En Cracovia como en Córdoba

Publicado por admin el Jun 7th, 2010 bajo la Categoria Derechos Humanos, Destacadas. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

Cracovia es una ciudad hermosa, la más turística de Polonia, patrimonio cultural de la Humanidad. Pero pocos visitantes hacen los 60 kilómetros que la separan del complejo Auschwitz-Birkenau, quizá el mayor símbolo del Holocausto, perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial por el nazismo contra los judíos, pero también contra los gitanos, homosexuales, polacos y comunistas, entre otros.

Algo parecido pasa con los turistas que pasan una y otra vez por la autopista que une Córdoba con Villa Carlos Paz. El apuro por llegar a las sierras, al casino o a los teatros de revista no los deja detenerse en La Perla, que está a mitad de camino y que es el símbolo de nuestro genocidio, el perpetrado por los militares de Menéndez contra su propio pueblo pero instigado y apoyado por los poderes civiles, principalmente económicos de la ciudad mediterránea.

La Perla es nuestro Auschwitz. Una vez, Teodoro Adorno, filósofo de la Escuela de Frankfurt, dijo que “después de Auschwitz es imposible la poesía”. Y lo mismo se puede decir de La Perla. Si Auschwitz fue un click en la historia de la civilización mundial, La Perla lo fue en su medida para nuestra historia y nuestra vida. Pinta tu aldea y pintarás el mundo.

Auschwitz era una fábrica de tabaco antes de la Primera Guerra Mundial, luego fue un cuartel del ejército polaco y a partir de 1940 se transformó en un campo nazi para albergar a unos 10 mil prisioneros, sobre todo eslavos (polacos y soviéticos). Pero por orden de Himmler se lo llevó a albergar a 30 mil prisioneros, y entre mediados de 1943 y fines de 1944 estuvo al servicio de la llamada “Solución final”. En ese lapso de tiempo esta verdadera fábrica de la muerte se engulló 1.100.000 vidas humanas.

Por La Perla, en tanto, pasaron unos dos mil militantes políticos, sindicales, sociales, etc, y la mayoría terminó desaparecida.

Hay varios puntos en común a pesar de las diferentes dimensiones de ambas tragedias humanas. Claro, también hay muchas diferencias. Pero es siempre bueno comparar y relacionar, sobre todo para tomar conciencia de que estos crímenes de terrorismo de Estado no fueron sólo contra judíos o contra “zurditos”, sino contra toda la Humanidad.

Por empezar, en ambos casos se trata de lo que ambos gobiernos genocidas consideraban una amenaza interna, y de ahí la intención de exterminio.

De los seis millones de judíos que asesinó la barbarie nazi, alrededor de cuatro millones fueron asesinados en Polonia. Por eso, pisar este país es como estar sobre un enorme cementerio, aunque se esté en la bella Cracovia y no se quiera visitar Auschwitz. Es como el Río de la Plata o el dique San Roque. Cuando la gente hace windsurf o esquí acuático, no quiere saber qué hay debajo.

Es la indiferencia de hoy y de ayer, la que permitió la perpetración del genocidio y hoy sigue permitiendo distintos grados de impunidad.

En cualquier genocidio hay distintos actores que se repiten: el perpetrador (principal responsable sin lugar a dudas), el colaboracionista, el observador indiferente y la víctima.

¿Del perpetrador y del colaboracionista qué se puede decir que no se haya dicho ya? Pero una figura clave en cualquier genocidio es el que mira para otro lado o se hace el que no ve, el observador que con su indiferencia también permite que se perpetre el genocidio. ¿Es posible que en Cracovia o en los pueblos más cercanos no se supiera de la existencia de un enorme campo al que llegaban por día trenes con atestados de judíos en un viaje de ida? ¿Como de la misma forma, es posible que la gente que pasaba habitualmente por el pasaje Santa Catalina no supiera que en el D2 algo raro pasaba, y que allí no llegaban trenes pero sí Falcon verdes?

Cuando llegaban los trenes abarrotados con unas 400 personas por vagón, entraban a Birkenau y un médico nazi (muchas veces el propio Joseph Mengele) hacía una selección de acuerdo a sus aptitudes para el trabajo. Mujeres, hombres enfermos, ancianos y niños iban a la izquierda, y de ahí a la cámara de gas donde morían en 15 minutos, atocigándose entre ellos y arañando las paredes, mudas testigos hoy de esos minutos de desesperación. Hombres sanos iban a la derecha y eran usados como mano de obra esclava para fábricas alemanas que se habían instalado en Polonia justamente por ese motivo, como la Siemens, la Volkswagen, la Bayer y la Siemens.

En La Perla o el D2, las torturas físicas o psíquicas tenían como objetivo principal obtener información y, secundario, aterrorizar a la población. En el caso alemán, la única intención era eliminar por completo al pueblo judío.

En Auschwitz-Birkenau hay cuatro complejos crematorios, que cada uno tiene cámaras de gas y hornos, para completar la tarea de transformar a un ser humano que entraba por un lado en un montículo de cenizas que se sacaba por el otro lado y se juntaba para esparcirla en el río Vístula que pasa a 500 metros. Así, desaparecieron miles y miles.

En la Argentina también hacían desaparecer personas, en el Río de la Plata o en el dique de Carlos Paz.

Y el sadismo también estaba a la orden del día. En la que fue llamada “la residencia de la muerte”, está todavía el pabellón 10. Pero a diferencia de los otros, no se puede entrar y sus ventanas están selladas porque se dice que el ojo humano no debe ver las evidencias de lo que ahí sucedía. Era el lugar de trabajo del doctor Mengele, que experimentaba con gemelos, con enanos y con gente común. Por ejemplo, metía a un hombre en una pileta con barras de hielo y ahí lo dejaba hasta su muerte, para ver cuánto tiempo podría sobrevivir un piloto de avión si caía en el Ártico. O sometía a otro a condiciones de baja presión, o a otro a tener que tomar sólo agua salada, siempre hasta la muerte y con los mismos fines “científicos”. También lo hacía con mujeres a las cuales les cosía los pezones y las dejaba con sus bebés hasta la muerte por inanición de las criaturas. Todavía se pueden ver en otros pabellones los saquitos, los zapatitos y hasta las mamaderas de los niños.

Estas aberraciones las practicaban con niños judíos, pero en cambio con los polacos, los llevaban a Alemania para darlos en adopción y germanizarlos. Un antecedente del robo de bebés de nuestra dictadura, tan en boga hoy por el resonante caso de los hijos adoptivos de Ernestina.

Todo esto terminó con la liberación de Auschwitz-Birkenau por parte de las tropas soviéticas el 27 de enero de 1945. Luego vinieron los juicios de Nüremberg y otros intentos de hacer justicia. Lo que queda es la memoria, y por eso es bueno venir por lo menos una vez en la vida a este enorme cementerio que es Polonia.

Nosotros también, a nuestra manera, con nuestros tiempos y sistema, estamos detrás de verdad y justicia, porque como dice León, todo está clavado en la memoria. Sólo así se logra cerrar círculos, comprender algo de lo incomprensible y volver a creer que en el mundo todavía es posible la poesía.

Pero para todo esto, a pesar de lo lindo que puedan ser Cracovia o Carlos Paz, es bueno salirse del sendero turístico, hacer un alto y pisar alguna vez Auschwitz o La Perla.

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Mariano Saravia