Algunos dicen que hubiera sido mejor que a la Argentina la colonizaran los anglosajones o que hubieran tenido éxito las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Pero el problema de América Latina es más profundo y no obedece, como ningún fenómeno histórico o social, a una sola causa.
Si la colonización anglosajona fuera garantía de progreso y bienestar, ¿por qué países como Jamaica, Guyana, Surinam o las Bahamas son tan pobres como el resto de América Latina? Y esto por no nombrar otros ejemplos extremos en otros continentes de ex colonias inglesas sumidas en la miseria.
Como dice Eduardo Galeano, “las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la desgracia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer importante. Porque al norte de América no había oro ni había plata, ni civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja costera que los peregrinos ingleses colonizaron” (Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, Ediciones del Chanchito, Montevideo, 1990).
O como dice Sergio Bagú, “desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, las colonias del norte producían, en virtud del clima y por las características de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura británica, es decir, que no ofrecían a la metrópoli una producción complementaria” (Sergio Bagú, Economía de la sociedad colonial, Ensayo de historia comparada de América Latina, Buenos Aires, 1949).
Bagú se refiere a que en América del Norte no había ni cacao, ni café, ni ninguna de las riquezas agrícolas, además de no haber el oro ni la plata que había en América del Sur.
Según esta línea de pensamiento, en América del Norte se pudo formar un país en base al desarrollo independiente por esta falta de tentaciones, no porque los ingleses fueran menos ambiciosos o más ecuánimes en la distribución de la tierra que los españoles o los portugueses. Por supuesto que mucho más tarde vino la política imperialista de Estados Unidos, pero ese es otro tema.
Sigue diciendo Galeano: “En realidad, al norte y al sur se habían generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servicio de fines que no eran los mismos. Los peregrinos del Maryflower no atravesaron el mar para conquistar tesoros legendarios ni para arrasar las civilizaciones indígenas inexistentes en el norte, sino para establecerse con sus familias y reproducir, en el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa. No eran soldados de fortuna, sino pioneros, no venían a conquistar, sino a colonizar” (Eduardo Galeano, op. Cit.).
Una América marginada
Abonando esta misma teoría de que la colonización inglesa de algunos territorios americanos no los hace muy distintos a los que fueron colonizados por países latinos, Alain Rouquié cita a organismos internacionales como el Sela y el BID que incluyen entro los Estados latinoamericanos a Trinidad Tobago, las Bahamas y Guyana, “otorgándole a esta otra América una innegable coloración socioeconómica e incluso geográfica” (Alain Rouquié, Extremo Occidente, Introducción a América Latina, Emecé Editores, Buenos Aires, 1990).
Así, Rouquié, en su afán por descubrir qué es América Latina, ensaya distintas clasificaciones, y en una de ellas llega a la idea de que se está hablando de una América marginada, sobre todo desde el punto de vista de la división mundial del trabajo. Él dice que “históricamente, dependen del mercado mundial como productores de materias primas y bienes alimenticios y en ese sentido, el estaño de Bolivia es igual a la nuez moscada de Grenada”. Y remata con otro argumento fuerte, el vínculo de dependencia que une a toda América Latina, salvo Cuba, con el hegemón en Relaciones Internacionales, Estados Unidos. Al respecto, agrega: “Una particularidad notable y un factor innegable de unidad de esos países del hemisferio occidental es que todos se encuentran, en distintos grados, dentro de la esfera de influencia inmediata de la primera potencia industrial del mundo, que a la vez es la primera nación capitalista”. Este rasgo de distinción, la dependencia política, económica, militar, y a veces hasta cultural de los Estados Unidos, ha sido en algunos casos un disparador de la unidad latinoamericana o en otros, de divisiones y controversias. Hoy, por ejemplo, el eje innegable que se ha creado entre Hugo Chávez, Luiz Inacio “Lula” da Silva y Néstor Kirchner (presidentes de Venezuela, Brasil y Argentina respectivamente), y al cual el año próximo se sumará el casi seguro futuro presidente de Uruguay Tabaré Vázquez, es un eje amalgamado mucho más por la política exterior de estos países que por la política interna. Uno de los principales objetivos que los unen es la resistencia a la hegemonía estadounidense en el plano político y económico, y principalmente buscar fortalecer un gran bloque regional, ya sea el Mercosur o la Comunidad Andina de Naciones, para detener el avance avasallador del Alca.
Con respecto a la influencia de Estados Unidos sobre América Latina, sigue diciendo Rouquié: “Es un privilegio peligroso que no comparte con ninguna otra región del Tercer Mundo. En este sentido, la frontera común de tres mil kilómetros entre México y Estados Unidos constituye un fenómeno único. La célebre cortina de tortillas que fascina a millones de mejicanos, aspirantes a penetrar clandestinamente en el país más rico del planeta, es una línea de división cultural y a la vez socioeconómica, cargada de un fuerte valor simbólico”. En este punto cabría un aporte más actualizado, ya que el libro de Rouquié fue escrito en 1987 y algunas cosas han cambiado. Sin dudas que no se ha potenciado la hegemonía absoluta de Estados Unidos en el mundo y en la región, sobre todo por la caída del bloque socialista y la Unión Soviética, entre 1989 y 1991. La dominación económica y militar de Estados Unidos hoy es absoluta como quedó demostrado en la última Guerra de Irak. Sin embargo, en cuanto a la influencia cultural, algunas cosas están cambiando, y si bien Estados Unidos sigue con su típica colonización cultural de América Latina a través de la Coca Cola, los jeans y las rubias de Hollywood, hay un fenómeno inverso que parece ser incontenible: la impresionante inmigración latinoamericana que invade el país del norte. Hoy la minoría latina (como se ha dado en llamar) alcanzó a la minoría negra y por una cuestión demográfica (nacimientos y mayor inmigración) pronto la superará. Hoy los latinos se han convertido en un factor clave para el funcionamiento de la economía de Estados Unidos, asumiendo las labores que no asumen ni los anglosajones ni los negros: desde cuidar niños hasta la construcción y las cosechas en el campo. Y lo más importante, el español ha ganado muchísimo terreno, al punto de que George W. Bush se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en pronunciar un discurso completo en español, luego de las sospechadas elecciones que lo llevaron a la Casa Blanca. Y además de la importancia del español, instalado definitivamente como segunda lengua, crece sin pausa el spanglish, una coiné lingüística que es una mezcla de inglés y español. Por todo esto, se está produciendo una influencia al revés, de América Latina hacia Estados Unidos. En Miami Beach, por ejemplo, ya se ha formado una Little Buenos Aires, donde viven y trabajan decenas de miles de argentinos, y hoy, a diferencia de diez años atrás, en Miami se puede ir a una parrillada, comprar dulce de leche o yerba en el almacén o ver partidos de fútbol, un deporte que ha crecido notablemente en detrimento de la popularidad que históricamente han tenido el béisbol y el fútbol americano.
