Humanizar al genocida

Publicado por admin el Abr 26th, 2009 bajo la Categoria Derechos Humanos. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

Con el título pretendo provocar, principalmente provocar reacciones que den lugar a pensamiento y por qué no a discusiones. Romper con algunas seguridades que no ayudan a avanzar en el tema, mover el piso y las estanterías, terminar con mitos tranquilizadores. Por ejemplo, con el lugar común de que el genocida es “un monstruo”, “un animal”, un ser “inhumano”. Estas ideas muchas veces nos tranquilizan la conciencia, pero por un lado son erróneas y por otro lado no ayudan a la reflección y menos a la lucha por evitar nuevos genocidios.

Claro, es mucho más difícil reconocer que el genocida es un ser humano como nosotros, que por motivos sociales, políticos, económicos y muchos otros más, llega al extremo de maldad al que llega. Lo terrible es reconocernos parte de una especie que puede llegar al extremo de cometer un genocidio, o reconocer al genocida como parte de nuestra misma especie, que es lo mismo.

Pero es mucho más real y útil para el estudio del genocidio como método social, estudio al que han aportado tantos estudiosos, desde la alemana-estadounidense Hannah Harent hasta el argentino Daniel Feierstein.

¿Cómo se puede explicar que un policía o un militar común y corriente de la Córdoba de principios de los años ’70, luego de 1976 se transformara en un secuestrador, torturador, asesino y desaparecedor?

Lo mismo cabe para los turcos. Todos leímos que durante siglos, armenios y turcos convivieron con relativa tranquilidad en el seno del Imperio Otomano. ¿Qué pasó en el medio para que esos mismos turcos o sus descendientes creyeran que está bien exterminar a un millón y medio de personas?

Pasaron muchas cosas que sería muy largo de enumerar, pero básicamente el Imperio entró en decadencia, fue perdiendo sus territorios europeos y africanos, y miró hacia Oriente con un proyecto panturánico. Motivo geopolítico. Los sultanes y luego los dirigentes del Partido de los Jóvenes Turcos buscaron exacerbar el nacionalismo turco exponiendo un chivo expiatorio, el pueblo armenio. Les sirvió para salvarse a sí mismos, echándoles la culpa de todos los males de la sociedad a los armenios, lo mismo que harían más tarde los nazis con los judíos. Motivo social. Y de paso, pusieron las garras en los bienes de los armenios para financiar sus guerras y su corrupción, como también harían luego Hitler con el oro nazi depositado en bancos suizos o los dictadores argentinos con el botín de guerra de los desaparecidos. Motivo económico.

Es decir, motivos hay, siempre los hay (obviamente no justificables) para poner en marcha una maquinaria de exterminio al servicio de una solución final. Y si no, pregúntenle a los pueblos originarios, víctimas sistemáticas del genocidio, principalmente a los mapuches, que sufrieron la rapiña de Julio Argentino Roca y la oligarquía que lo abrazaba en momentos de la formación del Estado moderno argentino.

En definitiva, el genocida es humano y su víctima es toda la humanidad, incluso él mismo, que con sus acciones se rebaja y denigra a sí mismo. Este concepto de la humanidad toda como víctima es importante para entender el por qué hablamos de delitos contra la humanidad.

Incluso, es interesante pensar que el mismo grupo humano puede llegar a ser víctima y victimario en distintos momentos y circunstancias. Como por ejemplo los hutus, que sufrieron grandes matanzas por parte de los tutsis y en 1994 se cobraron con un genocidio que dio por resultado más de 800 mil tutsis masacrados.

O los judíos, que salvando las distancias y las diferencias técnicas y científicas, fueron víctimas de un genocidio en la Segunda Guerra Mundial y hoy avalan otro tipo de violaciones a los derechos humanos contra la población palestina.

Ahora bien, el ser humano puede llegar a lo peor (el genocidio) o a lo mejor. El ser humano también puede superarse, evolucionar, buscar la verdad, la justicia, la concordia, el entendimiento y hasta el amor.

Y sobre todo, cada ser humano es distinto. Hay casos en Argentina de hijos o descendientes de genocidas que no lo son y que no comparten los argumentos justificatorios o negacionistas de sus padres. Un ejemplo claro es la saga de los Lugones. El abuelo fue el más famoso, el poeta Leopoldo Lugones, que desde un pensamiento de izquierda y progresista, derivó hacia un nacionalismo de derecha. Lo sucedió su hijo Polo Lugones, jefe de la cruel policía de Uriburu y famoso torturador por ser el inventor de la picana eléctrica. Y luego vino Pirí Lugones, hija de Polo y nieta de Leopoldo, militante montonera y se presentaba como “la hija del torturador” y fue secuestrada en 1977 por un grupo de tareas de la Armada Argentina. Seguramente fue torturada con la picana eléctrica que inventó su padre antes de pasar a engrosar las filas de los desaparecidos.

Por eso, porque los hijos no son igual que sus padres ni los nietos igual que sus abuelos, es que existe la esperanza. Cada persona y cada sociedad pueden elegir distintos rumbos. El pueblo armenio eligió el camino de la memoria y la lucha por la verdad y la justicia, tanto en la madre patria cuanto en la diáspora.

Por otro lado, el pueblo turco, en estos 94 años ha elegido el camino contrario, el camino del negacionismo, el de la mentira, el engaño, la impunidad. No se puede culpar a todo el pueblo turco del genocidio ni del negacionismo, muchas personas deben haber sido víctimas de la desinformación o la manipulación de sus autoridades. Pero eso puede cambiar, porque todo puede cambiar. Hay que trabajar arduamente en el campo mediático dentro de Turquía para lograr que ese país (sucesor jurídico y político del Imperio Otomano) reconozca el Genocidio Armenio. No servirá de nada que se logre finalmente que con Barak Obama Estados Unidos finalmente reconozca el Genocidio Armenio, que lo reconozcan por detrás muchos otros Estados, si Turquía no lo reconoce. Por eso, más que nunca hay que intentar trabajar con la soiedad turca, con el turco de a pie, romper el cerco informativo y que conozca lo que pasó entre 1915 y 1923. Primero que lo conozcan y luego que lo reconozcan. De hecho, de a poco van surgiendo algunos académicos, intelectuales y periodistas turcos que se animan a hablar del Genocidio Armenio.

Cuando llegue ese día, las cosas cambiarán, se podrá encarar una nueva etapa, muchos familiares de las víctimas quizá puedan recuperar la historia, la memoria, y algunos por qué no hasta el cuerpo de sus antepasados. El dolor tendrá un paño de piedad.

Para los turcos también será una puerta que se abra a una verdadera democracia y a un mayor respeto hoy a los derechos humanos. Y entre ambos países podrá haber respeto y paz, si bien quizá no amistad y fraternidad.

Escrito para: Revista Hai

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Mariano Saravia