Desde el terminal ferroviario repica la sirena. Es temprano. Me acerco a la ventana, que me permite una vista directa al ferrocarril. Hay una larga formación de vagones. En poco tiempo los SS abren las puertas y en el andén afluye otra vez la muchedumbre del “pueblo electo de Israel”. La reunión y la selección no tardan más que una media hora. La columna de la izquierda lentamente se encamina.
Llega hasta aquí el ruido de las órdenes gritadas y de los pasos rápidos. Provienen desde la sala de las calderas de los crematorios: se están preparando para acoger a los recién llegados. Se advierte el ruido de los generadores, empiezan a moverse los gigantescos ventiladores. Los hornos alcanzan la máxima temperatura. El lugar donde se creman los cuerpos es grande, luminoso, pintado de blanco, con el suelo de cemento y enormes ventanas. El interior de los hornos es de ladrillo rojo, cada horno está separado de los demás. Las puertas metálicas que cierran los hornos están tan lúcidas que proyectan sombras en toda la sala.
Proceden lentamente con gran fatiga, los niños, medios dormidos, se agarran a las enaguas de las madres. Los más pequeñitos a espaldas de los padres. Algunos empujan cochecitos de bebés. El SS de guardia se queda fuera del portón. Un letrero informa que la entrada está prohibida al personal ajeno. Los recién llegados se percatan rápidamente de unos grifos en el patio. Se rompen las filas y muchos se precipitan a beber. Nada extraño si pensamos que durante días no habían probado agua. El SS de guardia estaba acostumbrado a estos espectáculos y con paciencia espera, porque hasta que la gente no calme su sed, sabe que no podrán controlarlos. Lamentablemente entran nuevamente todos en las filas. Avanzan todavía unos cien metros por un callejón de arena gruesa, hasta llegar a una barrera de hierro, en donde empieza una escalera que les lleva a un subterráneo. Antes de bajar, un letrero informa en alemán, francés y húngaro, que allí se encuentran las duchas y el cuarto para la desinfección. Esto contribuye a tranquilizar a los que sospechaban de algo, como a los que no tenían ni idea de lo que estaba pasando. Y así bajan por la escalera. Casi satisfechos.
La muchedumbre encontrará allí un gran salón bien iluminado y pintado, largo, de unos 120 metros. En el medio del salón hay una serie de columnas. Alrededor de las columnas y de las paredes hay unos bancos. Encima de los bancos hay unas perchas numeradas. En los letreros, en diferentes idiomas, se puede leer que hay que atar los zapatos y recordar el número del gancho para evitar inútiles desórdenes cuando regresen. “¡Auténtico sentido del orden Alemán!”, dicen los que admiran ese rasgo alemán. Y tienen razón. Efectivamente se desarrolla todo con mucho orden, y la tarea es la de no mezclar miles de zapatos que tienen que salir inmediatamente para el Tercer Reich. Y lo mismo vale para la ropa: Tiene que llegar en buen estado a la población alemana que sufre los bombardeos. En el salón se encuentran centenares de mujeres, niños y hombres. Entran los SS y gritan una orden: ¡Desnudarse!. Se precisa además el tiempo del cual disponen: diez minutos. Mujeres y mayores se quedan como inmóviles. Las mujeres y las niñas por vergüenza, miran a su alrededor sin saber lo que hacer. ¿Quizás no han entendido bien las órdenes alemanas? Así que los SS repiten la orden. La voz denota impaciencia y amenaza.
Empiezan lentamente a desnudarse. Los del Sonderkommando ayudan a los mayores, a los cojos, a los enfermos. A los diez minutos todo el mundo está desnudo. En las perchas está la ropa, mientras que los zapatos están atados y puestos al lado de los bancos. Cada uno recuerda muy bien el número de su percha…
Los SS se hacen hueco entre la muchedumbre que se dirige hacia el gran portón de roble que está al fondo del salón. Nada más abrirlo y la gente se dirige hacia otro gran salón, también bien iluminado. El local es más o menos la mitad del que le precedía. No tiene ni bancos ni perchas. En el centro hay grandes pilares cuadrados. No son pilares que sostienen el techo, sino enormes canaletas de lata con los lados perforados, como un gran filtro.
Ya están todos dentro, llega fuertemente una orden: ¡Sonderkommando y SS, salid de las duchas! Salen, verifican escrupulosamente que nadie de ellos haya quedado dentro. Se cierra el portón con fuerza.
Mientras tanto en el patio acaba de llegar un furgón, una lujosa ambulancia de la Cruz Roja, de la cual baja un SS y un SDG (servicio sanitario auxiliar). Este último tiene en la mano cuatro latas de color verde.
Atraviesan el césped y pasan sobre el techo del subterráneo, del cual sobresalen cuatro pequeñas chimeneas de cemento. Se acercan a la primera, y después de protegerse con máscaras de gas, quitan la tapadera de cemento. Retiran luego el sello de fabricación de la lata, y a través de la chimenea, derraman el contenido: piedrecillas del tamaño de una alubia, de color verde. Éstas caen a través de la chimenea en las canaletas perforadas, sin salirse. Se quedan allí dentro en los tubos. Es el Zyklon-B que inmediatamente en contacto con el aire emana gas. Éste se libera a través de los orificios de las canaletas y en pocos segundos rellena el salón. Así que, en cinco minutos liquidan un convoy entero.
Se trata ciertamente de una precaución ingeniosa, pero también de una cobardía absoluta, el llevar el gas de la muerte en un vehículo oficial con el símbolo internacional de la Cruz Roja.
