Alguien me dijo que en la Guayana todo es paradójico. Y es cierto, porque es tropical pero el calor no asfixia. Es ecuatorial pero llueve y sale el sol alternadamente casi todo el día. Es un país con un mar fantástico, pero que casi no se disfruta, por el clima y por los tiburones. En Cayenne, por ejemplo, ni siquiera se ve el mar por los manglares. No es una ciudad que mira al mar, sino que le da la espalda al mar. Alberga la base espacial desde donde se lanzan cohetes y satélites al espacio, pero prácticamente no tiene carreteras que unan a los distintos pueblos. Casi todo es importado y no se produce casi nada en el país. Y lo peor y más incomprensible, que estamos en Suramérica, pero en realidad, ¡estamos en la Unión Europea!
Soy un periodista de la ciudad de Córdoba, Argentina. Intento ser un periodista comprometido. Comprometido sobre todo con mi pueblo y con las luchas justas de todos los pueblos. Y cuando hablo de mi pueblo, hablo del pueblo de la Gran Nación Suramericana, que para mí, incluye al pueblo guyanés.
Trabajo en la televisión de mi país, también en radio, y escribo libros. Siempre trato de aportar desde mi trabajo de periodista a modificar la realidad cuando esa realidad es injusta. O por lo menos de dar a conocer las situaciones de injusticia. Ya darlas a conocer es una forma de empezar a transformarlas, ¿no?
Por eso, me llamaba la atención que existiera en Suramérica, en pleno siglo XXI, una situación colonial típica del siglo XIX. Además de las islas Malvinas, que están bajo una situación parecida pero no igual. Pero lo que más me llamaba la atención era que a nadie le llamara la atención, ni en mi país ni en los otros países de Suramérica.
De verdad, nadie sabe de la existencia de la Guayana. Y lo peor es que pareciera que ni siquiera quisieran saber. Tampoco de la República de Guyana ni de la República de Surinam. Pero en estos casos, como son independientes y participan de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), algo se sabe. De la Guayana, nada de nada.
Por esta situación combinada de injusta situación colonial por un lado y de desconocimiento y apatía generalizada por el otro, es que decidí viajar a la Guayana. No fue nada fácil. Primero por lo caro que fue para mí el viaje. No sólo el pasaje en sí, sino también la estadía, ya que era como viajar a Francia, todos los precios en euros. Y el cambio, en este momento para nosotros es de un euro por seis pesos argentinos. Pero además del dinero, fue muy difícil por varios otros motivos.
Tuve que estar a las dos de la madrugada en el aeropuerto de mi ciudad, Córdoba, para salir a las cuatro y llegar a Porto Alegre (sur de Brasil) a las seis. Luego de una escala de una hora, otro vuelo hasta Río de Janeiro, y allí otra espera de varias horas. Otro avión hasta Belem, y luego otro hasta Macapá, la última ciudad al norte de Brasil, adonde llegué a las 11 de la noche. Allí dormí y tuve que esperar hasta las siete de la tarde del día siguiente cuando salió el bus hacia Oiapoque, el pueblo fronterizo con Saint George. Luego de un viaje largo, cansador e incómodo, llegamos a la mañana siguiente a Oiapoque. Ahí los trámites normales en la policía brasileña y la canoa para cruzar el río. Hasta ahí, fuera de lo largo y cansador de la travesía, nada raro para alguien que está acostumbrado a recorrer Suramérica. Por suerte, ahora con la existencia de Unasur basta llevar el documento y no hay tantos problemas como antes, entre otras cosas porque ahora los países somos socios políticos y comerciales y no enemigos, como en los años de las dictaduras militares avaladas por los Estados Unidos.
Pero el gran shock fue cuando bajé de la canoa del otro lado del río Oyapock. Ver la bandera francesa y la de la Unión Europea fue impactante. Y luego más impactante (y hasta denigrante) tener que explicar a los gendarmes franceses por qué viajaba a la Guayana, para qué, mostrar no sólo mi pasaporte sino también tarjetas de crédito y hasta el dinero en efectivo.
