En la actualidad, Sudamérica es el único lugar del mundo donde se ha recuperado la política, la discusión ideológica, donde hay en juego distintos proyectos políticos, económicos, sociales y hasta civilizatorios.
Si el lector toma un globo terráqueo y observa con atención, verá que Estados Unidos ya no es el Imperio, el nuevo Imperio es el poder financiero internacional. Pero Estados Unidos sigue siendo su herramienta bélica para disciplinar a sangre y fuego al mundo. Tiene un presupuesto militar mayor a 700 mil millones de dólares anuales, igual al del resto de todos los países del mundo.
Europa juega el triste papel de seguir aferrado a un pasado colonialista e imperialista, pero ahora siendo el segundón de los Estados Unidos. Los países emergentes que se señalan siempre (Rusia, India y China) no representan ninguna novedad ideológica ni civilizatoria ni para el mundo ni para sus propios pueblos, simplemente se aprestan para disputarle poder a los Estados Unidos en el futuro.
Otro que se planta frente a los Estados Unidos es el mundo islámico, a través de algunos países o de organizaciones armadas, pero desde posiciones teocráticas, feudales y para nada progresistas.
África está sumida en sus propios dramas y en la indiferencia del mundo, y el resto de Asia más o menos lo mismo.
El único lugar donde hay verdaderas revoluciones en marcha es Sudamérica, sobre todo a partir de las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador.
El Imperio no lo puede permitir, primero porque necesita las materias primas de la región (agua, gas, petróleo, soja, entre otras) y la mano de obra semi esclava que encontró siempre aquí.
Pero mucho más y sobre todo, porque políticamente es inaceptable para el Imperio. El éxito de las revoluciones sudamericanas es un ejemplo a seguir por otros pueblos del mundo, y eso sería fatal para el Imperio y su intención de gobierno mundial.
Eso explica la Operación RA (Recuperar América), del Pentágono, y las distintas tácticas para una sola estrategia: mantener la hegemonía en el continente, como decía con claridad brutal William Taft.
La recuperación de la Cuarta Flota para patrullar los mares de la región es una clara estrategia bélica y una amenaza provocadora para todos nosotros.
Pero también hay que sumar las siete bases militares en Colombia y las dos nuevas en Panamá, entregadas por los cipayos Álvaro Uribe y Ricardo Martinelli, presidentes respectivos. El alineamiento de gobiernos de derecha que llegan por las urnas como el de Alan García en Perú, Felipe Calderón en México o Sebastián Piñera en Chile.
Allí donde no pueden por las urnas, mediante golpes disfrazados de sucesión constitucional, como el de 2009 en Honduras o el que está en marcha en Paraguay.
O usando la “Doctrina del shock” que estudió Naomi Klein, como en el caso de Haití, donde usaron una catástrofe natural como el terremoto del 12 de enero de 2010 para invadir con su marines, ocupar militarmente el país y transformarlo en una gran base en sí misma para controlar tanto a Cuba cuanto a Venezuela.
Pero en esta gran estrategia continental, las oligarquías locales y el Imperio tienen una nueva y poderosísima arma: los medios de comunicación.
Poder antidemocrático
El poder mediático es hoy, asociado al poder económico y, más precisamente al financiero, el primer poder. Los dueños del poder financiero, apropiados de los grandes medios concentrados, son mucho más fuertes que el poder político, y no tienen ningún prurito en dar un golpe de Estado si hace falta, y luego disfrazarlo de “sucesión constitucional”.
Con el advenimiento de las telecomunicaciones y la revolución informática, se produjo también en las últimas décadas una concentración ilimitada de los medios de comunicación en pocas manos, en concordancia con las políticas económicas neoliberales que no ponen ningún tipo de límites al capital.
Antes, los medios en nuestros países eran de familias, de personas de carne y hueso. Hoy son de grupos de inversión, de capitales financieros que fluyen libremente por el mundo, sin siquiera las fronteras que tienen los Estados.
Esta unión del poder financiero internacional con el poder mediático ha llevado a este último a abandonar su tradicional lugar de cuarto poder, por dos motivos: porque es mucho más fuerte que el poder político y por lo tanto es el primer poder; pero además porque aquel concepto de cuarto poder era atribuido a una función de contrapoder o de poder fiscalizador que controlaba a los otros tres poderes de la república (ejecutivo, legislativo y judicial). El poder mediático ha abdicado de esa función de control, porque como él mismo es el poder, sería controlarse a sí mismo, algo incongruente.
En este contexto, el poder mediático abandona absolutamente su vocación de servicio de información y se dedica absolutamente al objetivo de buscar el lucro, económico y político.
Antes, el negocio de los medios de comunicación era vender información a su público. Ahora, el negocio de los medios es vender su público a sus anunciantes. Y usar ese poder y ese público para otros negocios de todo tipo, entre ellos políticos. De hecho, hoy la lucha política se da principalmente en el campo de lo mediático, como veremos más adelante.
Es aquí donde se confunden los conceptos de libertad de prensa con libertad de empresa. Y es aquí donde se hace esencial contraponer a la libertad de prensa otro concepto básico para la democracia: el derecho a la información, que corresponde al pueblo.
Es decir, ¿hasta dónde llega la libertad de expresión del periodista o del medio? ¿Hasta mentir, hasta tergiversar, hasta llamar al golpe de Estado y al magnicidio, como en Venezuela y Bolivia?
Este cuadro de situación se empeora si se toma en cuenta que el poder mediático es un poder autoritario, antidemocrático y hasta dictatorial. ¿Por qué?
-En primer lugar, porque impone un discurso único en defensa de su clase. Más allá de que pueda hacer dos o tres grandes grupos mediáticos en un país, no tendrán diferencias sustantivas porque pertenecen al mismo grupo de poder o a la misma clase.
-En segundo lugar porque no se lo puede criticar ni siquiera observar. Los medios pueden criticar y defenestrar a políticos, artistas, deportistas y a cualquier persona pública o no, pero no soportan que alguien pueda criticar su tarea. Si eso ocurre, inmediatamente denuncian censura, ataques a la libertad de prensa y muchas cosas más.
-En tercer lugar porque nadie los elige y nadie los puede sacar de la posición de poder extremo que ocupan. Al poder político al menos lo vota la sociedad y lo saca mediante elecciones y un sistema más o menos democrático.
-En cuarto lugar porque muchas veces ese poder extremo que ejerce se transforma en un poder desestabilizador y destituyente del poder político. Y hasta golpista, como en el caso del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra el presidente Hugo Chávez de Venezuela, el del golpe cívico-prefectural de Bolivia de 2008, el del golpe de Honduras de 2009 o el actual proceso golpista de Paraguay.