Pero volviendo a Rouquié, como resumen de esta clasificación el autor francés consigna que “tal vez se podría clasificar entre las naciones latinoamericanas a todos los países del continente en vías de desarrollo, independientemente de su lengua y su cultura, puesto que a nadie se le ocurriría alinear a las Antillas angloparlantes o a Guyana con la opulenta América anglosajona”.
Geografía y cultura
Hay una segunda forma de delimitar a América Latina, y es según los dictámenes de la geografía. Es ahí cuando Rouquié se pregunta “¿qué significa América Latina desde el punto de vista geográfico? ¿Es el conjunto de países de Sud y Centroamérica?” Y se responde: “Sin dudas, pero según los geógrafos, México pertenece a América del Norte”. Luego se vuelve a preguntar: “¿Es más sencillo englobar bajo esta denominación a todas las naciones al sur del Río Bravo?”. Y se vuelve a responder: “Pero en ese caso habría que reconocer que Guyana y Belice, angloparlantes, así como Surinam, donde se habla holandés, forman parte de América Latina”.
El tercer parámetro que toma Rouquié para clasificar a América Latina es justamente este término que se refiere a su origen, a sus lenguas y a su cultura. “A primera vista –dice el autor-, América Latina es un concepto cultural, lo que conduce a la conclusión de que abarca a las naciones americanas de la cultura latina. Ahora bien, Canadá, con Québec, es tan latino como Puerto Rico, Estado Libre Asociado a los Estados Unidos, e infinitamente más que Belice; sin embargo, a nadie se le ha ocurrido incluirlo, o ni siquiera a su provincia francófona, en el conjunto latinoamericano”.
Según reseña Rouquié, el término latino para la América nació en Francia bajo Napoleón III, como parte del gran plan de “ayudar” a las naciones “latinas” de América a contener la expansión de Estados Unidos. Según el autor, “pasando por alto los vínculos particulares de España con una parte del Nuevo Mundo, la latinidad tenía la ventaja de imponerle a Francia legítimos deberes para con sus ‘hermanas’ americanas católicas romanas. Esta latinidad fue rechazada en nombre de la hispanidad y los derechos de la madre patria España, donde aún hoy el término América Latina está mal visto”. De hecho, en España se prefiere hablar siempre de Hispanoamérica, o a lo sumo de Iberoamérica, para comprender también al Brasil lusófono.
A la oposición española se sumó la de Estados Unidos al término América Latina, tratando de imponer el concepto vertical de panamericanismo a fines del siglo XIX y principios del XX, épocas en que ascendía vertiginosamente hasta destronar al Reino Unido como primera potencia mundial.
Esa idea de panamericanismo nunca se diluyó, al contrario, se reforzó políticamente con la Organización de los Estados Americanos (OEA) y militarmente con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que dicho sea de paso, Estados Unidos incumplió en ocasión de la Guerra de Malvinas.
Mucho más se reforzó el panamericanismo cuando Estados Unidos se sintió amenazado por la Revolución Cubana y creó la Escuela de las Américas, que en realidad fue una escuela de golpistas y genocidas para todo el continente.
Y hoy, en épocas ya no de dictaduras sino de democracias controladas, esta idea panamericanista sigue más firme que nunca desde lo económico con el proyecto del Alca (Asociación de Libre Comercio para las Américas), que a partir de 2005 copará desde Alaska hasta Tierra del Fuego.
Pero volviendo al concepto cultural de América Latina, quisiera analizar esta idea que Rouquié solamente esboza en su libro: si Québec, Haití, Martinica y Guayana Francesa forman parte o no de América Latina.
Québec
Quebec es una península situada al norte de América del Norte, bañada por el gran mar interior de la Bahía de Hudson y al este por el océano Atlántico. Al sur, Quebec limita con New Brunswick y con los Estados Unidos, y al oeste con Ontario.
Con 1.496.400 kilómetros cuadrados, Quebec ocupa el 15,4 por ciento de la superficie total de Canadá, el 7,7 por ciento de América del Norte, y el 4,3 por ciento de toda América.
Su población es de alrededor de 7.500.000 de habitantes, comparable a la de Suiza o Suecia, y superior a más de 120 países miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Del total de la población, unos 600.000 solamente hablan inglés, son los descendientes de colonos ingleses que viven en la zona de Montreal. Hay también unos 64.000 amerindios, y 8.500 inuits o esquimales, descendientes de los primeros hombres que pisaron suelo norteamericano. Estos están en el norte deshabitado de Quebec, mientras que la inmensa mayoría de la población vive en las ciudades costeras del río San Lorenzo, donde las principales ciudades son Montreal con 3.500.000 habitantes, Quebec capital con 700.000 habitantes y Hull (enfrentada a Ottawa) con 250.000 habitantes.