Cuando pude liberarme de los gendarmes, tomé una camioneta que me cobró 30 euros para llevarme a Cayenne. Se me ocurrió comprarme una botellita de agua porque tenía sed. Cinco euros, porque era Evian, traída de Francia. En Cayenne, el hotel 70 euros y una cena barata 20 euros. Pero por lo menos estaba ya instalado en un lugar seguro y había comido, cosa que no hacía en los últimos dos días. Había salido de mi casa el martes a la noche. Era viernes a la noche y recién me estaba acomodando en el lugar adonde había querido llegar para hacer mi trabajo. Tres días nos separan. Y un gran desconocimiento mutuo. Y pensar que somos todos suramericanos, que deberíamos conocernos mucho más y que, si existieran rutas aéreas o terrestres como nos merecemos, el viaje debería ser muy distinto. ¿Cómo puede ser que desde mi ciudad, yo esté en Madrid en 12 horas, y por el contrario tenga que viajar tres días para llegar a Cayenne? Eso no es casualidad, eso es porque alguien lo quiso así.
Tuve la suerte que esa noche era el cierre de la campaña para las elecciones legislativas y había un acto del Mdes en la Plaza de las Palmeras. Allí conocí a Jean-Victor Castor, a Servais Alexandre y a Raymond Charlotte. Me di cuenta que habían averiguado algo sobre mí (como es lógico) e inmediatamente se pusieron a mi disposición, no sólo desde el punto de vista político sino también humano. Y sinceramente me hizo bien, porque a esa altura empezaba a extrañar mucho a mi esposa y a mis dos hijas de dos y un año de edad.
El sábado me llevaron a ver la situación en que viven los brasileños que trabajan en la construcción y que luchan para no ser desalojados de las precarias casas que ocupan. Luego también hablé con haitianos y hasta con algunos de los cientos de comerciantes chinos que abundan por todos lados en Cayenne. También con representantes de la comunidad amerindien y con algunos europeos. Y por supuesto, con gente creolle. En general, sentí que el sentimiento nacional del ser guayanés todavía está en etapa embrionaria, pero que eso es lógico y que el trabajo de mis amigos del Mdes y de otras organizaciones va en esa dirección. En definitiva, la Guayana deberá constituirse en una Nación antes de constituirse en un Estado.
En general, esta falta de sentimiento guayanés, como la falta de sentimiento sudamericano, es el resultado exitoso de la política colonialista de los franceses, que siguen siguen claramente aquel dicho de “divide y reinarás”. El régimen colonial dividió y sigue dividiendo a los habitantes de la Guayana, le conviene que cada uno siga viviendo su propia realidad: los blancos, los creoles, los amerindios, los buchinengos, los haitianos, los brasileños, los dominicanos, etc., etc. Y también al régimen colonial le conviene tener a la Guayana y a los guayaneses absolutamente desconectados del resto de Sudamérica. Es más fácil viajar a París que para Paramaribo o para Macapá. Y todo lo que se consume viene de Francia. ¿Por qué? Porque ese es el abc del colonialismo. Generar una dependencia total de la metrópoli y aislar a la colonia de sus vecinos y hermanos.
Y hablo de Sudamérica y no de Latinoamérica por dos motivos. Primero porque Latinoamérica o América Latina es un concepto inventado por los franceses. Los Estados Unidos siempre hablan de panamericanismo, por su vocación imperialista de dominar todo nuestro continente. Los españoles hablan de Iberoamérica para afianzar su historia de dominación, antes dominación colonial y en las últimas décadas de neoliberalismo dominación económica. Los franceses hablan de Latinoamérica, para poder mantener cierta influencia cultural, económica y política en el continente, ya que a pesar de que perdieron (o regalaron) en siglos pasados sus colonias de Luisiana y Missouri, tuvieron durante mucho tiempo Quebec en Canadá y siguen manteniendo su presencia colonial en América a través de Sait Pierre et Michelon (frente a Canadá), Guadalupe, Martinica y la Guayana.
Pero para mí es mucho más interesante hablar de Sudamérica, porque el concepto de Sudamérica hoy no sólo es una definición geográfica, sino sobre todo una definición política. Sudamérica es hoy el único lugar del mundo donde se ha recuperado la discusión ideológica, donde hay procesos verdaderamente revolucionarios en marcha, donde están en discusión proyectos muy enfrentados en lo social, económico y hasta civilizatorio.
