Fútbol y dictadura

Publicado por admin el May 24th, 2009 bajo la Categoria Politica Internacional. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

En la Argentina se está sustanciando en estos momentos el juicio contra el sacerdote católico Cristian Von Wernich, ex capellán de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, acusado de haber participado en la detención, tortura, muerte y desaparición de personas durante la última dictadura militar. Von Wernich actuó en aquellos negros años bajo la órbita de Ramón Camps, jefe de esa estructura policial, y Miguel Etchecolatz, entonces jefe de inteligencia policial. Justamente en el juicio contra Etchecolatz, fue clave el testimonio de una de sus víctimas, el militante social y político de los ’70 Jorge Julio López. Lamentablemente, López está cumpliendo por estos días 10 meses de desaparecido, lo que indica la persistencia, luego de 30 años, de estos métodos de terror.

En Argentina, vivimos con la pesada herencia de un terrorismo de Estado, fomentado por los Estados Unidos a través de la dictadura (como en otros países de América Latina). Más de 30 mil desaparecidos, miles de fusilados y otro tanto de exiliados políticos es el resultado de una dictadura sangrienta, y que dejó sus marcas no sólo en las víctimas y sus familiares, sino también en toda la sociedad. Hoy, el Estado está haciendo justicia. Luego de declarar la inconstitucionalidad de las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín y los indultos de Carlos Menem, se están reabriendo los juicios contra militares y policías responsables de los más aberrantes delitos de lesa humanidad.

Lo que hubo en la Argentina fue un genocidio con todas las letras, si seguimos a rajatablas la definición de la Convención de las Naciones Unidas para la prevención y sanción del delito de genocidio, del 9 de diciembre de 1948, que dice textualmente: “Incurre en el delito de genocidio todo aquel que planifique y lleve a cabo el exterminio de un grupo humano, ya sea por motivos religiosos, étnicos o raciales”. Luego se le agregó “motivos políticos”.

Lo primero que me llama la atención es la actitud hipócrita y desvergonzada de la Conferencia Episcopal Venezolana de llamar autoritario y hasta dictador al presidente Hugo Chávez. Creo que es legítimo estar en contra del gobierno, ser opositor, y hasta justificado cuando se defienden intereses de clase, como los que defiende la jerarquía eclesiástica, cuando ven restringidos sus privilegios históricos. Es normal que sangren por la herida cuando ven que un gobierno es revolucionario en el sentido en que lo era el propio Jesús, cuando ellos no lo han sido nunca. Pero de ahí a llamar dictadura a un gobierno que ha ganado ocho elecciones…

Sobre todo, me llama la atención viniendo de la Iglesia, que nunca levantó la voz contra las verdaderas dictaduras que asolaron América Latina. En Argentina, la cúpula no sólo fue cómplice del genocidio, como en el caso de Von Wernich, sino que también calló a la hora de defender a los propios mártires de la misma Iglesia, aquellos que sí entendieron el legado de Jesús. En mi país hay un obispo asesinado, un émulo de monseñor Romero. Era Enrique Angelelli, quien entendía su misión “con un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo”. Los esbirros de la dictadura también asesinaron a Carlos Mugica y a los cinco curas palotinos, entre otros muchos religiosos y laicos que enaltecieron a la Iglesia a costa de su propia vida.

 

El mundial

 

Para cometer ese genocidio que duró desde 1976 hasta 1983, y sobre todo para ocultarlo y disimularlo, la dictadura argentina se valió, entre otras cosas, del Mundial de fútbol de 1978. Mientras en el estadio de River Plate, 80 mil personas festejaban el título mundial, a 200 metros se torturaba y mataba en la famosa Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), hoy convertida en museo de la memoria.

Los jugadores de Holanda, el equipo rival de la final, con gran dignidad se negaron a recibir la medalla de plata de las manos ensangrentadas del dictador Jorge Rafael Videla. La cúpula militar contrarrestaba la información con una campaña de desinformación basada en eslóganes como: “Los argentinos somos derechos y humanos”, “La fiesta de todos” y “Argentinos a triunfar”.

Ante los corresponsales extranjeros que se animaban a preguntar lo que los periodistas argentinos no, Videla respondió cínicamente: “No me pregunten por los desaparecidos, porque no existen; no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos, entonces no me pregunten por algo que no existe”.

