media hogaza de pan, y dijo: “Compartiré con ustedes esta hogaza de pan”.

Solo de ver la hogaza de pan negro y húmedo, nos parecía un sueño hecho realidad, parecía la salvación de no morir de hambre, después de tantos días sin probar bocado alguno, con excepción de trozos de nieve, que cogimos mientras transportamos los cadáveres.

Aceptamos copiosamente unirnos al rezo, solo pedimos hacerlo sentados, ya que no teníamos fuerza de hacerlo a pie. El aceptó, y mientras nosotros estábamos sentados sobre los cadáveres, rezamos el Kadish en recuerdo a su padre. Terminado el rezo, después compartimos la hogaza de pan, empezamos a devorarla ferozmente.

Mientras masticaba mi pedazo de pan, le pregunte: “Cuando murió tu padre?”

El joven húngaro me miró a los ojos, su vista se humedeció y me respondió: “Hace muy poco tiempo”. Después de unos momentos agregó: “Estamos sentados sobre él”.

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Mariano Saravia