La zona norte presenta un suelo casi permanentemente congelado, con una vegetación muy pobre, donde viven los inuits, mientras que avanzando hacia el sur encontramos zonas forestales explotables que logran una gran belleza en los meses de otoño, con paisajes amarillentos y ocres.
El río San Lorenzo jugó un rol primordial en la época de la colonización, ya que por él se adentraron los primeros colonos franceses en el siglo XVI. En la actualidad ocupa un lugar importantísimo en el desarrollo de Quebec, tanto en las comunicaciones como en el comercio.
Los vikingos
Antes de la colonización francesa que remontó el río San Lorenzo, existe acuerdo entre los historiadores modernos de que los primeros que llegaron al norte del continente americano fueron sin dudas los vikingos, que llegaron a la zona alrededor del año 1000, provenientes de los países del norte de Europa y habiendo hecho escalas en Islandia y Groenlandia. A pesar de que se han encontrado restos de aldeas vikingas en la zona de la actual Terranova y en toda la costa este de Canadá, no se sabe a ciencia cierta cuál fue la o las causas por las que estos intrépidos navegantes y colonizadores se volvieron por donde llegaron. Podrían haber sido los hostigamientos de los indígenas, podría haber sido algún tipo de epidemia que los diezmara, o problemas políticos en sus lugares de origen, las actuales Noruega y Suecia.
Los franceses no llegaron a esas costas sino hasta 5 siglos después, cuando en el 1534 Jacques Cartier descrubrió el río San Lorenzo y lo remontó. Desembarcó en la Bahía de Gaspe y tomó posesión de los territorios en nombre de François I, rey de Francia. Esto se considera el acto de descubrimiento de Canadá.
En sus viajes, Cartier se relacionó muy poco con los indígenas autóctonos de la región, que estaban organizados en varios grupos o naciones aborígenes.
El 3 de julio de 1608, Samuel de Champlain llegó a la orilla norte del río San Lorenzo, un lugar que los aborígenes llamaban Kebec, y que significa “donde el río se enangosta”. Curiosamente, Dublín, en gaélico quiere decir lo mismo.
En un principio, los franceses no estaban muy seguros de la conveniencia de una colonia en Canadá, por el riguroso frío y por la evidente hostilidad de los indios.
Pero con el correr del siglo XVI se desarrolla el espíritu colonizador y expansionista de los franceses. Al principio esta expansión quedó en manos de privados, pero luego el mismo Luis XIV dio un gran impulso a la Nueva Francia.
“En 1627, el Cardenal Richelieu sugiere implantar un gran número de franceses católicos a Nueva Francia” (Jean Hamelin, Breve Histoire du Québec, Montreal, Editorial Boreal-Express, 1987). No solamente la evangelización de los indígenas lo encontraría en ventaja, sino también se estimularía el comercio y se aseguraría la formación de una marina mercante para competir con Inglaterra.
En las colonias, los franceses tenían tres objetivos principales: la extracción de pieles, el aprovechamiento de la tierra y la evangelización de los indios. Para cumplir con este último objetivo, viajaron en los primeros tiempos muchos religiosos, sobre todo jesuítas, agustinos y ursulinos.
Las ciudades se fueron distribuyendo a lo largo de las márgenes del río San Lorenzo, y así se funda en 1642 la Ville Marie, que más tarde pasaría a llamarse Montreal (Monte Real).
En una época en la cual no existían ni caminos, ni ferrocarriles, ni aviones, “el único acceso a las reservas de pieles, Francia debía asegurarse el control de los principales estuarios: el del San Lorenzo, el del Hudson-Mahawk y el del Mississipi-Missouri”, dice el profesor de la Universidad Mc Guill, Robert Rumilly (Robert Rumilly, Histoire de la province de Québec, Editorial Fides, Montreal, 1971).
Los franceses, aliados de los hurones, tenían sus primeros rivales en los holandeses, que se habían aliado a los iroqueses, y que vivían entre los lagos Champlain y Erie. Hay que recordar que los holandeses estaban instalados en Norteamérica desde 1616 y la misma ciudad de Nueva York fue fundada por holandeses bajo el nombre de Nueva Amsterdam. Recién con el tratado de Westminster, en 1667, estas colonias de Nueva Holanda pasan a manos de los ingleses y cambian de nombres, creándose los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Delaware. Y en 1670 Inglaterra ocupa Carolina del Sur.
En 1701 se firma la Grande Paix de Montreal, con la pacificación del pueblo iroqués y Francia se instala en la zona de los grandes lagos, en el valle del Mississipi y hasta Louisianne.
La Nueva Francia
Richelieu, primer ministro y sobreintendente del comercio y de la navegación de Francia, es nombrado virrey de la colonia, delegando a su vez el poder administrativo a un lugarteniente-general, que en el año 1635 toma el nombre de gobernador.
La figura central del sistema administrativo colonial era el intendente, que tenía atribuciones sobre la Justicia, la policía y las finanzas.
En materia judicial se crea el Consejo Soberano, formado por el gobernador, el obispo, el intendente y cinco concejeros. A partir de 1644, el Concejo Soberano juzga según la costumbre de París. Entre 1700 y 1750, el ritmo de crecimiento de la población continúa elevado, aunque el movimiento migratorio es débil a esta altura, produciéndose como consecuencia una canadianización de la sociedad.
La fundación del seminario de Quebec data del año 1663. “Al año siguiente, con la creación de la Parroquia de Notre Dame de Quebec, toma forma la organización parroquial de la colonia, base importante de la vida social colonial” (op. Cit.).
En 1663, también se organizan los montrealeses en milicias, extendiendo luego el sistema a toda la colonia en 1669. Todo hombre sano, de 18 a 60 años, debía llevar armas y el reclutamiento se efectuaba a partir del sistema parroquial. En 1683, el rey traslada a Canadá algunas compañías de la Marina que llegan a América para organizar las milicias. Poco a poco, esas milicias toman la forma de un ejército permanente y regular, y entonces, milicianos canadienses y soldados franceses pelean codo a codo contra los ingleses bajo la dirección del gobernador, que también era el general en jefe.