A distancia de casi 30 años, aquel mundial todavía tiene un sabor agridulce para los argentinos, fue la primera copa mundial ganada por un país donde el fútbol es casi una religión, pero por otro lado, hay conciencia de que ese mundial fue usado por la dictadura para ocultar el genocidio.

Otra de las gravísimas violaciones a los derechos humanos fue la apropiación de bebés nacidos en cautiverio, cuando sus madres presas en campos de concentración, luego de dar a luz, eran asesinadas o tiradas con vida al Río de la Plata en los célebres “vuelos de la muerte”.

A principios de julio, las Abuelas de Plaza de Mayo encontraron el bebé número 88, una mujer que hoy tiene 30 años y que vivió todo este tiempo con su historia y su identidad robada. Todavía faltan más de 300 bebés que hoy son jóvenes y adultos, pero las Madres y las Abuelas no se dan por vencidas y nos siguen dando lecciones de dignidad.

Es decir, las heridas son muy profundas y siguen sangrando, aunque el proceso de justicia es un bálsamo entre tanto dolor.

Por eso, fue intolerable para mí escuchar a los estudiantes venezolanos de la oposición cuando por televisión comparaban el mundial del 78 con la Copa América organizada este año por Venezuela.

Es realmente una afrenta, una falta total de respeto hacia las miles de víctimas argentinas del terrorismo de Estado, y finalmente, un insulto a la humanidad, si entendemos el verdadero sentido de los delitos contra la humanidad. Este niñito de papá que con tanta soltura habla de dictadura en Venezuela no tiene idea de lo que es una dictadura y le falta el respeto a los 30 mil desaparecidos, a los miles de fusilados, a los miles y miles de exiliados, muchos de los cuales fueron acojidos con amor en los ’70 por el pueblo venezolano.

Por último, es una falta de respeto hacia sí mismo y hacia el pueblo venezolano que está pagando sus estudios, ya que se trataba de un estudiante de una universidad pública. Lo menos que tiene que hacer ese estudiante es estudiar, ser serio, leer de historia, pensar e informarse antes de abrir la boca. Para eso la sociedad de Venezuela está sosteniendo sus estudios gratuitos.

Claman por libertad, cuando sus propias protestas están demostrando que lo que sobra en Venezuela en estos momentos es libertad. Usando sólo el sentido común, se puede inferir que si no hubiera libertad, yo no hubiera visto por televisión las barbaridades que decía este muchachito, con responsabilidad compartida por el canal que retransmitía semejantes estupideces.

En Argentina, cuando faltaba libertad, por muchísimo menos que eso, los estudiantes eran desaparecidos, una categoría inventada por los militares de entonces que llegaba al extremo no sólo de negar la vida sino también de negar la muerte. Los familiares de miles y miles de estudiantes que militaban o luchaban por un mundo mejor, hoy no tienen ni siquiera una tumba para llevarles una flor. Eso es lo que pasa cuando no hay libertad y cuando hay una dictadura, señorito.

Es realmente una vergüenza que usted llame dictadura a un proceso que lo único que está haciendo es poner límites al expolio histórico que los de su clase impusieron al pueblo venezolano. Es una vergüenza que usted se queje de falta de libertad cuando lo único que se está haciendo es contrarrestar con información la desinformación histórica de los dueños de los grandes medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales.

Como argentino, usted me ha faltado el respeto, y por suerte ni siquiera recuerdo su nombre, no vale la pena. El mío está al pie de este artículo y también mi mail por si quiere confrontar, pero lo dudo por la cobardía que están demostrando desde el fallido golpe de 2002.

Lo último que quiero decirle, es que la Copa América organizada por la República Bolivariana de Venezuela, fue un éxito y una de las mejores que he visto. Viajo siempre con la selección argentina porque soy un fanático del fútbol. Estuve en las Copas América de Uruguay ’95, Paraguay ’99 y Perú 2004, y en los mundiales de Italia ’90 y Francia ’98. Y nunca ví tanta pasión combinada con tanto orden y comportamiento del público. Lo único que hubiera faltado para mi gusto, es que Argentina hubiera ganado a Brasil la final de Maracaibo, pero ese es otro tema.

En mi caso, el fútbol sirvió nuevamente para conocer un país, una cultura, un pueblo. Y en este caso me vuelvo a mi país con el espíritu renovado por haber visto de cerca un pueblo que está decidiendo y construyendo su futuro. Y eso no sucede cuando hay dictadura y falta de libertad. A no confundirse.

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Mariano Saravia