¿Y vos, de qué lado estás? ¿Estás a favor o en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo?
Esa es la pregunta de moda por estos días en Córdoba, y en Argentina en general. Y como la mayoría de las cosas importantes, este tema se banaliza y se lleva a un terreno cuasi deportivo. O peor aún, se lo utiliza a favor o en contra del gobierno nacional. En cuanto a los poderosos grupos mediáticos concentrados, generalmente en contra.
Y es que el proyecto es impulsado por el gobierno y sus más acérrimos enemigos son los diputados y senadores de la oposición, principalmente de la Coalición Cívica y el radicalismo. Además de los medios oligopólicos, lo ya dicho.
Y entonces, arrastrados por la capacidad que tienen algunos medios de vaciar de contenidos los temas importantes, los cordobeses opinan a favor o en contra del matrimonio homosexual de acuerdo a su posicionamiento político.
Ahora bien, si lo analizamos un poco más profundamente, es una falacia en sí misma llevar un derecho al campo de lo opinable. Es como si se dijera: ¿estás de acuerdo o en contra de que las mujeres voten?, ¿estás a favor o en contra de la discriminación por color o por religión?, ¿estás a favor o en contra de que todos tengan casa y trabajo?
A esta altura de la historia de la Humanidad, los derechos de las personas no deberían ser materia opinable, y no deberían estar sujetos a lo que piensen los otros.
Los hombres tienen principalmente dos tipos de derechos: los derechos naturales o humanos, que los tiene cualquier ser humano sólo por nacer; y los derechos civiles, que son protecciones o beneficios que da la ley del Estado a sus ciudadanos dentro de sus límites territoriales.
A veces se cruzan los caminos, como planteaba el filósofo John Locke, quien decía que derechos naturales como la vida, la libertad o la propiedad, debían ser considerados también como derechos civiles, para obligar al Estado a protegerlos.
Estos derechos a veces derivan de las costumbres, o son producto de la evolución como sociedad, pero la mayoría de las veces están por escrito, en leyes o en la constitución.
Los derechos civiles más básicos son los de voto, el derecho a protestar pacíficamente y el derecho a una legítima defensa en juicio, entre otros.
Cuando con el progreso de las sociedades hizo que estos derechos fueran insuficientes, surgieron los movimientos por los derechos civiles y contra las discriminaciones. Por eso sorprende que a esta altura de la historia, tengamos que discutir estos temas y más aún, lo tomemos como algo opinable. Más aún, que la Iglesia Católica haya propuesto un referéndum es parte de este mismo desatino y de esta misma falta de respeto.
¿Por qué no hacemos un referéndum para que todos opinemos sobre si monseñor Jorge Bergoglio tiene derecho a ser célibe o a elegir su modo de vida? Mucho más justo sería hacer un referéndum sobre la total separación del Estado y la Iglesia.
Sin embargo, el domingo pasado, los curas leyeron en las misas un documento oficial bajado por el cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires titulado “Sobre el bien inalterable del matrimonio y la familia”.
“Desde su concepción, los niños tienen el derecho inalienable a desarrollarse en el seno de sus madres, a nacer y crecer en el ámbito natural del matrimonio… en la vida familiar y en la relación con su padre y su madre, los niños descubren su propia identidad y alcanzan la autonomía personal”, dice entre otras cosas el documento. Y va más allá: “El Estado actuaría erróneamente y entraría en contradicción con sus propios deberes al alterar los principios de la ley natural y del ordenamiento público de la sociedad argentina”.
Sin embargo, hay que destacar que no todos los curas leyeron el documento y que no todos piensan como la jerarquía eclesiástica. Por ejemplo, el cura Nicolás Alessio, párroco de San Cayetano, en barrio Altamira. Esta semana, Alessio Salió con los tapones de punta y le respondió a Bergoglio públicamente y en distintos medios: “Sobrepasó todos los límites y ha sido absolutamente desatinado. Una cosa es discutir y muy otra es abordarlo como una guerra santa. Lo único que falta es que pida que quemen gente, como en la Inquisición. Es un regreso al Medioevo, cuando se atribuía al Maligno y sus procederes el comportamiento de las personas. Ha caído en lo más primitivo y oscurantista de la historia de la Iglesia. Es absolutamente grave lo expresado. Recurre a lo que debería ser lo contrario en la Iglesia: sigue estigmatizando a los homosexuales como la causa de un futuro de catástrofe social. Y es grave porque fogonea los miedos y prejuicios de una gran parte de la sociedad frente a lo diverso, a lo distinto”.
Hay que recordar que los homosexuales fueron uno de los objetivos de exterminio del nazismo en el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial.
Bergoglio, al llamar a la marcha en contra del matrimonio igualitario del martes 13, habló de una “Guerra de Dios”.
¿Cuál es la diferencia con Bin Laden u otros grupos fundamentalistas? ¿O con George W. Bush y sus campañas de nombres y tintes mesiánicos? Y la irresponsabilidad se basa principalmente en que mucha gente lo escucha, como los cientos que fueron a la marcha del martes 13, otra vez con banderas argentinas, intentando apropiarse de un símbolo que es de todos. Sin embargo, del otro lado hay muchos que se sienten igual de argentinos e igual de cristianos, pero que también tienen claro que no se puede excluir a nadie, más allá de lo que cada uno haga con sus decisiones y modos de vida.
Córdoba quedó dividida nuevamente, entre los que opinan una cosa y los que opinan otra. Y a los que menos se les pregunta es justamente a los involucrados.
Pero el tema va más allá: no se debería preguntar a nadie, ni a los que son ni a los que no son homosexuales. Porque los derechos no pueden ser materia opinable, y ni siquiera renunciable.