La amenaza inglesa
Lo que sucede es que la metrópolis no estaba sola en sus intereses. Así como España y Portugal comenzaron a disputarse América Central y América del Sur, Inglaterra por su parte, buscó disputarle las colonias norteamericanas a Francia, y sobre todo el dominio de los ríos de Norteamérica, por donde pasaba todo el comercio de pieles. Estas luchas, fueron casi una extensión de las guerras imperiales que en Europa habían comenzado a librar Inglaterra y Francia hacia el 1680.
A inicios del siglo XVIII, Francia tiene su período de apogeo en América del Norte, con un control total del golfo de San Lorenzo y de Louisiana hasta Nueva Orleans y más de 10.000 colonos diseminados por sus territorios.
Vencedora en América, Francia es vencida en Europa, y en 1713 es obligada por una coalición a firmar el Tratado de Utrech. Mediante ese tratado, Francia cede a Inglaterra sus colonias de la Bahía de Hudson, Terranova, Nueva Escocia y la Acadía.
Las dos potencias europeas libraron una lucha casi continua hasta 1763. “Si bien los franceses se ganaron el apoyo de los amerindios, y en tierra eran poderosos, por mar y por ríos la superioridad de los ingleses era notable, y de a poco se fueron adueñando de casi todo el territorio de la Nueva Francia”, cuenta el historiador alemán Heinz Weinmann (Heinz Weinmann, Du Canada au Québec, genealogie d’une histoire, Editorial L’Hexagone, Montreal, 1987).
Inglaterra y Francia se enfrentan en Europa y en América. Francia privilegia, sin embargo, cambia su estrategia y comienza a privilegiar la guerra en Europa, y mientras Prusia entretiene a las tropas francesas en el viejo continente, Inglaterra envía más tropas a América. En 1758 Luisbourg cae en manos de los ingleses.
Ante la invasión inglesa en Quebec, los 70.000 habitantes se fueron transformando en soldados, en lo que se podría considerar el primer antecedente del actual nacionalismo quebequense ante todo lo inglés y anglófono. Ante la evidencia de que los refuerzos pedidos a la metrópolis no llegarían nunca, los ciudadanos tuvieron que armarse y defender por sí mismos a esta nación incipiente. Pero los ingleses tenían una fuerza de guerra ampliamente superior en número y en armamento, por lo que las derrotas francesas se sucedieron una tras otra.
La expansión territorial de las colonias inglesas van poniendo de relieve la debilidad de Nueva Francia, hasta que la ciudad de Quebec capitula definitivamente en 1759 y Montreal el 18 de setiembre de 1760.
A través del Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763, Francia cede a Inglaterra todas sus ex colonias en América del Norte: Canadá, Acadía y la margen izquierda del río Mississipi.
Los 65.000 canadienses que decidieron quedarse a vivir en Quebec, lo debieron hacer bajo la dominación británica. A ellos les quedó sólo dedicarse a la agricultura o a las artesanías, mientras que la totalidad del comercio quedó en manos de los ingleses.
La dominación de la rosa
El sistema señorial es un modo de división y distribución de la tierra, consistente en repartir a los señores pedazos de suelo bastante grandes sobre las márgenes del río San Lorenzo. El señor, a su vez, tiene la obligación de subdividir su terreno en pedazos más pequeños que entrega a los colonos, quienes le pagan una renta anual.
Limitada por un clima muy riguroso y por el rol asignado de proveedora de materias primas, la colonia tuvo un desarrollo económico lento.
Mientras que en las ciudades se preservó durante más tiempo la tradición cultural francesa, en el campo se produjo más rápidamente la canadianización a través de la arquitectura, la vestimenta, la alimentación y otros aspectos de la vida social que se desarrollaron independientemente y de acuerdo a las necesidades y circunstancias.
En octubre de 1763, la proclamación del rey Jorge III revela las intenciones del conquistador: Inglaterra desmembra Nueva Francia e instala estructuras administrativas nuevas.
Como bajo el régimen francés, el gobernador de Quebec representa al rey, pero él juega un rol administrativo mucho más importante porque reemplaza también al intendente.
La política religiosa revela la intolerancia de la época. Ningún católico puede aspirar a altos cargos administrativos, ya que los funcionarios de la Corona deben aceptar una cláusula que niega la transsubstanciación en la Eucaristía y la autoridad del Papa.
En 1774, una constitución conocida por el nombre de Acta de Quebec, anula la proclamación real de 1763 e inaugura una política más realista de frente a los canadienses. Las leyes civiles francesas son repuestas en vigor y los ciudadanos gozan del libre ejercicio de la religión bajo la supremacía del rey. Hay que recordar que el rey de Inglaterra era y es aún hoy el jefe de la Iglesia Anglicana, desde que en 1534, el entonces monarca Enrique VIII creó su propia Iglesia al no obtener el permiso del Papa para divorciarse de Catalina de Aragón y ser excomulgado. Aparte, con el Acta de Quebec, los curas católicos son autorizados a recibir el diezmo de los fieles.
Las estructuras sociales no cambian demasiado después de la conquista británica. Los señores son los que resultan más duramente golpeados, ya que son eliminados del comercio de pieles por los comerciantes ingleses, como así también de los puestos administrativos y militares por la nobleza británica. Finalmente, se deben replegar a sus tierras y vivir de su explotación.
Después de la Revolución Norteamericana de 1776 que se basa en gran parte en las ideas de Montesquieu de división de poderes, un grupo de legalistas llegan a Canadá y reclaman el sistema parlamentarista y las leyes inglesas.
En 1791, Inglaterra dividió su colonia en dos: el Alto Canadá (hoy Ontario) y el Bajo Canadá (hoy Quebec), y no abole sino que completa el Acta de Quebec de 1774.