Los dos asesinos, que han llevado el gas, esperan todavía unos cinco minutos más, para asegurarse de haber cumplido bien su misión. Se fuman un cigarro sentados en el coche. ¡Acaban de matar a 2500 personas!
Veinte minutos más tarde entran en función los ventiladores eléctricos para dispersar el gas. Se abren las puertas. Llegan camiones. Una parte del Sonderkommando carga separadamente la ropa y los zapatos, que llevan a desinfectar a la verdadera sala en este caso. Desde allí, luego, a los vagones para distribuir el botín para Alemania.
Modernos ventiladores dispersan el gas, pero de todos modos permanecen en pequeñas cantidades en los rincones, en las grietas, entre los cuerpos. Respirar aunque sólo sea un segundo este gas provoca una tos sofocante, incluso también pasadas muchas horas. Por esta razón, el grupo de los detenidos del Sonderkommando que entran en aquel local con mangueras disparando agua, están dotados con máscaras anti-gas. Iluminan el nuevo salón. Una escena terrible se presenta enfrente del Sonderkommando.
Los cuerpos no yacen abandonados en el suelo de la sala, sino trepados uno sobre otros como un cúmulo de seres humanos, alto y entrelazado. Los cristales que difunden el gas envenenan antes el estrato más bajo para luego, en un segundo momento, empiezan a subir hacia la parte más alta. Por esta razón se pisan los unos a los otros, por que los que están más altos, sobreviven un poco más. ¡En aquel lugar, hay una lucha tremenda para sobrevivir! O mejor, para uno o dos minutos más de vida. Si pudieran razonar un momento, comprenderían cuánto es de inútil caminar sobre sus padres, mujeres y niños, pero claro ya no están en condiciones de pensar, están en plena fuerza del instinto de supervivencia. Observo que en la base de aquella montaña están los lactantes, luego los niños, las mujeres, los mayores y al final los hombres más fuertes.
Pasando unas cuerdas alrededor de las muñecas, con los puños cerrados, el cúmulo de cadáveres se desmorona y estos todavía húmedos, son llevados hasta el ascensor del cuarto de al lado. Aquí hay un gran montecargas, en el cual son acumulados unos veinte o treinta cuerpos. Se da una señal con una campana, y el ascensor sube. Cuando este alcanza el piso de los hornos, automáticamente la puerta se abre, y entra en acción otro grupo del Sonderkommando que estaba allí esperando. Se dejan frente a una de las entradas de los quince hornos.
Los cuerpos de viejos, jóvenes y niños yacen en una larga fila en el suelo. Ahora sigue una ulterior operación de vejación sobre las víctimas. El Tercer Reich ya ha confiscado sus ropas y sus zapatos. Pero también el pelo constituye ahora un material de valor utilizado para la producción bélica. Ocho componentes del “equipo de los dentistas” están listos frente a los hornos, con dos tipos de herramientas, en una mano un cincel, en la otra unas tenazas. Voltean los cuerpos con la cara hacia arriba y empiezan una horrible búsqueda. Abren a la fuerza de los cadáveres ya contraídos y más que quitar, parecen romper las prótesis y los dientes de oro. Los dientes son lanzados dentro de un cubo lleno de ácido muriático, que disuelve los restos de carne y huesos. Queda solamente el oro. Los otros objetos, como cadenas de oro, perlas o anillos se recogen en otro lado, en una caja cerrada con una hendidura en la tapadera.
Después, las víctimas pasan a mano del Kommando que opera en los hornos. En grupos de tres, se ocupan de colocar a los cadáveres en las literas de acero con ruedas. Las grandes puertas metálicas de los hornos se abren automáticamente. Empujan luego los carritos al interior donde hay un fuego incandescente.
Los cadáveres se convierten en ceniza en unos veinte minutos. En el crematorio hay quince hornos, la capacidad operativa es de 2500 cuerpos al día. Todos los crematorios tienen la misma capacidad. 10.000 personas entran diariamente en las cámaras de gas, para luego acabar en los hornos. Sus almas salen de las chimeneas de Auschwitz. No queda nada de ellos. Nada más que un cúmulo de cenizas en el patio del crematorio. Luego la recogen para echarla al río Vístula que fluye a unos kilómetros de aquí.
En el andén del terminal ferroviario, con un simple gesto de la mano, mi superior, el doctor Menguele, envía a mis padres a la izquierda, así como a mi hermana que fue enviada a la derecha, con las lágrimas en los ojos, pedirá el permiso de seguir a su madre. Se lo permitirán y ella conmovida, dará las gracias por aquel gesto de clemencia…

Entrada de Auschwitz

- Bloque 10. Aquí Menguele realizaba sus experimentos.



Hola, qué tal? Me han recomendado mucho el libro, pero no lo consigo en librerías en Costa Rica, y veo que ni tan siquiera en Amazon: Alguna sugerencia…?
Gracias
Patricia,
yo lo compré en Auschwitz, está en varios idiomas. Te voy a averiguar si en el Museo del Holocausto de Buenos Aires lo tienen. Una alternativa es que compres el libro “Yo, comandante de Auschwitz”, de Joseph Höss, que quizá esté en Costa Rica, donde cita mucho el libro de Nyiszli. Saludos, Mariano
Hola necesito saber si consiguieron el libro de
HE SIDO EL ASISTENTE DEL DR. MENGUELE. o donde lo compro , si alguien pudiera ayudarme se los agradeceria
Gracias
CUESTA MUCHO CONSEGUIR ESTE LIBRO… A MI ME LO HABIAN PRESTADO… HAN CONSEGUIDO EN AUSCHWITZ… SE LOS RECOMIENDO A TODOS… IMPRESIONA MUCHO EL CONTENIDO…