Después de la caída del Muro de Berlín, entramos en el mundo en una etapa de hegemonía total del capitalismo en lo económico y de los Estados Unidos en lo político-militar. Ahí estaban las tesis de Francis Fukuyama que nos decía que la historia había terminado y que las ideologías habían muerto. Esa etapa de vacío ideológico total y dominio absoluto del neoliberalismo continúa todavía, no sólo en Estados Unidos y su zona de influencia, sino sobre todo en la vieja y decadente Europa. Vemos en estos días como los distintos países europeos se desmoronan a causa de una crisis que empezó siendo financiera para luego transformarse en una crisis económica, política y moral. No importa quién gobierne en España, Grecia, Portugal, Irlanda, Italia, y muchos otros países, porque en realidad, quienes gobiernan son el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y el Banco Central Europeo. Es el poder financiero internacional el que se ha transformado en el nuevo Imperio, el verdadero gobierno mundial. Por eso es lo mismo si en España está Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy. Y en Francia sucede exactamente lo mismo, no hay mucha diferencia entre Nicolás Sarkozy y François Hollande. Los planes económicos son los mismos. Y los socialistas europeos, de socialistas mantienen sólo el nombre.
Sin embargo, hay un lugar en el mundo donde la historia está viva, donde los pueblos están vivos y donde estamos demostrando al mundo que otro mundo es posible. Ese lugar es Sudamérica. Y aunque Francia les haya hecho creer a muchos guayaneses lo contrario, ustedes guayaneses están en Sudamérica.
A fines de los años ’90 en un país de Sudamérica llamado Venezuela ocurrió algo impensable: ganó las elecciones un militar nacionalista de izquierda, bolivariano, patriota sudamericano, con una clara concepción de que pertenecemos a una Patria Grande que se llama Sudamérica. A partir de allí, se desató un huracán revolucionario en Venezuela que comenzó a expandirse a otros países como Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil. En cada caso con sus diferencias, con sus distintos procesos y con sus velocidades, pero por primera vez en la historia, se juntaron en Sudamérica seis o siete presidentes que pensaron más en sus pueblos que en las oligarquías locales y en los intereses imperiales de turno.
La reacción del Imperio (Estados Unidos y el poder financiero internacional) y de las oligarquías locales fue igualmente proporcional a los cambios profundos en desarrollo. Por eso creo que se desató una ola de neogolpismo que comenzó con el golpe de Estado fallido en Venezuela del 2002. Aunque no sea Sudamérica podemos mencionar el golpe contra Jean-Bertrand Aristide en Haití en 2004, luego el intento de golpe contra Evo Morales en Bolivia en 2008, el golpe contra Zelaya en Honduras en 2009, el intento de golpe contra Rafael Correa en Ecuador en 2010, el intento de destitución contra Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina de los últimos tiempos y, finalmente, el golpe que sacó del poder en Paraguay a Fernando Lugo hace poco más de un mes.
Digo neogolpismo porque estos golpes de Estado son muy distintos a los de los años ’70 u ’80, cuando eran protagonizados por los ejércitos apoyados por la CIA y el Departamento de Estado de Estados Unidos. Ahora también está Estados Unidos, pero a través de fundaciones y ONGs como la USAID o la NED, y los militares han sido reemplazados por el poder corporativo mediático, es decir por los grandes medios de comunicación y por sus periodistas mercenarios. Por eso, algunos golpes, como los de Honduras o Paraguay, son presentados mentirosamente como sucesiones constitucionales, y quien asume el poder no es un general sino un civil.
Lo que quiero decir con esto es que en Sudamérica la historia se está escribiendo en este momento. Sudamérica se ha constituido en dos cosas: por un lado en un faro de esperanza para los pueblos del mundo, y por eso algunas de las revueltas de la Primavera Árabe se han inspirado en cierta medida en los procesos sudamericanos, como las de Egipto y Túnez. Pero por otro lado, Sudamérica también se ha constituido en la mayor amenaza para Estados Unidos y para el poder financiero internacional, para la intención de instalar una dictadura global a través del complejo militar-industrial estadounidense y los bancos.