La gran novedad de este período fue el parlamentarismo. Cada provincia debe elegir los diputados que representan al pueblo en su propia Cámara de la Asamblea.
Un nuevo enemigo: Estados Unidos
En 1812 los Estados Unidos intentan invadir Canadá, pero son repelidos con bravura, sobre todo en la zona de Montreal. Ya durante la guerra de independencia estadounidense, muchos lealistas a la corona británica se habían refugiado tanto en el Alto cuanto en el Bajo Canadá.
Pero en la primera mitad del siglo pasado, se tensaron las relaciones entre la colonia y Londres. Los canadienses, conscientes de su poderío económico y demográfico, presentaban cada vez más peticiones y reclamos a las autoridades. Louis Joseph Papineau llevó a Londres las 92 resoluciones del Parlamento del Bajo Canadá. Las relaciones se volvían cada vez más tensas, hasta que en 1837 se creó el Partido Patriota.
En los inicios del siglo XIX, conjuntamente con la corriente cultural romántica que invade el mundo entero, hay una efervescencia de los nacionalismos.
En el Bajo Canadá, la agitación era cada vez más notoria, sobre todo en la ciudad de Montreal, donde las asambleas populares se multiplicaban. En 1837 se tomó la decisión de no comerciar más con Inglaterra y de que todos los habitantes se vistan con ropas de manufacturas locales.
Entre 1837 y 1838 se produce una rebelión económica y armada, llamada la Rebelión de los Patriotas, pero la represión inglesa es brutal los líderes son asesinados, encarcelados o exiliados.
En 1840, Inglaterra une sus dos colonias, el Alto y el Bajo Canadá, y les confiere la autonomía. Este fue el primer paso tendiente a la conformación de la Confederación que se efectiviza en 1867 con la anexión de New Brunswick y Nueva Escocia. Cada vez más se minimizaba a los canadienses franceses.
La última mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX fue un período de equilibrio demográfico, con una comunidad francófona que se mantiene en casi el 30 por ciento de la población total de Canadá. Dentro de este período, es muy importante la alta tasa de fecundidad y de nacimientos de la comunidad francófona, con familias tipo de 10 ó 12 hijos.
Canadá devino en un país independiente en 1926, quedando sin embargo, bajo la órbita de la corona y formando parte del Commonwealth.
En 1944 se realiza en todo el país un referéndum para consultar a la población sobre el acuerdo o no con la conscripción. El resultado en el resto de Canadá es que el 70 por ciento vota SI. En Quebec, en cambio, el 70 por ciento vota NO. Acto seguido, Canadá manda soldados, entre ellos muchos quebequenses, a combatir en la Segunda Guerra Mundial del lado de los aliados.
“La posguerra representa un período de fuerte expansión de la explotación de las riquezas naturales”(Paul André Linteau, René Durocher, Jean Claude Robert y Francois Ricard, Histoire du Québec contemporain, Ed. Boreal, Québec, 1989). Dentro de esas riquezas naturales, la vedette sin dudas es la energía hidroeléctrica.
En la década del ’50, muchos de estos intelectuales se agrupan en la revista Cité Libre, entre ellos Pierre Trudeau y René Levesque, dos personajes políticos que monopolizarán en los años siguientes la pelea entre nacionalismo y federalismo en Quebec. Este grupo basaba sus actividades en una revolución mental que ponía énfasis en todos los aspectos de la libertad como principal bien político y social.
La Revolución Tranquila
En las elecciones de 1960, gana las elecciones el Partido Liberal y comienza la etapa conocida como Revolución Tranquila, que es la verdadera modernización de Quebec. Se trató de una modernización total de la sociedad quebequense, llevada a cabo durante toda la década.
Es impulsada “por un grupo de políticos liberales que intentan modernizar la política, atraer capitales privados, transformar la energía, le dan al Estado un rol más importante en la economía y la vida social y crean el Ministerio de Educación” (Alain Gagnon, Québec et Société, Editorial Québec Amérique, Québec, 1994).
Se rompe con el clientelismo político, se democratizan las instituciones, en lo político la línea es liberal y en lo económico socialdemócrata. La energía eléctrica, sobre todo la hidroeléctrica, que como se dijo se había desarrollado en la década anterior, fue nacionalizada en 1962 por el ministro de Recursos Naturales René Levesque durante el gobierno de Lesage.
En 1967 se realiza en Montreal la Expo Mundial, una gran puerta al mundo. Con ocasión de ese evento internacional, Quebec recibe por primera vez en su historia a un presidente francés, es el general Charles De Gaulle, quien llega en barco por el río San Lorenzo y haciendo culto a su tradición de simbolismos recorre el “Camino real” desde la ciudad de Quebec hasta Montreal. Una vez allí, se asoma al balcón del “Hotel de Ville” (la municipalidad) y entre flores de lis (símbolo de la francofonía), banderas francesas y un intenso clima de emoción dice un breve discurso de tono agitador y concluye con su ya célebre: “Viva Quebec libre”.
Este episodio abre muchísimas expectativas entre los quebequenses con respecto a su relación con Francia y la ayuda que de ella pueden recibir en su lucha por la independencia. Expectativas que los sucesivos gobiernos franceses se encargarán de desalentar.
Sin embargo, el hecho histórico sirvió para que los quebequenses, y sus dirigentes sobre todo, comprendieran la importancia que para ellos tenía la comunidad internacional, a tal punto que a partir de allí se reimpulsó la apertura de delegaciones políticas y comerciales (consulados en la práctica) quebequenses en todo el mundo. El artesano de la política exterior fue George Lapalme.
En 1969, el lider liberal René Lévesque abandona el Partido Liberal y funda el Partido Quebequense, agrupando en él a todos los grupos políticos independentistas.
En esa época aparece el Frente de Liberación de Quebec, un grupo independentista de ideología marxista-leninista que comienza a utilizar la lucha armada clandestina como método para lograr sus propósitos políticos. Son los mismos años en los que se profundizan las luchas armadas nacionalistas del IRA en Irlanda del Norte y de la ETA en el País Vasco.
