Lublin era un valle de pena.
Ningún ser humano caminaba por las calles,
sólo habitaban los fantasmas,
las sombras y un mundo inolvidable que ya no existe.
Nadie habla en Lublin,
nadie se saluda e incluso dejaron de llorar.
El abarrotamiento, la fetidez, la pobreza y el caos que reinaba en Lublin no era comparable a ningún sitio del mundo.
Los hombres vivían en las calles, en los puestos del ganado, en sótanos, en carretas y en los escombros de las casas desoladas.
Los hombres morían como moscas en las calles,
sus cuerpos yacían en las carreteras como viejas cenizas.
Las mortajas ya no se usaban más para los cuerpos porque no se podían comprar.
De noche todo estaba absolutamente oscuro.
Una cosa sí que es tan clara como el agua:
Ni el mismo demonio pudo haber creado tal infierno.
Las siete torturas de la maldición se encontraban ante los ojos de uno.
Lublin era un enorme campo de concentración donde la gente pasaba los días intentando escaparse de su propia tumba viviente.

Lublin hoy.


