Dijeron que las paradas de Coniferal iban a tener carteles luminosos que marcaran el tiempo de espera. Se rieron y nadie lo creyó. Que iban a hacer el ferrourbano y hasta el subterráneo. Lo mismo. “No estamos preparados, hay cosas más urgentes, seguramente es un negociado”. Siempre son los mismos argumentos, y se cae nuevamete en el “por las dudas que roben, no hagan nada” que lo único que plantea es una parálisis total del Estado.
Quito es la capital de Ecuador y con casi dos millones de habitantes es comparable con Córdoba. Está a 2.800 metros sobre el nivel del mar sobre suelo rocoso y sin embargo está a punto de comenzar con su proyecto para tener subterráneo. Mientras tanto, funciona muy bien y sistema de ómnibus troncales y rápidos y los trolebuses. Son cumplidores y confortables. Las paradas modernas y techadas con vidrio, además de tener en las unidades un sistema de información no sólo visual sino también auditivo. La gente se comporta correctamente, sin aglomeraciones ni problemas.
Parece cualquier ciudad del primer mundo, aunque con caras angulosas, trenzas largas, vestimentas indígenas, que vienen a hacer añicos todos los prejuicios que podamos tener con nuestros propios pueblos.
Es decir, este país y esta ciudad vienen a mostrarle a un cordobés que es posible tener buen transporte urbano, con buenas unidades, adelantos tecnológicos y usuarios educados que los cuiden.
Este ejemplo del transporte es sólo un botón de muestra para el reto de los órdenes, incluso para la vida democrática de un país.
Ecuador era mirado de soslayo hasta hace poco tiempo, por su inestabilidad política, sus cambios de presidentes, la corrupción y la pobreza imperante. Hasta hubo un presidente que fue destituido por incapacidad mental, es decir por loco, lisa y llanamente, fue Abdalá Bucaram quien debió abandonar su cargo en febrero de 1997, sólo seis meses después de haber asumido.
Sin embargo ahora, Ecuador puede mostrar al mundo avances en todas las áreas. Según Walter Gasparini, un uruguayo miembro del equipo de observadores de la Organización de los Estados Americanos (OEA), “la constitución es ejemplar y el proceso electoral ha sido normal y limpio”, en referencia a las elecciones del domingo 26 de abril en las que el presidente Rafael Correa fue reelecto por amplio margen.
Estas elecciones, más allá del resultado, representan para el Ecuador una etapa fundacional, porque son las primeras elecciones con la nueva constitución aprobada en referéndum el año pasado; porque fue la primera vez que votaron los jóvenes de entre 16 y 18 años, los policías, los militares, los ecuatorianos en el exterior y los extranjeros que viven en el Ecuador. Pero también porque por primera vez se implementó la ley electoral que limita los gastos de campaña. Si en campañas anteriores el magnate bananero Álvaro Noboa podía darse el lujo de gastar 10 o 100 veces más que sus adversarios, hoy ya no puede. Ahora es el Estado el que distribuye los fondos a los partidos por igual para que hagan sus campañas políticas que no pueden durar más de dos meses. Compárese esta situación con la de Córdoba o Argentina, donde el que más tiene se lleva puesta cualquier elección a fuerza de prepotencia publicitaria. Es muy común escuchar a dirigentes políticos cordobeses hacer comentarios como “a fulano de tal lo podemos instalar rápidamente con una buena campaña de publicidad”. Bueno, esos candidatos de plástico, inventados y fugaces, en un sistema como el ecuatoriano ya no tendrán cabida.
A esto se suma un nuevo sistema con un Concejo Nacional Electoral separado de un Tribunal Contencioso Electoral. Uno se encarga de controlar y el otro de sancionar, con total independencia entre sí y con respecto al poder político, según reconocen los observadores tanto de la OEA cuanto de la Unión Europea.
Y por último, lo que llama poderosamente la atención a un cordobés que vive este proceso es un triunfo tan contundente con toda la prensa comercial en contra. Como viene sucediendo en los otros países de Sudamérica con procesos revolucionarios en marcha (Venezuela y Bolivia), los grandes grupos mediáticos están totalmente en contra del gobierno de Rafael Correa, con argumentos que van desde la descalificación personal hasta planteos ideológicos de fondo que redundan en la añoranza del neoliberalismo de los ’90.
Es más, ante la desarticulación política y social de los partidos de la oposición, la verdadera oposición en los últimos tiempos ha sido la prensa comercial, ligada a los intereses económicos y sobre todo financieros.
Contra ese infernal aparato mediático luchó y venció Correa, sin callarse nunca e incluso yendo más allá, como con la normativa constitucional de que de aquí en más estará limitado el monopolio mediático y también la propiedad por parte del poder financiero de medios de comunicación. Concretamente, los bancos deberán desprenderse de los diarios, radios y estaciones de televisión que posean. Otro punto del que deberían tomar nota los políticos argentinos, ahora justamente que está en debate la nueva ley de radiodifusión.
Estas realidades lo único que hacen es demostrarnos que no hay designios divinos ni rutas prefiguradas para una persona, un pueblo o una nación. O como diría Antonio Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Por eso suenan tan fuera de tono esas frases hechas al estilo de “los argentinos somos así, qué le vamos a hacer”, “el problema de Argentina es que está llena de argentinos” o “este país no tiene arreglo”.
Todo tiene arreglo, la cosa es querer arreglarlo. Primero darse cuenta de qué cosas no están funcionando como deberían, y después arremangarse y ponerse a trabajar. Concretamente, en estos temas sociales, depende de que los que critican tanto se involucren para intentar una solución, que no haya tantos apolíticos y encima orgullosos de serlo, sino que entiendan que todo es político en la vida y que lo que los lugares que dejamos vacíos los ocupan los otros.
Ecuador es un ejemplo de un pueblo que no dijo “que se vayan todos”, sino vengan todos a discutir política, a discutir qué país queremos, y en última instancia, cuando las contradicciones son insalvables, si algunos se tienen que ir, que se vayan.
Aquí, desde hace dos años y tres meses, los que han tenido que replegarse son los que siempre dominaron, los dueños históricos del Ecuador, la oligarquía financiera y económica y el conservadurismo político. Y los que empezaron cada vez más a participar, a tener voz y voto y a ver en hechos concretos mejoradas sus vidas, son los desheredados de siempre, el pueblo ecuatoriano.
Los logros que más puede mostrar este gobierno de la Revolución Ciudadana son en educación y salud, cosa que no se atreven a negar ni siquiera sus opositores de derecha. También hacia estas realidades deberían mirar los políticos cordobeses, teniendo en cuenta los sueldos de maestros y médicos, y el estado de las escuelas y hospitales.
En esta ciudad que casi toca el cielo, a 2.800 metros de altura sobre el nivel del mar, con sus encantadoras callecitas empedradas, sus blancas fachadas coloniales, sus iglesias del barroco colonial y sus balcones pletóricos de malvones, no se ven niños pidiendo ni ancianos durmiendo bajo los pórticos. Hay indígenas, hay pobres, pero no hay miseria, no hay la indignidad de un chico revolviendo un tacho de basura. ¡Qué distinto al centro histórico de Córdoba, no sólo por el paisaje arquitectónico, sino también por el paisaje humano!