En pocos días de diferencia son secuestrados un diplomático inglés de segunda línea llamado James Cross y el ministro de Educación Pierre Laporte. El primer ministro de Quebec, Robert Bourassa, decreta el estado de sitio en toda la provincia. Se suceden los allanamientos, las detenciones arbitrarias y sin orden judicial, los tanques y los soldados invaden las calles de Montreal y se registran numerosas desapariciones de personas.
El 17 de octubre, 10 días después de su secuestro, Pierre Laporte es encontrado muerto en el baúl de un auto abandonado en los alrededores de Montreal.
Luego de este desenlace, el gobierno acepta negociar con el FLQ y se llega al cambio del diplomático James Cross por un salvoconducto para que los insurgentes salgan del país y se asilen en Cuba y Argelia.
El Partido Quebequense se aleja totalmente de cualquier vínculo con el FLQ y con la llamada “Crisis de octubre”.
Luego de 1970 y del exilio de sus integrantes, desaparece el FLQ y con él la idea de lograr la independencia por la vía armada.
Estos acontecimientos permiten a René Lévesque afirmarse desde el PQ como el líder del movimiento independentista en Quebec.
El Partido Quebequense y los referéndums
En la elección general del 15 de noviembre de 1976, “el PQ saca el 41 por ciento de los votos, obteniendo 71 diputados, contra el 34 por ciento y 26 diputados del Partido Liberal de Quebec (en el gobierno hasta ese momento) y el 18 por ciento y 11 diputados de la Unión Nacional” (Linteau, Durocher et Robert, Histoire du Québec contemporain, Editorial Boréal, Québec, 1994). René Lévesque se transforma en primer ministro.
Se dicta la ley 101 de política lingüística para establecer la obligatoriedad del francés para la administración pública y los documentos oficiales y en 1979 se anuncia la convocatoria a un referéndum por la independencia de Quebec para el año siguiente.
Quebec busca apoyo internacional, sobre todo en Estados Unidos y en la Francia de Valerie Giscard d’Estain, sin conseguirlo.
Los resultados oficiales del referéndum de 1980 son: 54,6 por ciento por el NO y 45,6 por ciento por el SI.
En 1995, el Parti Québécois llama a un segundo referéndum y esta vez el resultado es de 50,9 por ciento en contra de la independencia y el 49,1 por ciento a favor.
Saint Pierre et Miquelon
Es un archipiélago de ocho islas pequeñas, frente a las costas canadienses de New Brunswik. Tiene dos pueblos, Saint Pierre con 5.663 habitantes y Miquelon con 709 habitantes que basan su economía en la pesca. Políticamente es un territorio de ultramar de Francia administrado por un Consejo General de 19 miembros elegidos y un comisionado designado por el gobierno central de París. Envía un diputado y un senador al parlamento francés y un diputado al Parlamento Europeo de Estrasburgo.
Haití
Ocupa la parte occidental de la isla La Española, que comparte con la República Dominicana y es la segunda más grande de las Antillas luego de Cuba. Es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, basa su economía en la exportación de café, el cobre dejó de explotarse en 1976 y quedan pocos yacimientos de bauxita. Debido a esa pobreza extrema, muchos haitianos han emigrado en los últimos años, principalmente a República Dominicana, pero también a Venezuela, Colombia, Estados Unidos y Argentina.
El 95 por ciento de la población es de raza negra y si bien el catolicismo es la religión del 80 por ciento, la mayoría también practica un sincretismo con el vudú y otras prácticas venidas de la costa occidental de África, sobre todo Benín, de donde llegaron la mayoría de los esclavos en la época colonial.
El idioma oficial es el francés, aunque la mayoría usa contidianamente el creole, que es una mezcla de francés con español, inglés y vocablos africanos.
Cuando llegó Cristóbal Colón en 1492, la isla estaba habitada por numerosos pueblos arawak, que en pocos decenios desaparecieron casi enteramente. La colonización española, apoyada en la evangelización que llevó a cabo la orden de los dominicos, le adjudicó el nombre de su patrono, Santo Domingo. Poblada también por franceses y otros europeos atraídos por el azúcar, los imperios coloniales de Europa comenzaron a disputarse la isla. En 1697 España cedió a Francia la parte occidental de la isla, por el Tratado de Ryswick.
Al asumir el control del territorio, Francia comenzó a explotarlo económicamente, introduciendo un promedio de veinte mil esclavos africanos por año. El mestizaje creció rápidamente. En poco tiempo el azúcar se transformó en el principal producto de exportación de la región y Haití se convirtió en la más importante posesión francesa en las Américas durante el siglo XVIII.
Hacia 1789 el número de esclavos negros en la colonia llegaba a 480.000, los mulatos y negros libres sumaban 60.000, mientras que los blancos, dueños de la tierra y la riqueza, eran una minoría de apenas 20.000 habitantes. Influidos por el movimiento revolucionario que se había iniciado en la metrópoli, los haitianos, liderados por el ex esclavo Toussaint L’Ouverture, llevaron adelante una guerra revolucionaria que duró doce años (1791-1803) y que culminó proclamando la primera república negra triunfante del mundo.
La lucha por la independencia en Haití se desarrolló en varias etapas. En la primera, los grandes terratenientes, los esclavos, los comerciantes y los blancos pobres,llamados petits blancs, se solidarizaron con el movimiento revolucionario que había estallado en París y formaron una asamblea local, que reivindicaba el fin del pacto colonial. En una segunda etapa, los mulatos libres comenzaron a apoyar la revolución metropolitana, creyendo que con eso obtendrían de los blancos residentes en la colonia la plena igualdad de derechos para los hombres libres, independientemente del color. Sin embargo, en 1790 los plantadores blancos reprimieron ferozmente las reivindicaciones de los libertos. Y estos, a su vez, no tuvieron otra alternativa que aliarse, un año después, con dos grupos de esclavos sublevados o marrons (quilombolas).
