El mayor castigo es enfrentarlos a la realidad

Publicado por admin el Dic 24th, 2009 bajo la Categoria Derechos Humanos. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada de su sitio

Que el Gato Gómez se sienta asiento de por medio,  para separarse de los demás imputados. Que Menéndez mantiene una altivez que lo diferencia del resto y se nota que  se siente incómodo por estar al lado de policías de poca monta (pero mucha crueldad). Que tienen distintas estrategias para defenderse con las garantías constitucionales que la democracia les da. Que tienen distintos abogados, el año pasado fueron defensores oficiales, ahora es Cuesta Garzón, el año pasado era el mesías, ahora no está más. Que unos son más fascistas, que otros más liberales. Que los militares más orgánicos y verticalistas, y por consiguiente más convencidos del genocidio que cometieron. Que los policías eran (y son) más caóticos, más lúmpenes, más atraídos por el botín de guerra de sus víctimas.

Hay muchas diferencias y de muchos tipos, como hay muchas sensaciones en este juicio llamado “Menéndez II”. Bronca por verles la cara y por lo que hicieron, y tranquilidad por la verdad y la justicia que llega, tarde pero llega, gracias a la memoria de los organismos que nunca abandonaron la lucha.

Pero más allá de las grandes o pequeñas diferencias entre cada uno de los seis imputados en el juicio y de las múltiples sensaciones que nos suscitan, hay una constante que me golpea en el ojo: el hermético silencio que mantienen en cuanto al destino de las víctimas, en este caso de Ricardo Fermín Albareda.

Se avanza, y mucho, en conocer o confirmar la verdad de lo que ocurrió aquel 25 y 26 de setiembre de 1979. Se avanzará mucho en castigar a la peor escoria que convive con nosotros en la sociedad. Pero un cabo sigue sin atar y es fundamental: ¿dónde está el cuerpo del papá de Fernando? Y no puedo dejar de pensar en eso. En lo fuerte y perdurable de este pacto de sangre y de silencio que hoy, 30 años después, sigue extendiéndose como un macabro manto sobre la sala de audiencias y sobre todo Córdoba, sobre la Argentina y, en definitiva, sobre la humanidad. Porque el sentido de que éstos sean delitos de lesa humanidad es comprender que toda la humanidad es víctima de lo que pasó esa noche del 25 al 26 de setiembre.

Ni en éste ni en ningún otro caso ha habido ninguna fisura en el pacto de sangre y de silencio. Es extraño, sorprendente, y también da bronca y genera sensaciones diversas, entre otras, mucha impotencia. Porque nosotros no los vamos a torturar como hubiera hecho el Gato Gómez para sacarle la verdad, lo saben. Es más, pueden guardar silencio y, si están enfermitos, hasta comparecer por videoconferencia desde Buenos Aires como lo hace Campos. Está bien, y así tiene que ser en un sistema republicano y democrático.

Otras democracias, como Sudáfrica o Guatemala, por ejemplo, cuando juzgaron sus propios terrorismos de Estado, buscaron formas legales de llegar a la verdad. Por ejemplo, plantearon cambiar verdad por justicia, y entonces los genocidas que se arrepintieran y dieran datos sobre los hechos y las víctimas, obtenían disminuciones de penas y hasta amnistías. Era legal, pero ¿era legítimo?

En la Argentina, este tema ni siquiera se planteó seriamente, y creo que por la infinita dignidad de los organismos de derechos humanos. A Fernando y a ningún hijo se le ocurre conceder nada a cambio de información sobre el paradero de sus padres. A ninguna abuela se le ocurre prometer impunidad por saber quién es su nieto apropiado. Así como a ningún familiar o amigo de ninguno de los 30 mil desaparecidos, se le ocurrió en estos 30 años hacer justicia por mano propia.

Todo esto es lo que distingue el proceso argentino a nivel mundial. Todo esto es tan fuerte como el pacto de sangre y de silencio de los genocidas, pétreo, inmutable.

Es que más allá de la crueldad de la tortura y el asesinato, más allá de todo, creo que el punto más importante para estos tipos era la desaparición. Ese es el meollo, el corazón del genocidio. El objetivo principal era exterminar un grupo humano, el de los que luchaban por un mundo más justo. Y si el que luchaba por un mundo más justo, el que se comprometía desde la política, era un camarada de armas, como en el caso del subcomisario Albareda, mucho peor. Entonces lo tomaban también como una traición y con más razón, el objetivo final de esa tenebrosa noche fue hacerlo desaparecer.

Antes, por supuesto, eligieron pasar por toda la liturgia escabrosa que se ha ido confirmando con los testimonios en el juicio y en este caso, con la participación de los capos, cosa extraordinaria.

Pero la tortura y toda la parafernalia aledaña es accesoria, lo principal era hacerlo desaparecer, a Albareda y a todos los que querían cambiar la realidad. Tan importante es esto, que quizá lo podamos entender al imaginarnos cómo sería la realidad si esos compañeros hubieran podido modificarla. ¿Cómo sería hoy por ejemplo la Policía de Córdoba si hubiera sido Albareda el ganador y no Telleldín? Por ejemplo, Oscar Aguad no hubiera podido amparar a los Yanicelli en los ’90; los Antón no hubieran seguido como instructores de la Escuela de Policía hasta hace 10 años; o muchos de estos personajes no serían hoy dueños de agencias privadas de seguridad. No habría todavía una sombra azul que sigue cerniéndose sobre Córdoba. Podríamos ver al vigilante de la esquina como alguien confiable y no con miedo y desconfianza como ahora. Los policías no cometerían la cantidad de atropellos que cometen diariamente en plena Plaza San Martín contra el pibe de la gorra, el de los pantalones caídos, en las inmediaciones de la terminal contra el hermano boliviano o peruano, o simplemente en una ruta o a la entrada de la cancha contra cualquiera de nosotros.

Por esos cambios (y más) luchaban Albareda y muchos otros policías que pagaron su vocación de servicio con la vida, con la muerte y, lo más grave, con la desaparición.

Sigo pensando en esto, en el núcleo del genocidio que es la desaparición. Si el genocida quería arrasar con las ideas, con los bríos de cambios, con las ansias de justicia, tenía que arrasar con las personas que las encarnaban. Y arrasar, en su máxima expresión, significa desaparecer, mucho más allá del simple asesinato. Y luego de cometido el genocidio, es inevitable que el genocida incurra en el negacionismo, esto es negar que todo eso ocurrió. Es una cuestión de lógica pura, el genocida niega todo: niega las otras ideas, niega al otro, niega su existencia, niega su vida, niega su muerte, niega la noche del 25 al 26 de setiembre. Esa noche es un agujero en el calendario para ellos.

Por eso, el mayor castigo para ellos creo que es sentarlos ahí y enfrentarlos ante la realidad de que esa noche existió, que ellos hicieron lo que hicieron, que Ricardo Fermín Albareda existió y sigue existiendo a través de Fernando, que enfrente existe un tribunal (aunque el máximo genocida se atormente en su intento de negar su existencia), que existe una democracia que les está ofreciendo justicia y, sobre todo, que existe ahí afuera del edificio de Tribunales Federales, una sociedad que los condena.

 

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Mariano Saravia