Por este motivo, ellos también están reaccionando. Los neogolpes de Estado son sólo una de las formas de reaccionar. Otra forma es instalando bases militares de los Estados Unidos en los países que todavía están gobernados por la derecha: Panamá, Colombia, Perú, Chile y, ahora Paraguay. Otra forma de reaccionar es haber rehabilitado la Cuarta Flota de los Estados Unidos que estaba inactiva desde la Segunda Guerra Mundial. Esta poderosa Cuarta Flota surca impunemente hoy los mares del Atlántico y del Pacífico Sur. Y otra forma de reaccionar es con sus enclaves coloniales, que son dos en Sudamérica: las Islas Malvinas y la Guayana.
Desde las Islas Malvinas (que sin dudas pertenecen a la Argentina) los ingleses están militarizando todo el Atlántico Sur, con más de 3.000 soldados, acorazados y hasta un submarino nuclear. Y no se trata sólo de las Islas Malvinas, sino de todo el Atlántico Sur, una zona geoestratégica muy importante en por el paso al Pacífico, pero también al Mar Índico, a Asia y, sobre todo a la Antártida, una de las mayores reservas de agua y de biodiversidad del planeta.
Una situación similar se produce en la Guayana, donde los franceses mantienen no sólo una colonia absurda e injustificada, sino que además están militarizando cada vez más el otro extremo de nuestro continente sudamericano. Y esta zona también es importante geoestratégicamente, porque es la puerta de entrada al Caribe y desde aquí se puede controlar a Venezuela y a Brasil.
Hay dos datos que no pude conseguir durante mi viaje a la Guayana: cuánto dinero se lleva Francia por la Base Espacial de Kourou, y cuántos soldados y armamentos tienen los franceses en la Guayana. Seguramente mucho más que lo que tienen los ingleses en las islas Malvinas.
Además de ser un insulto al pueblo guayanés, esto es una grave amenaza para toda Sudamérica. Y es lamentable ya no que los pueblos sudamericanos no conozcan esta realidad, sino que nuestros gobiernos no la conozcan. O lo que sería peor aún, que la conozcan y no digan nada.
Por eso viajé a la Guayana y por eso pienso volver a viajar, para dar a conocer en Argentina y en toda Sudamérica que existe este pedazo de nuestra Patria Grande todavía en manos del colonialista europeo, del usurpador, del colonizador, del mismo que antes fue esclavista y ahora es colonialista. Desde mi trabajo de periodista es lo que estoy haciendo, tratando de abrir los ojos de mucha gente a la realidad de la Guayana. Pero hay otra cara de la moneda en este trabajo necesario, y es que ustedes en la Guayana también abran los ojos y se den cuenta de que son sudamericanos, de que son parte de esta Patria Grande. Los guayaneses no son europeos como les enseñan los colonialistas, por supuesto que no. Pero tampoco son caribeños, a pesar de los comprensibles y lógicos lazos históricos y culturales que tienen con Guadalupe y Martinica. Los guayaneses son sudamericanos, y se tienen que convencer de eso para que la lucha sea más potente y productiva. Primero los dirigentes, luego los militantes y finalmente todos los habitantes de la Guayana deberán recorrer su propio camino hasta llegar a sentirse, primero guayaneses y luego sudamericanos. Será la forma de lograr la ansiada libertad y con ella la prosperidad y la felicidad de un pueblo tan hermoso, tan rico en todo sentido. Y hablo de las riquezas materiales pero sobre todo de las riquezas humanas. La lucha continúa, pero tengan la seguridad de que no están solos. Cada vez seremos más los que tomaremos la lucha del pueblo guayanés como nuestra propia lucha. Y como decís alguien que creció y estudió en mi ciudad, Ernesto Che Guevara: Hasta la victoria siempre.




Un excellent article pointant le colonialisme français en Guyane pays sudaméricain. J’ai été frappé qu’à Buenos Aires les rares personnes avec qui j’ai pu discuter connaissait la Guyane à l’inverse de celles de la ville universitaire de Cordobà.