Fue L’Ouverture quien abrió al viejo movimiento de los marrons una perspectiva estratégica irreversible tras la consigna de “libertades generales para todos”, convirtiendo a los distintos grupos en un ejército disciplinado. Aprovechando las fisuras del sistema colonial francés logró que el 4 de febrero de 1794 la Convención Nacional francesa ratificara un decreto que abolía la esclavitud en Santo Domingo y que la misma lo nombrara General. Luego del golpe de Estado de 1799, Napoleón Bonaparte envió una colosal expedición militar encargada de reconquistar la colonia y restablecer la esclavitud. L’Ouverture respondió con una insurrección generalizada, pero lo apresaron y murió deportado en Francia en 1803.
Jean-Jacques Dessalines, asistido por Henri Christophe y el mulato Alexandre Pétion toman la dirección de la lucha por la independencia radicalizando el legado de L’Ouverture. Lograron la unidad de negros y mulatos y luego de una serie de campañas heroicas, obligaron a las tropas francesas a capitular; proclamándose la independencia el 28 de noviembre de 1803. De esta forma Haití se convirtió en el primer estado independiente de América Latina.
Jean-Jacques Dessalines, asistido por Henri Christophe y el mulato Alexandre Pétion toman la dirección de la lucha por la independencia radicalizando el legado de L’Ouverture. Lograron la unidad de negros y mulatos y luego de una serie de campañas heroicas, obligaron a las tropas francesas a capitular; proclamándose la independencia el 28 de noviembre de 1803. De esta forma Haití se convirtió en el primer estado independiente de América Latina.
Dessalines dio a su gobierno una fuerte impronta nacionalista pero al mismo tiempo buscó consolidar su poder personal creando un estado autocrático, similar al que nacía en Francia durante esos años. Al igual que Napoleón, Dessalines se proclamó emperador con el nombre de Jacques I. De inmediato Pétion y Christophe comenzaron a conspirar contra él, y en medio de una revuelta fue asesinado en 1806.
El este de la isla fue recuperado por los españoles (Tratado de París, 1814), mientras que en la parte occidental se libraban luchas por el liderazgo entre Christophe y Pétion, que desembocaron en la división del territorio. Henri Christophe estableció en el norte una república que luego convirtió en reino (y él pasó a ser Henri I,1811- 1820); en el sur Alexandre Pétion gobernó una república (1808-1818), que brindó amplio apoyo en armas y dinero a Simón Bolívar. Pétion estaba convencido de que sólo la independencia de toda América garantizaría la de Haití, acosado por las potencias europeas y por Estados Unidos.
En 1818 J.P.Boyer fue electo presidente en sustitución de Pétion. Boyer reconquistó el norte del país en 1820 y puso fin a la experiencia monárquica de Christophe. Dos años después conquistó Santo Domingo (la parte oriental), logrando de esta forma una frágil reunificación de la isla, que se mantuvo durante un cuarto de siglo. En 1843, una revolución liderada por los criollos de Santo Domingo, dividió definitivamente la isla en dos estados independientes, la República Dominicana en el oriente y la República de Haití en el occidente.
Guayana Francesa
Está situada en el extremo norte de América del Sur, entre Brasil y Suriname. La mayoría de la población es producto del mestizaje de los negros traídos como esclavos del África con franceses, practica el catolicismo y habla francés.
Su economía está basada en los cultivos de cacao, bananos, caña de azúcar, arroz y maíz, pero también hay importantes reservas aún no explotadas de oro y bauxita.
Políticamente depende de Francia, es un departamento de ultramar, como Saint Pierre et Miquelon o Martinica.
La capital de la Guayana Francesa es Cayenne, con 55.000 habitantes y está gobernada por un prefecto designado directamente por el gobierno de París. Pero también tiene un parlamento regional formado por un Consejo General de 19 miembros y un Consejo Regional de 31 integrantes. Manda dos diputados y dos senadores al parlamento francés.
Hay en su territorio 8.400 efectivos del ejército francés, pero también hay un Movimiento de Descolonización de la Guayana (MDG).
El actual archipiélago de Guadalupe estuvo habitado por los caribes, indígenas guerreros, que se organizaban en grupos de 15 a 20 familias y vivían de la caza y la pesca. Provenientes del norte de América del Sur, dominaron a los arawaks y después se diseminaron por las islas. Resistieron a los españoles, en 1493, y luego a los franceses, que los derrotaron dos siglos más tarde.
Colonos franceses construyeron el primer ingenio azucarero en 1633 y comenzaron la compra de esclavos africanos. A fines del siglo XVII el archipiélago de Guadalupe era uno de los principales productores de azúcar. En el siglo XVIII los colonos habían exterminado a los últimos caribes.
Al abolir la esclavitud en 1815, Francia modificó el régimen institucional de las islas caribeñas que pasaron a ser colonias. En 1946, la nueva Constitución francesa dio a Guadalupe mayor autonomía, como departamento de Ultramar.
Martinica
Es una de las islas de las Pequeñas Antillas del Caribe, tiene origen volcánico y suelo montañoso.
El 90 por ciento de la población es negra y desciende de esclavos africanos, y hay una minoría de franceses y descendientes de franceses.
Aquí, al igual que en Haití, el idioma oficial es el francés pero también se habla el creole y la religión católica, practicada por un 95 por ciento de la población, suele mezclarse con ritos africanos.
Es también un departamento de ultramar gobernado por un comisionado nombrado por París y tiene un Consejo General compuesto por 36 miembros que son elegidos por sufragio universal cada seis años.
Los caribes, uno de los más importantes pueblos indígenas americanos, se expandieron desde el continente sudamericano hacia las islas más próximas, del Caribe. Llamaron a la más grande de las pequeñas Antillas “Madinina” que en la época colonial pasó a llamarse Martinica.
