
Seguimos esperando la liberación y el tren nos pasa al lado
El 9 de julio celebramos el día de la independencia. Ahora bien, ¿somos realmente independientes, somos libres en Córdoba y en Argentina?
En cualquier proceso de liberación tiene que haber dos revoluciones paralelas: una de liberación nacional y otra de liberación social. Cualquiera de las dos que se haga sin la otra, quedará renga.
En América del Sur, los primeros intentos revolucionarios fueron los de revoluciones indias y negras, como la de José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru II) en 1780 en el Alto Perú o la Conjura de Alfaiates de tinte antiesclavista en Bahía en 1798. Pero las dos quedaron truncas.
Luego, durante las guerras de independencia, los que entendieron la necesidad de acompañar la liberación nacional con un proceso de emancipación social, económico y de soberanía total y unión continental fueron Simón Bolívar, José de San Martín, José Gervasio de Artigas y Manuel Rodríguez (el guerrillero de la libertad), entre otros. Pero lamentablemente los traidores se impusieron en la política interna de cada país, los mantuvieron separados y cada uno por su lado. Y sobre todo, lograron que el poder económico no cambiara de manos.
¿Por qué pasaron seis años entre el 25 de mayo y el 9 de julio? ¿Cuál es la explicación a esa dilación, a todas esas idas y venidas, a tanta tibieza?
La primera explicación está en la bandera argentina, es la llamada “Máscara de la Monarquía”, que consistía en la excusa de ser fieles al rey Fernando VII. En realidad, el primer grito de libertad del 25 de mayo queda ahogado en las explicaciones del ala más conservadora del primer gobierno patrio: decían que era una declaración de fidelidad al legítimo rey de España ante la ocupación napoleónica de la península. Por eso, cuando en 1812, Manuel Belgrano pide autorización para una bandera, el Triunvirato autoriza una escarapela y que sea celeste y blanca, los colores de la Orden de Carlos III de Borbón.
En 1814, luego de Waterloo y con la Restauración en Europa, vuelve al trono Fernando VII, pero para ese entonces, José de San Martín ya lleva dos años en el Río de la Plata y tiene lanzada a toda máquina su guerra de independencia.
No se puede frenar esas ansias de ser independientes, a pesar de las traiciones de Carlos María de Alvear, que envía emisarios para entrevistarse en Río de Janeiro con Lord Standford, el embajador del Reino Unido, con la intención de ofrecerle el gobierno de la naciente nación.
Ya siendo gobernador de Cuyo, San Martín le reclama al diputado por Mendoza, Tomás Godoy Cruz, que se declare la independencia. “Tenemos nombre, moneda, bandera, ejército, población, territorio, gobierno, tenemos todo y no se entiende entonces porqué no declaramos la independencia”. Godoy Cruz le responde desde el Congreso de Tucumán con aquella famosa frase: “No es tan fácil como soplar y hacer botella”, a lo que San Martín le vuelve a retrucar: “Es más fácil que soplar y hacer botella”.
Finalmente, el 9 de julio de 1816 se declara la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, pero se logra sólo la liberación nacional, no la liberación social por la cual abogaban Castelli, Paso, Monteagudo, Artigas y San Martín, entre otros.
En realidad, las clases dominantes siguieron manteniendo sus prerrogativas y, como buenos lacayos, se subordinaron automática e inmediatamente al nuevo poder imperial. Es que pasamos de depender políticamente de un imperio, el español, a depender económica y financieramente de otro imperio, el inglés.
Por eso, lo que ha comenzado a partir de Venezuela, y luego se ha extendido a Bolivia y Ecuador, y en menor medida a otros países de América del Sur, es la lucha por la liberación social, económica y financiera.Y justo 200 años después.
Pero la reacción es directamente proporcional a la profundidad del proceso político emancipatorio en marcha: los mismos traidores de siempre al servicio del imperio de turno. Son las clases privilegiadas, los empresarios en Venezuela, los banqueros en Ecuador, los cívicos de la Media Luna en Bolivia, los terratenientes sojeros en Argentina, y sobre todo en Córdoba.
Y una clase política que se parece más a Alvear que a San Martín. Como ejemplo, ahí está la foto de la reunión en la Casa de las Tejas del gobernador Juan Schiaretti y el senador electo Luis Juez, limando sus asperezas para aceitar el trabajo que llevarán al Congreso de la Nación a favor de los poderes de siempre y en contra de la liberación social todavía por hacerse. La excusa será la falta de federalismo y el reclamo de que a Córdoba venga todo lo que por retenciones a la soja Córdoba le da a la Nación.
Y hay un nuevo actor que es común en todos los países: los grandes grupos mediáticos, que ya no están más al servicio del poder, hoy son el poder.
Con el advenimiento de la sociedad de la información, las nuevas tecnologías y la globalización, los medios de comunicación masivos han quedado en manos del poder financiero, con lo cual el periodismo ha pasado de ser “el cuarto poder” a ser el primer poder. De hecho, este matrimonio entre el poder mediático y el poder financiero es mucho más fuerte que el poder político, salvo donde las grandes mayorías son las protagonistas de los procesos políticos, como en los casos revolucionarios ya mencionados.
Pero en la Argentina lamentablemente sí dio resultado el trabajo sistemático de los medios a favor del poder, y el ejemplo más palmario son los resultados de las elecciones del 28 de junio pasado. Si bien el voto a De Narváez en la provincia de Buenos Aires, a Michetti en la Capital, o a Aguad y Juez en Córdoba no puede considerarse un voto ideológico de derecha sino más bien un voto castigo al gobierno nacional, el resultado es que termina fortaleciendo a la derecha, en todas sus variantes. En Córdoba más que en ningún lado, porque no hubo un Pino Solanas (que en Capital sacó un 24 por ciento) ni un Martín Sabatella (que en la provincia de Buenos Aires sacó un cinco por ciento).
Todos los que ganaron en los principales distritos, en Córdoba (Juez y Aguad) en Capital (Michetti), Buenos Aires (De Narváez), Santa Fe (Reutemann y ahí nomás el partido de Binner) y Mendoza (Cobos), son defensores acérrimos de los patrones del campo y terratenientes sojeros. Por consiguiente, se podría decir que ganó “el campo”, esa nueva categoría inventada por los serviles medios de comunicación.
Con lo cual, de cara al Bicentenario, nos parecemos mucho más de lo deseado a la Argentina del Centenario, cuando allá por 1910 las clases dominantes nos hacían creer que éramos un país próspero, el octavo de la Tierra, “el granero del mundo”, pero ya Juan Bialet Massé nos había mostrado en su informe sobre El Estado de las Clases Obreras Argentinas, la situación de miseria del pueblo.
A 193 años de aquel 9 de julio de 1916 y a casi 200 años del comienzo de la liberación nacional, sigue muy lejos la liberación social.



muy buen sitio