“Acá está Córdoba, que empieza a caminar el sueño de los pueblos libres, para ser conducida con gloria a un destino de grandeza”. Esa frase no es de los dirigentes cordobeses en tiempo de la Revolución de 1810, que en realidad no eran muy revolucionarios. Tampoco es una frase de los dirigentes de la Reforma Universitaria de 1918 ni del Cordobazo del que se están por cumplir 40 años. Nada de eso, es la frase de quien quiere llegar a la gobernación dos siglos después con los votos del “campo” y el establishment: Luis Juez.
En estos años, el Bicentenario no es solamente un número redondo que se aprovecha para algún festejo fuera de lo común. Es mucho más que eso, por dos motivos.
Primero, porque desde la última batalla contra el Imperio español, la gloriosa victoria del gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, el 9 de diciembre de 1824, lo que está ocurriendo en Sudamérica es lo más importante, tanto en materia de reformas profundas cuanto en la integración de nuestros países.
Segundo, porque Sudamérica es sin dudas, el único lugar del mundo donde se está discutiendo profundamente política e ideología, proyectos distintos de sociedad y nación. Principalmente en Venezuela, en Ecuador y en Bolivia, hay verdaderas revoluciones en marcha, las revoluciones de liberación social. En menor medida también están en marcha (con sus contradicciones y obstáculos) en Brasil, Paraguay y Argentina. Sin embargo, la frase con la que comienza este artículo corresponde a un dirigente que en este contexto altamente político, ha circunscripto todo su discurso y su propuesta a postular su supuesta honestidad y a reclamar más institucionalidad y republicanismo, en concordancia con los aladides de la restauración conservadora a nivel nacional.
También Córdoba, allá por 1810, fue la abanderada de la restauración conservadora, proponiendo la vuelta a la vieja institucionalidad, con el ex virrey Santiago de Liniers como principal impulsor. Lo mismo ocurrió en 1955, cuando Córdoba fue la cuna del golpe de Estado eufemísticamente llamado Revolución Libertadora, con el impulso de los militares golpistas conducidos por Eduardo Lonardi y de muchos otros golpistas agrupados en los comandos civiles.
En cualquier proceso emancipatorio, son necesarias dos revoluciones: una de liberación nacional y otra de liberación social. La primera tuvo lugar hace 200 años, el primer grito de libertad fue justamente el 25 de mayo de 1810 y se podría decir que tuvo su culminación a nivel nacional el 9 de julio de 1916 con la declaración de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y a nivel grannacional el 9 de diciembre de 1824 con la ya mencionada batalla de Ayacucho.
Nos liberamos políticamente del Imperio español, pero pasamos a depender económicamente del Imperio británico, y las estructuras de poder de la sociedad nunca se modificaron. Es decir, nunca tuvo lugar la otra revolución: la de liberación social. Para ser más claros: los negros, los indígenas, los desposeídos, todos los que pusieron la piel y los huesos en pos de la guerra de independencia, siguieron siendo esclavos. Los que pelearon por poner fin a la dominación extranjera, siguieron siendo dominados por los de adentro. Recién en la Asamblea del año 1813 se determinó que los hijos de esclavos nacerían como hombres y mujeres libres, y para poder votar y elegir sus destinos, tuvieron que esperar todavía un siglo, hasta las elecciones de 1916 cuando con la ley Sáenz Peña, el pueblo eligió a Hipólito Yrigoyen.
Luego de la Revolución de Mayo, la embestida reaccionaria nacida en Córdoba fue sofocada por Francisco Ortiz de Ocampo y Juan José Castelli, que fusilaron a Liniers. Era justamente Castelli, junto a Juan José Paso, Bernardo de Monteagudo, Manuel Belgrano, Mariano Moreno y muchos más, los que entendían la necesidad de ir por más, de acompañar a aquella revolución de liberación nacional con otra que significara la liberación social del pueblo. Pero lamentablemente esa otra revolución quedó trunca, porque se impusieron los Saavedra, los Alvear, los Pueyrredón y los Rivadavia.
Es esa otra revolución, la de liberación social, la que ha sido retomada en los últimos años por líderes actuales como Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales. Y con sus bemoles y contradicciones, también en la lista se podrían incluir a José Inacio Lula da Silva, los Kirchner, Fernando Lugo o el mismo Tabaré Vázquez.
Pero surgen entonces los apóstoles de la institucionalidad, la república, la pulcritud y en definitiva, la restauración conservadora. Saltando los años y los años, la propuesta de todos los candidatos que hoy se manifiestan a favor del campo está mucho más cerca de la Argentina del centenario que de la de la Revolución de Mayo.
La foto de Juez (o de Oscar Aguad, o de Eduardo Mondino, o de tantos otros) con la mesa de enlace del lunes pasado, no tiene nada que ver con don José de San Martín, que siempre tuvo en lo más alto de su consideración a “nuestros paisanos los indios”. La foto con Hugo Biolcati se parece más a las que se sacaba el presidente del Centenario (el también cordobés José Figueroa Alcorta) con la misma Sociedad Rural Argentina. Hace exactamente 100 años, los políticos y los dueños del campo se llenaban la boca diciendo que este país era el granero del mundo, mientras el catalán Juan Bialet Massé mostraba la miseria de los campesinos en su informe sobre el estado de las clases obreras argentinas.
Hoy, más que nunca, es necesario avanzar en dirección de la otra revolución, la de liberación social que complete la liberación nacional. Y de un lado están los popes de la Sociedad Rural Argentina y sus cómplices, los grandes empresarios, los políticos que detrás de su discurso republicano y de supuesta honestidad trabajan por la restauración conservadora. Es decir, los Saavedra, los Alvear, los Pueyrredón y los Rivadavia de hoy. Del otro lado, están los que verdaderamente representan el campo: los miembros del Movimiento Campesino de Córdoba, los obreros y estudiantes. Y los políticos que estén dispuestos a avanzar, a pesar de sus propias contradicciones y obstáculos.
De éstos, poco. Hasta ahora, la comisión del Bicentenario que se creó en la Legislatura no se juntó nunca. Y cuando se junte, difícilmente esté dispuesta a tratar estos temas de debate profundo.