La escasa población y una casi total ausencia de metales preciosos hizo que los franceses comenzaran las actividades económicas un siglo y medio después de la ocupación de 1635. Esta ocupación fue interrumpida por breves períodos de dominación inglesa.
En la segunda mitad del siglo XVIII el cultivo de la caña de azúcar transformó el paisaje natural y puso fin a la etapa recolectora. Hubo cambios en el sistema de producción y en la mano de obra empleada en las plantaciones de caña de azúcar, sustituyéndose la población autóctona por esclavos africanos introducidos por traficantes. Desde entonces el monocultivo decidió el papel de Martinica en la estructura internacional del trabajo y consolidó los lazos coloniales que aún hoy la atan a Francia.
Guadalupe
Otra de las islas de las llamadas Antillas Menores. El 90 por ciento es de raza negra y mestiza, y dentro de la minoría blanca hay descendientes de pescadores franceses llegados desde Normandía y Bretaña. La religión es mayoritariamente la católica, con influencias de ritos africanos, y el idioma oficial es el francés, pero también se habla el cróele.
Esta isla es otro de los departamentos de ultramar que Francia gobierna directamente. Tiene un Consejo General de 42 integrantes y un Consejo Regional de 41 miembros y envía al parlamento francés cuatro diputados y dos senadores.
El actual archipiélago de Guadalupe estuvo habitado por los caribes, indígenas guerreros, que se organizaban en grupos de 15 a 20 familias y vivían de la caza y la pesca. Provenientes del norte de América del Sur, dominaron a los arawaks y después se diseminaron por las islas. Resistieron a los españoles, en 1493, y luego a los franceses, que los derrotaron dos siglos más tarde.
Colonos franceses construyeron el primer ingenio azucarero en 1633 y comenzaron la compra de esclavos africanos. A fines del siglo XVII el archipiélago de Guadalupe era uno de los principales productores de azúcar. En el siglo XVIII los colonos habían exterminado a los últimos caribes.
Al abolir la esclavitud en 1815, Francia modificó el régimen institucional de las islas caribeñas que pasaron a ser colonias. En 1946, la nueva Constitución francesa dio a Guadalupe mayor autonomía, como departamento de ultramar.
Belice
Este país maya, dependiente directamente de la corona británica, ocupa la parte sudeste de la península de Yucatán y limita al norte con México y al oeste con Guatemala. Enfrente de sus costas sobre el Caribe tiene una de las barreras coralinas más importantes del mundo.
Actualmente, la mayoría demográfica está formada por mestizos de habla hispana, que llegan al 43 por ciento del total de población. Los negros anglófonos llegan al 30 por ciento, los indígenas mayas al 11 por ciento y los de cultura garífuna (negros de tradición caribeña, de estrecha relación con Jamaica) el 7 por ciento.
Forma parte del Commonwealth y su jefe de Estado sigue siendo la reina de Gran Bretaña.
En 1502 Colón navegó hacia la bahía y la denominó Bahía de Honduras. España era teóricamente la potencia colonial de la región, pero nunca se adentró en Belice, donde encontró tenaz resistencia de los nativos. Por el Tratado de París de 1763 España permitió a los británicos iniciar la explotación maderera, autorización confirmada por el Tratado de Versailles de 1783. Desde la Capitanía General de Yucatán (actual México), los españoles realizaron varios intentos de expulsar a los ingleses, muchos dedicados a la piratería. En 1798 los británicos controlaron la colonia, aunque España conservó su soberanía. Sólo en 1862 las Honduras Británicas se convirtieron en colonia de Inglaterra. El gobierno de la corona se introdujo en 1871 y el territorio fue administrado por el gobernador de Jamaica hasta 1884.
Guatemala afirmaba haber heredado de la corona española la soberanía y no reconocía la frontera entre Guatemala y Belice. En marzo de 1981, Guatemala y Gran Bretaña suscribieron un acuerdo de 16 puntos para la futura independencia de Belice a cambio de algunas concesiones al régimen guatemalteco, como el libre y permanente acceso al Océano Atlántico, la exploración conjunta del fondo marino, la construcción de oleoductos y un convenio “antisubversivo”. El 21 de setiembre el país declaró su independencia.
Finalmente, en setiembre de 1991 el presidente de Guatemala, Jorge Serrano Elías, reconoció oficialmente la soberanía y autodeterminación de Belice. Como contrapartida, el Gobierno de Belice concedió a Guatemala el libre acceso al golfo de Honduras, lo que reduciría su mar territorial.
Otras islas del Caribe, como Dominica, Santa Lucía, y en menor medida Granada, a pesar de haber sido colonias inglesas en la etapa inmediatamente anterior a sus recientes independencias, mantienen la herencia cultural de sus anteriores colonizadores: los franceses.
En la mayoría de estas islas la población profesa el catolicismo influido por ritos africanos y habla el creole, una mezcla de varios idiomas en la que predomina el francés.
En cambio, en las Antillas Holandesas, la mayoría es católica pero el idioma oficial es el holandés. La lengua más usada en Curaçao y Bonaire es el papiamento, dialecto local originado en el español, holandés, portugués, inglés, y algunas lenguas africanas; en San Eustaquio, Saba y San Martín predomina el inglés, pero también se habla español. En Aruba se da la misma situación.
En Trinidad y Tobago, por último, los primeros colonizadores fueron los españoles, aunque como las otras colonias europeas de la región, las islas fueron escenario de numerosas invasiones y ocupaciones holandesas, francesas e inglesas. Pero desde principios del siglo XIX se afianzó la dominación del Reino Unido. Sin embargo, subsiste una fuerte influencia de la herencia colonial española. El 30 por ciento de la población es católica, igual que la proporción de protestantes, y a pesar de que el inglés es el idioma oficial, también se habla el español y en menor medida el francés.


