“El soldado Giacomino va y viene a Buenos Aires, pero no trae nada, parece que Cristina lo trata mejor al soldado Accastello”, disparó un periodista del grupo mediático que le ha declarado la guerra al gobierno nacional en referencia al intendente de Córdoba que, según el comunicador, saca menos provecho de la Nación que su colega de Villa María, ahora candidato a senador nacional.
Y siguió: “No entiendo para qué entonces tanta adhesión al proyecto”, como si no le pudiera entrar en la cabeza que alguien haga algo por convicción y no por conveniencia. Y no es una defensa del grado de convicción que tienen las actitudes políticas de Giacomino, que sabe y debe defenderse solo, sino simplemente un ejemplo del grado de descomposición moral, ética y política de la sociedad, y sobre todo de sus formadores de opinión. Lo que da resultados es bueno, a cualquier costo y no importa por qué vía.
Lo mismo ocurre en todos los órdenes de la vida, en el deporte por ejemplo, es muy elocuente lo que está pasando con los clubes de fútbol y de básquet.
Hay de todo y para todos los gustos: Talleres, fundido, vendido, vuelto a fundir y vuelto a concesionar por un juez cuestionado a un aún más cuestionado concesionario. Resultado: un nuevo fracaso estrepitoso, atravesando la etapa más difícil de su historia y a punto de descender de categoría.
Belgrano, también fundido y actualmente privatizado, pero con un resultado distinto al de su eterno rival, con un presente expectante y posibilidades de ascender.
Instituto, sigue siendo un club, una institución sin fines de lucro, con el mismo presente y expectativa de Belgrano.
Atenas, también sigue siendo un club, y después de varios años de sequía y bajones, volvió a sus fuentes y salió campeón de la Liga Nacional de Básquetbol.
Lo de Talleres es quizá lo más impactante. Después del fracaso rotundo del primer gerenciador, Carlos Granero, llegó Carlos Ahumada, escapando literalmente de México, donde lo buscaba la policía por orden de la Justicia, acusado de delitos varios, con vinculaciones con el narcotráfico. Nada de eso le importó a los hinchas que se ilusionaron con este especie de Papá Noel, sin averiguar el origen de los millones que trajo para arreglar la Boutique y para conformar “un plantel competitivo”. Los periodistas cordobeses tampoco fueron al fondo de la cuestión, como si el periodismo de investigación no abarcara el deporte. Todo Córdoba le rindió pleitesía a este dirigente deportivo con pinta y actitudes de gánster. Sólo un minoritario grupo llamado La Causa, y encabezada por Nicolás Martínez Dalke, un hincha común y corriente, fue capaz de levantar la voz, organizar reuniones y conferencias, y hasta hacer una denuncia judicial.
Hoy la decepción es general en la familia albiazul y es de esperar que si se concreta finalmente el descenso, todas las culpas caerán sobre Ahumada. Pero lo terrible es que los cuestionamientos sean porque fracasó deportivamente, no por sus turbios antecedentes.
Como será que no nos importa nada de nada, que el último manotazo de ahogado de Ahumada se llama Roberto Marcos Saporiti, el mismo que amenazó e insultó a periodistas en su anterior paso por Talleres.
De hecho, el 23 de marzo de 2006, luego del partido en Barrio Jardín entre el local y Godoy Cruz de Mendoza, Saporiti vio a Hugo Caric, de La Voz del Interior y le dijo: “Cómo tendrás el orto, hijo de puta, lo que ganó Talleres. Vos y tu compañero del diario, y otros periodistas más. Les duele que gane Talleres, ¿no? … ¿Qué mirás? Te voy a hacer cagar, turro. Ya te voy a agarrar solo, te voy a matar, a esto lo vamos a agarrar mano a mano”.
Caric hizo una denuncia judicial cuatro días después y siete meses más tarde, los jueces Carlos Alberto Salazar, Francisco Horacio Gilardoni y Gabriél Pérez Barberá, de la Cámara de Acusación de Córdoba, dejaron impune al técnico amenazador. Y la impunidad, lo sabemos, garantiza el olvido, y viceversa. Por eso, cuando llegó hace una semana para “salvar” a la T, nadie se acordó de Caric, ni siquiera sus propios compañeros periodistas. Quizá si Talleres se va al Argentino A alguno recuerda aquel bochorno y le sirve para hacer leña del árbol caído, pero si se salva, Saporiti y Ahumada van a ser Laura y Mary Ingalls.
Para más desorientación, Talleres no juegó mal todo el campeonato, pero perdió y perdió y perdió, hasta quedar al borde del precipicio. Todo lo contrario de Belgrano, que juega bastante feo, pero gana, y está a las puertas del cielo.
El otro extremo del mismo comportamiento popular: no importa nada, fuera de los resultados. También aquí hay un gerenciador que es el patrón de estancia y hace y deshace a piacere, pero como le va bien, por ahora Armando Pérez es el salvador.
Pero también hay ejemplos de que con un manejo colectivo, respetando el espíritu del club como institución sin fines de lucro, con una función social y no especulativa, se pueden obtener éxitos, como Instituto y Atenas. El punto es que no hay que supeditar los primeros objetivos a los segundos nombrados, porque entonces estaríamos poniendo el carro adelante del caballo.
En definitiva, el objetivo de un club social y deportivo es servir a la sociedad a través del deporte. Y como el deporte es competencia, es lógico y lícito que se busque ganar, pero no lo es que se transforme en el único fin.
Así como no es lógico que nos parezca normal la bajada de línea del periodista que repite orgulloso de su sagacidad que la adhesión de un intendente a un proyecto nacional tiene que traducirse en partidas, obras y otro tipo de beneficios.


