Volver a la Argentina y a Córdoba después de cada viaje resulta cada vez más reparador, sobre todo con las cosas que se ven por ahí. Cosas del pasado y también del presente que pueden hacer prever el futuro.
Luego de recorrer los horrores del pasado en Polonia y Lituania, resulta casi insultante ver cómo la vieja Europa sigue empantanada en su impotente racismo, contra sí misma en un mundo cada vez más multicultural a la fuerza.
El antisemitismo en Europa sigue siendo una constante, aunque parezca mentira. Y no sólo en países involucrados en el Holocausto más directamente, como Alemania, Polonia o Lituania, sino también en España, Francia e Italia, con gran tradición antisemita.
A esto se le suma nuevos fenómenos racistas, productos de nuevas inmigraciones: contra los turcos, contra los árabes, contra los negros, contra los latinoamericanos. Se siente en el aire y se escucha en cada conversación de la gente normal, además de las resoluciones de los gobiernos.
Con la crisis financiera se nota una exacerbación de los miedos y los prejuicios, en una combinación explosiva que hace recordar la situación derivada del crack de 1930. Y los primeros que pagan el pato son los extranjeros, seguidos por los trabajadores de los propios países. Esta semana en España el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero firmó el decreto de reforma laboral restringiendo los derechos, aumentando la edad jubilatoria y recortando sueldos estatales. En Italia, la Fiat (termómetro de la actividad económica) está inmersa en una férrea pulseada con los sindicatos por su intención también de limitar los derechos laborales, sobre todo los de protesta. Sin embargo, ni siquiera hay discusión en la sociedad civil, atrapada por el poder mediático, que en Italia, más que en ningún otro lugar del mundo, demostró y sigue demostrando que es el verdadero poder, llevando incluso a su símbolo Silvio Berlusconi al poder formal.
Ni soñar con una ley que democratice las comunicaciones, como la de Argentina, país por otro lado, que no está sufriendo la crisis ni por asomo de la forma en que se está sufriendo en el llamado “Primer Mundo”.
Llegando al aeropuerto de Ezeiza, y luego al Ambrosio Taravella, uno puede ratificar estas sensaciones, acompañadas por un sentimiento de alegría por la vuelta, valorando las cosas que reencontramos aquí.
Sin embargo, también a la vuelta, uno se encuentra con los discursos derrotistas y extranjerizantes. Una conductora de radio se queja de no se sabe qué del río Suquía, aprovechando para hacer leña del árbol caído y pegarle al intendente de Córdoba, Daniel Giacomino. La mujer, una experta en esto de la autoflagelación y de la obsecuencia casi obscena a lo de afuera, compara el Suquía con el Sena o el Tíber. Y en esa estupidez tan parecida a la Maldición de Malinche, dice que “habría que aprender de cómo los franceses o los italianos cuidan a los ríos de sus capitales”. Pero además de la falta de dignidad, la frase es básicamente inexacta. Bastaría solamente con que la pseudo periodista se diera una vueltita por el Trastevere (el barrio recostado sobre el río símbolo de la ciudad eterna) para que comprobara que por lo sucio y contaminado, ningún romano se animaría ni a meter un pie en el Tíber.
Para los defensores de esta corriente de pensamiento, existe un pensamiento mágico según sus convicciones extranjerizantes, y no hay lugar a la reflexión y menos a la explicación. Dicen que el nuestro es un problema “cultural”, pero lo caracterizan como si fuera biológico o natural. Si es un problema cultural, por definición se puede cambiar o resolver, basta tener la decisión para ello.
Y por supuesto, nada de todo esto es inocente. Pegarnos a nosotros mismos es pegarle al gobierno nacional, con el cual estos pseudo periodistas y los grupos para los que trabajan están acérrimamente enfrentados. De los dueños de los grupos se puede entender, porque se les están afectando sus negocios y negociados. Pero sus trabajadores, es bastante más inesperado y otra vez, indigno. Responden como si fueran la patronal cuando siguen siendo trabajadores, aunque no les guste. Son trabajadores desclasados por tanto, ya que no tienen conciencia de pertenecer a la clase trabajadora. Por ganar algunos miles más que otros, por ser invitados a alguna cena con muchos cubiertos, se creen que pertenecen a un mundo al que no pertenecen. Y lo mismo que les pasa con su trabajo y su vida cotidiana, les pasa con su país y su identidad.
No es cierto que los argentinos no tengamos identidad, son este tipo de personas las que no tienen identidad, pero este tipo de personas también existe en México, en Perú o en República Checa. Ni siquiera son muy originales. Y repiten frases hechas como “el problema de Argentina es que esté llena de argentinos”. Frases que se pueden escuchar de boca de gente más o menos igual en cualquier país del mundo, con sus variantes.
Pero una cosa es la Argentina virtual que nos venden algunos medios de comunicación, y otra es la Argentina real que todos los días vivimos, sufrimos y gozamos. La que pasa dificultades pero también la que se anima a soñar con un camino propio.
Hoy por hoy, da mucha alegría volver a esa Argentina, y no darle tanta importancia a la Argentina virtual de los medios.


